Suspender el juicio

El escepticismo antiguo tenía una particular forma de ver las cosas: cuando tenía que opinar, se abstenía. Es decir, no opinaba. No negaba ni afirmaba. Dicho de un modo más prolijo, “suspendía el juicio” (entendiendo por juicio una oración que afirma o niega algo).

Esta posición tuvo vaivenes históricos, idas y vueltas que la hicieron muy popular, o muy rechazada. Y una de sus principales críticas podría pensarse en términos de lo que hoy se llama un “tibio”, un pecho frío. Esto es, alguien que “no se la juega” a la hora de dar una opinión, emitir una sentencia respecto de algo que es discutido públicamente. En el ágora.

Lejos estamos de querer entrar en una exhaustiva discusión filosófica. ¿Por qué toda esta introducción, que además de ser escueta peca de reduccionista? Porque hay una pregunta bastante simple que se impone en estos días, raramente formulada en los medios de comunicación: ¿cómo puede ser que todos tengan un juicio formado sobre todo? Dicho más llanamente, guiñando la interpelación: ¿por qué hay que tener una opinión sobre todo?

Por supuesto, al hablar de “todos” y “todo” estamos siendo injustos, en tanto ambos conjuntos son un tanto amplios como para reducirlos y tenerlos en la palma de la mano. De hecho, si nos estamos refiriendo al microclima de Internet, deberíamos explicitarlo. Quizás a esa porción de la realidad nos estemos refiriendo, solamente. Hecha esta aclaración, basta navegar un poco las páginas web de los diarios o pasarse un rato por las redes sociales, para ver que efectivamente esto sucede.

O sea, se opina de Ángeles con la misma liviandad y el conjunto de certezas que operan para discutir sobre Brasil 2014. De la Reforma Constitucional se pasa al aborto sin escalas. Los planes sociales constituyen un lugar común predilecto, del cual se puede hablar un rato y cambiar de canal para ver qué pasa con el novio de Ricardo Fort. Y Francisco, ahí, siempre presente en cualquier discusión.

¿A favor o en contra? 

Todo esto lleva a una situación en la cual pareciera que hay una respuesta que no se admite, o por lo menos no se escucha: “No tengo una opinión formada al respecto”. Bueh, más simple: “No sé”. ¿Qué sucedería si no tuviésemos una opinión formada sobre algún tema?

Quedarían dos opciones, en primer lugar. La primera, analizar complejidad de las variables en juego.

Por acá iría la cosa: entender que, en el caso Ángeles, se trata más que un capítulo de Twin Peaks, y que estamos hablando de algo mucho más profundo que un caso de “inseguridad”. Entender que se trata de un caso de violencia de género, más cercano al femicidio que a la sarta de hipótesis desplegadas en programas noticiosos que hacen “programas especiales” sobre esta chica, que no descansa en paz. Y los hacen en prime time.

Esto se podría hacer con todas las temáticas mencionadas. Pero por supuesto, se podrá objetar: no tenemos por qué ser expertos en cada cuestión para poder opinar. Aristóteles (siempre, Aristóteles) mismo divisó esta cuestión, en su Política: mientras que cada uno se dedica a su oficio, en lo que a política respecta nadie tiene que ser especialista. Todos son llamados a participar, quizás emparentando esto con las virtudes de la democracia.

¿Es esta virtud aristotélica la que se practica en el microclima del cual hablamos? Porque la segunda opción sería, efectivamente, lo que sucede: que todos opinen sobre todo, sin fundamentos ni explicaciones, sino con chicanas.
Difícil pensar que sea el filósofo griego quien esté detrás de esta cuestión: los medios de comunicación tendrán su responsabilidad.

McLuhan tendrá algo para decir. Umberto Eco -hombre al que habría que leer, creo, obligadamente para entender esta época-, también. Lo cierto es que, si reducimos un poco el abanico de las posibilidades, no sería muy descabellado pensar que los medios de comunicación necesitan individuos que no suspendan el juicio: que afirmen, nieguen, se peleen, se chicaneen y entren en ese juego.

¿Que hay que tener argumentos para discutir? Eso que le quede a la academia. Los medios necesitan esos sujetos voraces. Que hoy hablen de Ciccone, mañana lo olviden y pasen a lo que sigue.

Quizás no haya que pensar en que suspender el juicio sea una tibieza. Quizás tampoco hay que pensar que hay dos opciones. Tal vez, cruzar los brazos un momento sea la bocanada de aire que le haga llegar al pensamiento esa premisa que le falta para tener un juicio. Pero un juicio fundamentado, no una simple chicana que se la lleve, en última instancia, el dueño de un medio de comunicación.

Entender que una cosa es suspender el juicio y otra muy distinta es suprimirlo, quizás sea un paso para pensar los problemas desde otra posición.

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