El kirchnerismo también es moral

Hace una semana, Sofía Mercader (FFyL-UBA) publicó un interesante artículo intitulado “Cultura popular y elitismo en tiempos kirchneristas” en el sitio Bastión Digital. La nota deja una serie de conceptos interesantes, y maneja un argumento que, quizás, por el exceso del consumo lanático-carriótico al que (queriendo o no) nos sometemos, no parece tenerse tanto en cuenta en la esfera pública mediática: el kirchnerismo también es moral. No exclusivamente, pero lo es.

No es objeto de este post discutir cuáles son las implicancias de confundir a la política con la moral (este ejemplo de Bruno Bimbi “bastaría” para una pequeña aproximación a este problema). Sí lo es marcar ciertos contrapuntos que surgieron a partir de un intercambio con Sofía, cuyo artículo me parece más que relevante para entender por qué el kirchnerismo se sirve de un discurso moralizante que pregna política, cultura y  economía, constituyendo dos caras de una misma moneda moral.

Civilización, barbarie

El primer punto que señala es nodal para entender que la política argentina (nunca fuera de la lógica occidental) se forja dentro de un molde maniqueo. El binomio “civilización-barbarie” ha regido las disputas culturales desde que el diagnóstico sarmientino partió a la historia argentina en dos.

Es cierto que su semántica reconfigura las disputas actuales que circulan en la esfera pública, bajo otros ropajes. La barbarie que Sarmiento veía en su principal contrincante político, Juan Manuel de Rosas, abraza perfectamente el modelo de lo nacional en contra de lo extranjerizante.  El problema del artículo es que pega muy de cerca a la barbarie a “lo popular”, y me atrevería a discutir esa tesis que, quizás inintencionalmente, a la autora se le pueda haber escapado. De lo que no hay dudas es de que, en última instancia, entre Sarmiento y Rosas, el Gobierno opta por el ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Habría que separar esto de la barbarie, ya que el mismo Sarmiento veía en Rosas una capacidad sintética de la barbarie diseminada por todo el Virreinato del Río de la Plata.

Pueblo

La polisemia del concepto también tiene una tradición en el pensamiento argentino (bastaría pensar en “Las multitudes argentinas” de Ramos Mejía), que carga con una complejidad semántica densa por donde se la mire.

Pero yendo al artículo, no parece ser relevante, a la hora de pensar en “lo popular”, si quien gobierna proviene de ese campo o no, a la hora de pensar en medidas populares de gobernabilidad. Sabido es que casi todos llegaron con los bolsillos llenos al sillón de Rivadavia, quizás por aquel viejo axioma que sostiene que para estar en política hay que tener dinero. Sí importaría, si nos vamos a poner el traje de la moral que tan bien encaja en el sintagma “nacional y popular”, que las medidas que se tomen respondan a intereses populares, en detrimento de las ambiciones elitistas.

Clases medias

La clave de todo el artículo está acá: “El kirchnerismo es la clase media que adopta la simbología de lo popular, o más bien, adopta cierta moral de lo popular. Para la clase media kirchnerista lo popular está bien, se trata de una cuestión ideológica, pero también moral”.

Es, sin dudas, la razón por la cual el kirchnerismo pega tanto como discurso en la clase media. Por adhesión o rechazo, lo hace: interpela.

El kirchnerismo maneja bastante bien la base de la teoría de conjuntos: hay un conjunto A, ecarnado por el Gobierno, que defiende los intereses populares y eso, per se, es “bueno”. Y ya sabemos quiénes son los malos.

La particularidad que agregaría es que tales conjuntos no están del todo diferenciados. Y un ejemplo aclara esto: a la hora de declarar por algún caso de corrupción, Aníbal Fernández no duda en decir que confía en que la Justicia resolverá acabadamente tales planteos (en cuyo caso, ella estaría en el conjunto A). Pero si de reformas judiciales se trata, ya no podemos hablar de “Justicia”: tenemos una corporación que encubre los oscuros intereses de los poderosos, y que ha de ser democratizada, porque así como está es “mala”, y tiene que ser popular, y por lo tanto “buena”.

Década

Aquí es donde más nos permitiremos disentir: la simbología de Cristina Kirchner, atravesada por sus vestimentas, marcas y zapatos caros, no constituyen el centro de la cuestión. Sí, es cierto, un primer mandatario usa primeras marcas pero, ¿qué esperaban?

Si de expresar los aspectos antipopulares que este Gobierno, digamos que “muy a su pesar”, presenta, el foco debe estar puesto en otro lugar. Los sucesivos ataques a los Qom, las desapariciones como la de Luciano Arruga, la ley antiterrorista, el Proyecto X de Nilda Garré, las limitaciones a las cautelares (recurso que proteje al más débil) de la frustrada reforma judicial… son sólo alguno de los casos.

Ese es el cogollo de la cuestión. El resto (carteras, zapatos y sombreros), son hojas y tallos. 

Conclusión

Insisto en que el logro de Sofía pasa por ver el núcleo de la cuestión: a la clase media el krichnerismo le sienta bien. A los adherentes, porque encuentran una tranquilidad. La de defender lo popular, sin que haga falta entender del todo bien qué significantes se engloban bajo este término. Simplemente, lo popular es lo que está bien.

Y a los anti kirchneristas de la clase media, porque tienen con qué indignarse.

En ambos casos, está presente la moral.

Podemos interpretar que lejos está todo esto de querer decir que kirchnerismo y lanatismo son lo mismo. Hay diferencias en sus manifestaciones político-culturales. Pero en cuanto al uso político de la moral, parecen ser, más bien, no tan distintos.

Decía Nietzsche: “¿Se alza propiamente aquí un ideal, o se lo abate?”, se me preguntará acaso… Pero ¿os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto ‘dios’ tuvo que ser sacrificado cada vez? Para poder levantar un santuario hay que derruir un santuario: ésta es la ley” (Genealogía de la Moral, Tratado Segundo, apartado 24)

Eso. Santuarios.

No se trata de cambiarle el collar al perro. La lógica binaria sólo reproduce un lugarcomunismo que se torna insoportable, y al que invita a destrabar, aparentemente, la conclusión del artículo citado.

¿Se podrán derrumbar esos santuarios?

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