“Lo más interesante de Foucault no son sólo sus conclusiones, sino sus herramientas de análisis”

Filosofía | Siglo XXI Editores | 288 páginas | 106 pesos

Publicado en Yahoo Noticias

El poder, una bestia magnífica. Así se titula la última publicación en español de Michel Foucault, el filósofo francés que se ocupó durante el siglo pasado de tematizar sobre una problemática que hasta hoy sigue siendo central: el poder. Y cuando hablamos de poder, decimos algo más que represión: en Foucault, se trata de una intervención sobre la población que controla todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas. Inquietante.

Pero, ¿cómo funciona este poder? ¿Cuál es su relación con el modelo carcelario y con nuestra vida? ¿Cuál es la relevancia actual de estos temas? Edgardo Castro, doctor en filosofía por la universidad de Friburgo e investigador del CONICET, ha contribuido al estudio de este pensador en la Argentina. Esta vez, cuidando la edición lanzada por Siglo XXI, con el criterio de selección de los textos, aclaraciones y notas pertinentes. Aquí, este profesor de la UNSAM nos cuenta de qué se trata esta nueva publicación y repasa algunos conceptos clave del pensador francés, que todavía hoy sigue dándole trabajo a las editoriales.

No paran de aparecer textos póstumos de Foucault en español. ¿Qué aportan estas conferencias y entrevistas al corpus foucaultiano de textos? ¿Qué temas toca?

– Los aportes se pueden sintetizar en dos puntos: primero, nos ubican en un lugar que no aparece directamente ni en sus libros ni en sus cursos, o que aparece sólo raramente o de manera tangencial. Ese lugar es el espacio en el que se cruzan la erudición de Foucault y los acontecimientos que le son contemporáneos y de los que se nutren sus intereses, preocupaciones y luchas. Nos encontramos, por ejemplo, con el autor de Vigilar y castigar visitando una cárcel y comentando sus análisis. Sus libros, decía Foucault, deben ser tomados como los fragmentos de una biografía. En las entrevistas reunidas en este volumen, y también en los que vendrán, nos encontramos precisamente con esa biografía.

Segundo, los textos reunidos introducen matices, a veces realmente importantes, respecto de los libros. Y tercero, hay temas que aparecen sólo aquí y no en sus libros.

Foucault tiene distintas etapas y preocupaciones teóricas en el desarrollo de su pensamiento. En primer lugar, ¿podrías sintetizarme esas etapas de pensamiento? En segundo lugar, ¿En qué etapa se ubica “El poder, una bestia magnífica”?

Foucault, en 1981, en Francia (AP)

– En la historia de la filosofía contemporánea hay como una manía por las etapas: el primer y el último Wittgenstein, el Heidegger antes y después de la Kehre (giro, casi conversión diría).  También con Foucault se puede hacer esto y se lo ha hecho muchas veces. A mi modo de ver, en Foucault nos encontramos con la preeminencia de determinados temas, como se dice habitualmente: el saber, el poder, la ética. Pero cuando uno lee atentamente sus trabajos se da cuenta de que no se trata necesariamente de cortes. No hay en Foucault una Kehre como en Heidegger.

Los textos reunidos en El poder, una bestia magnífica se ubican, en el juego de estos desplazamientos, por un lado, en el momento en que Foucault está buscando responder a la pregunta ¿cómo funciona el poder?, es decir, en la década de 1970, y, por otro, cuando descubre la centralidad de la medicina en la experiencia política moderna, a partir de mediados de esta misma década.

Hay varias entrevistas en torno a la prisión. Teniendo en cuenta todo el análisis previo de las estructuras panópticas, ¿qué aportes podría hacer este análisis carcelario a las discusiones coyunturales, como por ejemplo, las salidas temporales de los presos?

– Hay una pregunta en Vigilar y castigar que es tan interesante como el tema del panoptismo: si las cárceles no cumplen con la función que debían cumplir, la de resocialización, ¿por qué las mantenemos? O, al menos, ¿por qué las mantenemos de la misma manera, combinando la privación de la libertad y el disciplinamiento frecuentemente arbitrario (lo que Foucault llamaba la micropenalidad)? La respuesta, no tengo dudas, diría mucho acerca de nosotros mismos. Pero más allá de la cuestión del panoptismo, que no es sinónimo de cárcel, lo interesante del análisis de Foucault en Vigilar y castigar es haber mostrado, por un lado, que las tecnologías del castigo tienen su propia historicidad y, por otro, que a pesar de ello, con esta historicidad que les es propia, se inscriben en una determinada economía política de los cuerpos. Y eso sirve para pensar las cárceles actuales.

– ¿Cómo? ¿Qué sería la cárcel, según los aportes de este nuevo libro?

Edgardo Castro, especialista en Foucault (Siglo XXI)

– La cárcel, entendida como conjunción de privación de la libertad y mecanismos disciplinarios, no es, por ello, una realidad evidente en sí misma. No es algo natural no sólo porque no existe desde siempre sino sobre todo porque no se inscribe en ningún dinamismo inevitable ni del hombre ni de la sociedad. Los análisis de Foucault muestran cómo antiguas técnicas disciplinarias (el espacio celular) se refuncionalizan, se complementan con nuevas técnicas (el panóptico), se convierten en objeto de interés y provecho para la burguesía del siglo XIX, se acoplan a las formas de producción del mismo siglo, son lugares de consumo y producción de saberes, etc. En este sentido, todo sistema carcelario, con régimen de salidas o sin él, dice mucho acerca de la sociedad a la que pertenece. Es un nudo en una red de la que formamos parte.

 

– La “biopolítica”, introducida hacia el final del volumen 1 de la Historia de la sexualidad, es un concepto foucaultiano que se ha utilizado hasta el hartazgo en las discusiones contemporáneas. ¿Podrías explicarnos qué es?

– En Foucault el concepto de biopolítica remite al gobierno de la vida biológica de la población: tasas de natalidad, de mortalidad, control de las epidemias, etc. Diría, incluso, de manera más precisa, se trata del gobierno económico, en el ejercicio de la soberanía política, de la vida biológica de la población.

En un determinado momento surge este personaje, la población, que no es el individuo a disciplinar, ni el sujeto de derecho; sino una realidad, por llamarla de algún modo, estadística. Como en el caso de las cárceles, la aparición de este nuevo personaje hizo necesarias nuevas técnicas de gobierno (para gobernar la acumulación de cuerpos y ajustarla a la acumulación de capital) y nuevos saberes (la estadística, por supuesto, pero también las que denominamos ciencias sociales y, sobre todo, la economía política).

Una de las cuestiones que usted menciona en el prólogo al libro es la crítica que el marxismo le ha hecho históricamente a Foucault: en tanto el poder ya no está en un solo lugar, concentrado, sino que funciona bajo una administración reticular, la resistencia es imposible. Y usted dice que estas críticas son desacertadas, pero no inmotivadas. ¿Cómo entiende este problema? ¿Hay resistencia en Foucault? ¿Cómo?

Activista social: en 1972, en Versailles, por la muerte de un trabajador (AP)

– En Foucault la política, las luchas, la resistencia no tienen nunca la forma de la totalidad. No se trata de todo o nada: ni un Estado sin límites ni un mercado sin controles. Ni estatismo ni anarquismo. Dos de las más significativas experiencias políticas del siglo XX, la crisis de 1929 y el Holocausto, experiencias que todavía no hemos completamente superado, nos enseñan precisamente el peligro de estos dos extremos.

Por ello, resistir no consiste en decir o buscar no ser gobernados, sino el no querer ser gobernados de una determinada manera o de otra. Se trata siempre de luchas concretas, focalizadas: contra la psiquiatrización de las enfermedades mentales, contra el orden sexual de la burguesía, contra el juego de hacer valer la verdad como estrategia de sumisión o la sumisión como forma de verdad, etc.

Evitar la totalidad ha sido siempre la estrategia de Foucault y, al mismo tiempo, lo que le ha valido tantas críticas.

Otra cuestión que se puede plantear es que Foucault pensó estos problemas bajo la influencia de la filosofía moderna, que experimentó un Estado conceptual y prácticamente muy distinto de los que tenemos en Latinoamérica. Como por ejemplo, que nuestra cultura está “transplantada” (como diría el escritor argentino Martínez Estrada) de Europa, o que los Estados europeos son instituciones con más historia que las americanas. La pregunta es: ¿Qué traducciones conceptuales hay que realizar sobre la obra de Foucault para que “sirva” para pensar nuestros problemas?

– Es una pregunta interesantísima. Lo primero que diría es que esta pregunta, en su forma y en su contenido, es una pregunta típicamente europea. Viví varios años en Europa y frecuentemente escuché, a propósito de cuestiones políticas, cómo los alemanes o los suizos, por ejemplo, introducían lo que denominaría la cláusula del “Sonderfall”, es decir, del caso particular.

Ahora bien, si hay un autor respecto del cual este problema no tiene mucho peso es Foucault. Sus investigaciones están ancladas en la historia y las conclusiones a las que llega no son principios universales aplicables en cualquier lugar.

Por otro lado, lo interesante de los trabajos de Foucault no son siempre sus conclusiones, sino sus herramientas de análisis. Nada nos impide que nos sirvamos de ellas para estudiar otros contextos u otras realidades. Por último, como sucede con la política, en Foucault, la racionalidad tampoco es una cuestión de todo o nada. No hay algo así como la “racionalidad europea”, sino formas de racionalidad: discursividades, prácticas, instituciones, etc. Ellas no son esencias inmutables, no cesan de adquirir nuevos ribetes y funciones.

– ¿No se corre el riesgo de pensar problemas estrictamente europeos y dejar de lado nuestras realidades?

– Por lo que decía antes, sinceramente, no creo que sea así.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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