No tienen prisa las palabras”, un deleite de aforismos y reflexiones

Ensayo | Editorial Candaya | 160 páginas

Publicado en Yahoo Noticias

Carlos Skliar es educador. O filósofo. O poeta. Y se encarga de borrar los límites entre una cosa y la otra. En su último libro, el autor despliega reflexiones, apreciaciones y pensamientos sobre algo que a muchos les debe haber pasado: la percepción de lo extraño que ocurre en otras ciudades distintas a las de uno.

¿Cómo escribió esta obra? Paseando por Barcelona. “Tomo notas, como otros toman aire o toman té o toman lo que no les corresponde. Cada uno se agarra al mundo, y se desgarra, con los gestos que puede pero de hacerlo no tanto al estilo del periodista o del cientista social, sino más bien como un modo de inscripción en el cuerpo”, explica. Y decía el filósofo francés Gilles Deleuze que la filosofía se trataba de crear conceptos. Será por esto, quizás, que Skliar hable de “sensamientos”, porque no le alcance ni el sentimiento ni el pensamiento escindidos para pensar su modo de escritura.

“No tienen prisa las palabras” reflexiona sobre lo más cotidiano, pero de un modo “extrañado”: “El anciano que pide más memoria en una tienda de equipos de fotografía; la niña que juega al escondite con una mujer extraviada; los niños que ríen sin saber de qué; la muchacha que corre por la calle y da tema de conversación a todos los jubilados del barrio”, cuenta Skliar.

Lo más interesante puede ser, además de deleitarse con sus aforismos, que es un libro “sobre cualquiera”: “Creo que es la ‘cualquieridad’ lo que posibilita un pensamiento de lo singular: somos cualquiera y es la relación entre cualesquiera la que dio vida a esta escritura y a este libro”.

– ¿Qué dirías que es “No tienen prisa las palabras”?

Es una poética sobre la travesía, el viaje, el paseo y también sobre el atravesamiento de experiencias, la percepción de lo extranjero –como lo extraño- y lo próximo –como lo casi reconocible-, escrito durante un tiempo peculiar en que habité la ciudad de Barcelona. Antes de ser libro no eran más que un conjunto de notas desordenadas de un paseante cualquiera: la escritura como una reacción de la mirada, la escucha, el encuentro en el camino; sensaciones y pensamientos –o sensamientos– contra la quietud, la detención, el hábito, la pereza que proviene de lo ya sabido. Una vez vuelto libro conserva una escritura que no habla de un “yo” que viaja –como si se trata de una crónica del siglo XVI o XVII- si no de una atención hacia lo otro y los otros, por ejemplo: el hombre que al verme escribir quisiera ser recordado en mi libro, la mujer que limpia la vereda como si reanimara un animal herido, los turistas que toman fotografías despiadadas, la mujer que me lo pide todo y se despide en un segundo, los sonidos que siempre llegan tarde, la tensa ternura de la relación entre vagabundos y perros, etcétera.

– ¿Lo trivial?

– Sí, lo trivial y lo existencial, allí donde nada ni nadie pueden resultar ajenos. Y creo no equivocarme si digo que hay en el libro una escritura nómade: el movimiento del cuerpo que es, también, el movimiento de la lengua, su conmoción, su temblor; un libro que se escribió de pie, caminando. Una escritura que, al caminar, se encuentra con el mundo y es descubierta por él.

– ¿Cómo trabajaste para escribir este libro?

– Fue un proceso de constante tensión entre el cuerpo y la escritura. Solía pasear largo rato cada día por Barcelona y poco a poco fui notando que nada había de mejor que callarse, silenciar esas obsesiones que componen el “yo mismo”, esconderlas por inoperantes y torpes, no responderles, y dejarse arropar por los sentidos y las voces que están alrededor. Se trataba, ante todo, de un estado de atención, una suerte de vigilia perceptiva y ética.

Carlos Skliar, el autor, es investigador del CONICET

 

 

– En el texto hay varias referencias al lenguaje como artificio. ¿Desde qué postura filosófica definirías al lenguaje, respecto de este trabajo?

– Desde una perspectiva filosófica se vuelven muy presentes en mí la escritura de Nietzsche, su obra más fragmentaria, ese gesto que transformó su escritura casi en una forma de habla: frágil, contradictoria, a sorbos, opuesta a la pretensión de lo universal. También forma parte de esta escritura la escisión fundante en la filosofía del lenguaje que nos llega desde Wittgeinstein, esto es, la diferencia sensible entre lo que el lenguaje “es” y lo que “hay” en el lenguaje: un modo de reaccionar contra las esencias y las disputas conceptuales cuya única pretensión es la de definir, enclaustrar, para abrirse a una forma de descripción en círculos cada vez más grandes y más mínimos. Sin embargo, he tenido que descorrer a un lado todas esas influencias presentes, disimularlas, jugar como a las escondidas con ellas, para poder darle apariencia y vitalidad a mis palabras.

– En tanto escribiste el libro estando en España, ¿qué crees que puede aportar “No tienen prisa las palabras” a situaciones como las de “los indignados”?

– El libro muestra una relación débil con la situación de convulsión que se vivía y vive en España. Mi experiencia de escritura como una forma de mirar el mundo y exponerse a él supone no sólo un abrir de ojos hacia delante sino sobre todo hacia los lados, hacia abajo, hacia atrás. Recuerdo el primer instante en que asistí a una convocatoria de indignados y pensé y sentí la idea de rebelión no tanto como contestación u oposición, sino como un modo de comunión, de estar entre otros. La actualidad es voraz. Y exige un tipo de relación con la lengua y con los otros en parte diferente a la que planteo en este libro. Quizá mi escritura lo único que desea es una detención, la pausa, el paréntesis y, en ese sentido, también pueda ser pensada como escritura política: una escritura que frente a la urgencia a veces espasmódica reclama para sí una duración distinta.

– El “diálogo” es algo que está en el centro de la escena política nacional. Por carencia para la oposición, por presencia para el oficialismo. Tu trabajo puede ser leído como un derrotero sobre “la palabra”. ¿Qué lugar creés que ocupa la palabra en la escena actual?

– Creo que existe una diferencia abismal entre la idea de diálogo y la de la conversación. La llamada al diálogo siempre se realiza bajo las condiciones de quien lo convoca; y el pedido de diálogo es una solicitud falsa y pordiosera. En general las instituciones han preferido seguir más el laboratorio falaz del diálogo que el derrotero humano de la conversación. Creo que conversar es un gesto diferente, un encuentro sin principio ni fin que se desvía, avanza y retrocede, se pierde y quizá se reencuentra. Pienso más en las políticas de la amistad, de la fraternidad, de una conversación que no se sostenga en el “porque yo lo digo” sino en el encuentro entre dos o más fragilidades. Mi trabajo con la palabra está en el corazón de la conversación, sí, porque intentar enseñar, intentar filosofar, intentar escribir, son modos complejos y transparentes de querer conversar, de batallar contra la indiferencia, de no someterse dócilmente a esa idea de comunicación que hoy parece ser más bien un arma de guerra o una potestad de las empresas de celulares o una falsa sonrisa para la venta de electrodomésticos.

Una postal de la inspiración de Skliar: Barcelona, en medio de su cotidianeidad (Flickr - Trent Strohm)

– El libro tiene una estructura más bien aforística, si me permitís, una escritura muy nietzscheana. ¿Qué te permite decir el aforismo como estructura textual? ¿Qué deja por fuera?

– Hay en este libro, como lo señala David Roas en el prólogo, pensamientos despeinados, apuntes de diario, epifanías, estampas líricas, mínimos poemas en prosa, micro-relatos y aforismos; es decir: formas definidas pero desiguales, en cierto modo no-estructurales, como si cada percepción buscara su forma, como si cada instante necesitase un modo peculiar de escritura. Creo, además, que en la escritura fragmentaria de Nietzsche hay mucho más que una escritura de aforismos como estilo: se trata, a mi modo de ver, de una escritura que no se sirve del lenguaje como totalidad sino de la fragmentación, la pluralidad, el desorden. Es cierto que Nietzsche se aproxima al aforismo, pero también es verdad que su escritura está cerca del habla y, por lo tanto, de lo incompleto, de lo que estalla en medio de una idea, de una frase, como si se situara en el límite entre lo imposible y lo posible.

– Hay algunos pasajes muy poéticos: “Cada olvido es un modo desordenado de decir adiós”. Si bien prima la poesía, detrás de ellos hay un contenido filosófico-reflexivo muy interesante. ¿Cómo combinás ambos conocimientos, o expresiones del pensamiento?

– No puedo dejar de hacerlo: se trata de mi voz. Lo cierto es que hasta este libro ambas escrituras estaban separadas artificialmente. Notaba ese peso insustancial del artificio de la lengua en las formas académicas y el artificio del exceso en la escritura de poesía. En el primer caso, la respiración era forzada, extendida más allá de su significado y, en cierto modo, moralizadora o moralizante. En el segundo caso, notaba la trampa irremediable de la palabra que se muerde la lengua todo el tiempo: como si mi poesía no fuera más que un ejercicio que, en vez de buscar la verticalidad de la existencia, sólo encontrase lo abismal de lo irrelevante.

– ¿Cómo te definirías a vos mismo? ¿Poeta, filósofo, escritor, ensayista?

– No reparo mucho en la pregunta: “¿quién soy?”. No es una pregunta que me acompañe o me conmueva o me preocupe particularmente. Estoy tan fragmentado como cualquiera y en cierto sentido la coyuntura actual nos obliga a construir respuestas diferentes para escenarios distintos. Buena parte de mi vida transcurre en contextos educativos: me siento pedagogo a la vieja usanza, es decir, deseo transmitir algo a alguien para que no todo se muera. Pero si se midiera lo que uno es por lo que uno hace la mayor parte del tiempo, diría que escribo, escribo con o sin resultados, escribo para perforar la normalidad y para no hacer de la vida, mi vida, un fatal encogimiento de hombros.

– Entonces, ¿serías un escritor con tintes filosóficos?

– No soy filósofo pero conservo para mí y para los demás la posibilidad del filosofar, del ensayar y poder experimentar con el pensamiento y el lenguaje, de dar vueltas y más vueltas con las palabras como si me retorciese en la cama o amaneciese bien tarde. Es bien cierto que tengo lecturas filosóficas preferidas: el ya mencionado Nietzsche, Derrida, Sloterdijk, Blanchot, entre otros. Sin embargo, en el ejercicio del filosofar aparece también la literatura como una suerte de equivalencia no idéntica aunque semejante al de la filosofía en cuanto a ese riesgo por asumir el abismo de la palabra y tratar de narrar los paisajes de las caídas, del vacío, de la imposibilidad. No puedo no reconocer la influencia literaria del escritor austríaco Peter Handke, y del portugués Gonçalo Tavares. Como sea, en todo caso debo reconocer que mis lecturas o mis escrituras no me dan ningún estatuto en particular: ni la de ser filósofo, ni la de ser poeta, ni la de ser escritor.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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