“El problema de la Federal es su autonomía respecto del poder político”

Publicado en Yahoo Noticias

El monopolio legítimo de la violencia, tal como fue expuesto por el sociólogo alemán Max Weber en el siglo XIX, es una atribución exclusiva del Estado. Esto significa que, mediante los órganos policíaco-militares, sólo quien ostenta el poder político puede detener y ejercer la fuerza física de manera legal. Por supuesto, esto debe estar siempre en función del orden público y la seguridad de los ciudadanos: no es un cheque en blanco. Pero, ¿qué sucede cuando esas facultades no son puestas al servicio de la comunidad, sino a favor del delito organizado?

“La Policía Federal Argentina pierde su calidad de custodia de la gobernabilidad, función básica de cualquier fuerza policial”, explica Alejandro Guerrero. El periodista, un conocedor de casos policiales que pasó por Clarín, La Voz, Tiempos del Mundo, Perfil y las agencias Télam y DyN, acaba de lanzar “La Federal, la trama policial detrás del delito, la inseguridad y el miedo”.

Guerrero, actualmente en BAE y Tiempo Argentino, narra la densa trama que configura esta policía nacional que se da la mano cotidianamente con el delito. Demonty, Mariano Ferreyra, el Indoamericano y hasta la Metropolitana de Macri: los oscuros negociados del poder policial dan cuenta de una fuerza que cada vez se le va más de las manos a las autoridades políticas, pero que paradójicamente se vuelve más débil.

¿Por qué no sirven las purgas? ¿Con qué delitos tiene una particular afinidad la policía? ¿Tiene solución el problema de La Federal? Aquí, el experto responde a estas cuestiones.

– El libro abre con un interesante concepto, “el problema de la ciudad”. ¿De qué se trata?

– Utilizo un concepto de Michel Foucault: él señala que el “problema de la ciudad” es, básicamente, el problema de la gobernabilidad. Es decir, de la defensa del régimen político y social existente. A partir de esa idea, me permito añadir que, por lo tanto, el “problema de la ciudad” es, en última instancia, un problema policial, o sea del aparato de represión estatal, de la organización de la violencia por parte del Estado, para asegurar esa gobernabilidad cuando el consenso entre oprimidos y opresores se resquebraja. Resulta interesante observar que, ya en la primitiva Policía de la Capital, el atraso y la brutalidad del agente de calle, muchas veces analfabeto, convivía con una modernísima división de Orden Social -el primer gran Proyecto X de nuestra historia moderna- y con el sistema de identificación personal, único en el mundo en aquel momento, diseñado por Juan Vucetich.

– ¿Cuál es la particularidad de la Federal, al lado de otras policías del mundo que también tienen en sí mismas corrupción?

– Como sostengo en el libro, posiblemente la Policía Federal, como las policías provinciales, no sea más corrupta que la policía de Nueva York, por citar un sólo ejemplo. En todas partes la policía está entrelazada con el hampa. En la Argentina, sin embargo, el problema político clave -reconocido, además, por todo el mundo- está determinado por el grado de autonomía conseguido por esa policía, por la relativa independencia que ha logrado respecto del poder político. De ahí la pugna permanente entre los distintos gobiernos y las fuerzas policiales, las continuas “purgas” y descabezamiento, y la reproducción continua de la crisis.

– ¿En qué sentido sostenés que es una policía “cada vez más débil”?

– A la Policía Federal le ocurre, en un proceso que comprende ya mucho tiempo, lo que le sucede hoy al gobierno nacional: la corrupción la está demoliendo, literalmente. Fijate que hasta hay un ex jefe de la fuerza procesado por estafar al hospital Churruca, a sus propios camaradas. En ese momento, el jefe que lo sucedió dijo: “Nuestra gente está desmoronada”. Las luchas internas entre camarillas, que siempre existieron, salen ahora a la luz pública y en muchas movilizaciones barriales por la inseguridad -Liniers o Villa Urquiza, por ejemplo- ya se señala que el problema de la delincuencia no radica en la ausencia de la policía sino en su presencia, en su connivencia activa con el delito. La policía necesita cierto grado de consenso social y eso es lo que se deteriora más o menos rápidamente. En ese sentido es una policía más débil aunque, como señalo en el libro, no por eso menos peligrosa.

– La Federal tuvo innumerables purgas, como la del 2000 con el Gobierno de De la Rúa. ¿Por qué las purgas no tienen los efectos que deberían tener y se vuelve siempre a la misma situación?

– El último ejemplo en ese sentido es el de las “purgas” de la ex ministra Nilda Garré. Ella intentó, como tantos otros antes que ella, de organizar una cúpula de comisarios jóvenes que, al ver acelerada su carrera, serían leales hacia quien los había promovido. La realidad ha demostrado una y otra vez que eso es un fracaso seguro: aunque se destruyan entre ellos, los mandos policiales sólo son leales a sí mismos y a los intereses corporativos de la institución. Por eso, se repite en este caso aquello del cambio de collar pero el mismo perro.

– ¿Cuál es la pata delictiva con la que más relación tiene la Federal y por qué? (me refiero al narcotráfico, contrabando, la trata, robo de autos, etc…)

– Esta policía está involucrada en casi todos los delitos contemplados por el Código Penal: juego clandestino, redes de trata, prostitución, zonas liberadas, desarmaderos de autos robados… Hay, sin embargo, una diferencia cualitativa entre todos esos rubros y el narcotráfico. En todos los demás, los delincuentes trabajan para la policía, pero en el caso del narcotráfico la policía trabaja para los narcos. Tiene su lógica: el narcotráfico, con el tráfico de armas, se ha transformado en uno de los grandes motores de la acumulación de capitales y ha penetrado los poderes del Estado hasta formar parte de ellos. Se debe señalar en este punto un aspecto clave: la descomposición de la policía es sólo una parte, particularmente sensible, de la crisis de todo un régimen social y político que se da a escala internacional.

– ¿Qué rol cumplió el “Fino” Palacios en la Federal?

– Palacios, un caudillo para la que fuera su tropa en la Federal, es un símbolo por los casos resonantes en los que tuvo intervención, como el del atentado a la AMIA y otros. También por sus vínculos políticos con Mauricio Macri, que lo llevaron primero a una novedosa “gerencia de seguridad” en Boca Juniors y, después, a la jefatura de la Policía Metropolitana. Explotó en los medios de prensa cuando apareció involucrado en una red de espionaje que condujo incluso al procesamiento de Macri.

– Más allá de la disputa que contás en el libro en torno a la Metropolitana, ¿puede esta fuerza aportar a un reemplazo de la federal por una policía local? ¿Creés que eso resolvería algo, o simplemente son dos fuerzas en tensión que se superponen?

La Metropolitana reproduce, por ahora en pequeño, todos los vicios de la Federal. La crisis de esas policías está indicada por el hecho de que otras fuerzas de seguridad, como Prefectura y Gendarmería, ocuparon parte del terreno que antes les correspondía por naturaleza, sin cuestionamientos.

– Como estudioso del tema, ¿creés que tiene solución el problema de la Federal?

– El problema de estas policías, bajo este régimen político, no tiene ni puede tener una solución de fondo. El delito ha irrumpido en la sociedad argentina con una violencia desconocida hasta no hace mucho, producto, entre otras cosas, de la penetración del narcotráfico y la consiguiente degradación de una parte de nuestra juventud, hundida en la marginalidad, sin posibilidades de acceder al trabajo, a la educación, y sometida además al despotismo policial que tantas la obliga a delinquir para la comisaría.

– ¿Y cómo se podría mejorar?

– Se necesita marchar hacia la disolución de estos organismos represivos y su reemplazo por fuerzas de otro tipo, elegidas y controladas por la población. Mientras tanto, es indispensable que organizaciones vecinales, de trabajadores, de organismos de derechos humanos, metan mano en las comisarías, en la organización de las cuadrículas, de las brigadas de calle, para desarmar los vínculos policiales, políticos y judiciales con el delito. Si a la policía la van a controlar los punteros políticos alimentados por las cajas negras de la policía, seguiremos igual. Y para ir al fondo del problema, se necesita atacar la base del problema: los grandes bancos que lavan el dinero del narcotráfico, de la evasión, del contrabando de armas.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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