La historia política de Clarín: un libro incómodo para “los dos lados”

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“Con Clarín, no”. Esa fue la respuesta que recibió Martín Sivak en 2005 cuando le acercó a una importante editorial la idea de escribir la historia del diario. Desde que vio la luz el 28 de agosto de 1945, el tabloide pasó de ser una modesta publicación a vender un millón de ejemplares, convirtiéndose en un actor político fundamental para la historia del país. Pero a pesar de que ha sido amado por sus lectores, fue odiado por una gran parte del empresariado argentino. ¿Por qué?

Hay mucho de mito en torno a Clarín. Desde su fundación, hasta su forma de operar políticamente. ¿Era Noble un estanciero que fundó un diario? ¿Es cierto que el diario siempre fue oficialista? El diario, ¿”pone y saca presidentes”, como suele decirse? ¿Tanto poder tiene Clarín? “Sí, lo tiene. Pero hay muchas ideas que son más mito que realidad, y el libro intenta esclarecer esos puntos”.

Sivak (autor de “Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales”, “El doctor. Biografía no autorizada de Mariano Grondona” y “Santa Cruz: una tesis”, entre otros) leyó toda la colección de Clarín para contar una “historia política” de la publicación. Realizó más de 150 entrevistas, trabajó con testimonios de jerárquicos del diario, políticos, delegados gremiales, familiares y amigos de Noble. Trabajó con archivos privados y públicos de Buenos Aires, La Plata, Washington, Miami y Londres. Y también tuvo acceso al archivo inédito y personal de Roberto Noble.

En el marco de su tesis doctoral realizada en La Universidad de Nueva York, Sivak lanzó el primer tomo, que abarca desde la historia personal de Noble (principios del siglo XX) hasta la conducción de la dupla Ernestina-Magnetto (1982). Aquí, el autor cuenta algunas de sus conclusiones, y desmitifica algunos lugares comunes: “No es cierto que Clarín ponga y saque presidentes”.

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“Trimarco no es una heroína, es una persona de carne y hueso”

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La implacable búsqueda de una madre por su hija ha encontrado en el caso de Marita Verón su máxima cristalización: la joven tucumana desapareció cuando tenía 23 años, el 3 de abril de 2002.Desde aquel día, la vida de Susana Trimarco cambió para siempre.

“Ella era una señora de su casa que se dedicaba a sus hijos, su familia, literalmente de su casa: de arreglar las cortinas, el jardín, hacer los manteles “, explica Soledad Vallejos, quien acaba de publicar “Trimarco, la mujer que lucha por todas las mujeres”. Y sucede que la madre de Marita se vio luchando por chicas que estaban encerradas en un mundo que ella ni siquiera imaginaba que existía. Pero lo conoció y lo denunció, cuando nadie confiaba sus palabras.

La búsqueda de su hija la llevó más allá de lo que pudo imaginar: camuflarse en prostíbulos para hablar con víctimas de la trata para conseguir información, hasta rescatar a esas chicas. Fundó “María de los Ángeles”, ONG que sacó a cientos de mujeres de la compleja y mafiosa red de trata. Y aún hoy mantiene intacto, aunque con ciertas dudas, el sueño de encontrar a su propia hija.

Aquí, la periodista (autora de varias biografías, entre ellas la de Amalia Lacroze de Fortabat, y actualmente redactora de Página 12) que siguió de cerca el caso a través del juicio por su desaparición, cuenta cómo es esta mujer que tiene un coraje de dimensiones excepcionales, pero que “no es una heroína, sino una mujer de carne y hueso”.

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El malestar del periodismo

Cuando la ropa que usa un mandatario copa medios gráficos, audiovisuales y cibernéticos, y todo eso se etiqueta bajo la categoría de “política” o “el país” algo anda mal. Muy mal. La amplia cobertura mediática de las calzas que usó la Presidenta en un acto en Ezeiza da cuenta de un fenómeno que diagnosticó Juan José Sebreli el año pasado, con el título de un libro eminentemente freudiano: “El malestar de la política”. La radiografía, llamada a mostrar el nervio de la dirigencia contemporánea, puede calcarse para el periodismo, constituyendo, así, un “malestar del periodismo”.

Como todo diagnóstico, dicha afección se hace visible a través de síntomas. Síntomas de los cuales el episodio citado conforma sólo su máxima cristalización. No hace falta llegar a las calzas para divisar esta cuestión, aunque ello constituya el paradigma de lo que estamos tratando de explicitar.

Las secciones de política de los medios, en la actualidad, se mueven en un declaracionismo preocupante, un juego de trascendidos, un uso más que imprudente del off the record, y un conjunto de excepciones que se transforman en regla sin ningún tipo de pudor. Las columnas radiales se mueven en torno a qué dijo A, qué respondió B y qué interpretó C. Los semanarios de noticias parecen haber abandonado las investigaciones, para cruzar acusaciones cuasi infantiles de un grupo económico a otro.

Ahora bien, el problema no es el juego dialéctico (propio del ejercicio político deudor de la retórica grecorromana) que allí se fomenta, sino el modo en el que se enfatizan y se subrayan estas discusiones. Que un senador le dijo “atorrante” a un empresario opositor, que una diputada fue escotada a asumir su banca, que un ministro está en primera fila y con bonete, que un Presidente se aloje en una habitación ostentosa en una gira mundial…

¿Es todo eso lo que realmente constituye una sección de “política”? ¿O la política pasa por dar cuenta que el director de una empresa estatal no pueda explicar por qué no presenta balances (por poner solo un ejemplo?) ¿No son esas las cuestiones que hacen a la política económica y a la columna vertebral de un país?

Todo indicaría que no. Estamos ante el Zeitgeist del detalle (y de títulos con interjecciones revolucionarias)

Si a todo esto le sumamos que a los periodistas les encanta hablar sobre si un intendente del conurbano “juega o no juega”, y más aún, se regodean en deslizar que cuentan con información que otros no (cuando el único mérito que aquello tiene es tener un contacto –en el más inocente de los casos-), el diagnóstico parece ser bastante más preocupante que un “malestar” (con algunas excepciones: hay trabajos periodísticos actuales que intentan escapar a esta lógica del detalle).

Como sea, este fenómeno parece responder a un clima de época periodístico en el cual el “detalle”, como decíamos, es más importante que el fondo de la cuestión. Esta concepción no constituye sino los efectos de una cobertura mediática que se dedica a la “política” de un modo bastante particular. Un modo que reproduce la (ya burda) sociedad del espectáculo que conformamos día a día. Con los medios que consumimos, fomentamos y, de cierto lado del mostrador, construimos (mea culpa, nobleza obliga).

Se hace necesario, a esta altura de la argumentación, tener en cuenta la otra cara de este diagnóstico: quizás sea la actividad política misma, la casta dirigencial, la que esté estimulando este tipo de construcciones sociopolíticas (tesis, a grandes rasgos, de Sebreli en su libro). Quizás desde arriba no haya una forma de construir que estimule a que el periodismo se mueva en torno a discusiones más maduras, aunque resulte difícil creer que los medios de comunicación se interesaran en otro tipo de mercancías.

Y es aquí donde podemos pensar que esta concepción que utiliza Sebreli de “El malestar de la política” (deudora sin dudas de Habermas y su “Transformación estructural de la esfera pública”) es una herramienta que tiene un valor muy grande para pensar esta afección social, sin importar para qué ni para quién sea la publicación citada (siendo conscientes, sobre todo, “contra” quién escribe Sebreli, -el kirchnerismo, en particular, y los movimientos populistas, en general-).

Este malestar expresa, como se puede inferir de la lectura de Sebreli, el nivel de inmadurez que la dirigencia política argentina manifiesta (tesis plausible de ser discutida, que no estamos tratando en profundidad aquí –y que su mención no implica inmediata adhesión, sino el disparador de una herramienta analítica-).

Quizás el periodismo argentino debería empezar a entender que cuando le demanda a la dirigencia política un grado más elevado de madurez, antes tenga que mirar para adentro y ver qué tipo de noticias está estimulando en sus redacciones, estudios radiales y televisivos.

Mientras el Zeitgeist del detalle prevalezca, las calzas seguirán siendo cuestión de Estado. En cuyo caso, deberíamos dejar de llamar a esas secciones de las primeras páginas de los diarios “política”.

Porque todo eso no es la política.

 

La “verdadera” cara del kirchnerismo: “En provincias como Chaco hay una segregación de características coloniales”

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Néstor y Cristina Kirchner han llevado a cabo una serie de políticas que fueron calificadas por el mismo kirchnerismo como progresistas. La asignación universal por hijo como una ayuda para los sectores más desprotegidos es, seguramente, la medida en la que se ha apoyado el oficialismo para sostener esta posición. Sin embargo, en las provincias, los gobernadores kirchneristas, con el apoyo de la Presidenta, muestran la cara más retrógrada: eternizados en el poder, aplican prácticas represivas contra trabajadores, campesinos y comunidades originarias.

Empleo en negro, clientelismo y narcotráfico son moneda corriente en algunas provincias a lo largo y ancho del territorio nacional. Formosa tiene a un gobernador, Gildo Insfrán, hace dos décadas. La Tucumán de José Alperovich presenció crímenes como el asesinato de Paulina Lebbos, encubierto por fiscales corruptos porque están involucrados hijos del poder. Juan Manuel Urtubey dicta la materia de religión católica en las escuelas públicas de Salta y no promueve la educación sexual, en una provincia seriamente afectada por embarazos adolescentes. Y la lista sigue.

¿Qué explica el desacople entre las medidas progresistas impulsadas por el ejecutivo nacional y las prácticas cuasi feudales de los “caciques” provinciales? ¿Cómo no hay un límite a la reelección indefinida de ciertas provincias? ¿Hay un hiato entre relato kirchnerista y realidad? ¿O el kirchnerismo manifiesta su esencia a nivel provincial?

El periodista Diego Rojas (autor de “Argentuits” y “Quién mató a mariano Ferreyra”) acaba de lanzar “El kirchnerismo feudal”, un trabajo que cuenta detalladamente cómo operan los gobernadores kirchneristas en las provincias más golpeadas por la pobreza, la mortalidad infantil y el clientelismo que los hunde en un pozo sin fondo. Aquí, algunos conceptos sobre las prácticas de los gobernadores y sus duras consecuencias en los sectores populares.

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“El kirchnerismo no es anti-empresario, pero sí excluyó a ese sector de las decisiones de política económica”

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Durante estos diez años, no sólo el sector agropecuario gozó de poca simpatía dentro de las arcas del oficialismo. El empresariado, en más de una oportunidad, también se encontró con su cabeza bajo la afilada guillotina del discurso oficial: el kirchnerismo dejó en claro su poca simpatía por ellos.

Sin embargo, saliendo un poco del ámbito discursivo y yendo un poco más a los hechos, ¿cómo les fue a los empresarios en la autodenominada “década ganada”?

El banquero Jorge Brito, el polirubro Cristóbal López (desde aceite de oliva hasta casinos), lobistas todoterreno como Carlos Bulgheroni y Eskenazi son sólo algunos de ellos. Pero también Héctor Magnetto: el ahora archienemigo del Gobierno se benefició como nunca durante estos diez años, al calor de la fusión aprobada por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno.

Sucede que también hay que tener en cuenta la otra cara de la moneda: “Los empresarios nacionales siempre se caracterizaron por ser oficialistas de todos los gobiernos, al menos al principio”, explica Esteban Rafele, periodista, quien junto a Pablo Fernández Blanco lanzó “Los patrones de la Argentina K”, un recorrido por los empresarios que más se beneficiaron durante la gestión kirchnerista. Pactos, acuerdos, traiciones y hasta sugerencias religiosas: hay para todos los gustos.

Aquí, los autores cuentan quiénes son estos actores políticos que, si bien se llenaron de plata, fueron excluidos de la mesa grande, donde se decide la política económica del país.
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Ellos viven de Ángeles, no de Kevin

Esta semana se dio a conocer una noticia durísima por La Garganta Poderosa: Kevin Molina, un chico de 9 años, fue asesinado de un balazo en la cabeza al quedar en medio de un enfrentamiento (presuntamente narco) en el barrio Zavaleta (villa porteña 21-24).

Decir que la muerte de un pibe del barrio Zavaleta vale muchísimo menos que una muerte causada en un barrio como Palermo para los medios es casi una obviedad, por dura que resulte. El comunicado de La Garganta evidencia esto con suficiencia: sólo un puñado de medios periodísticos dieron la noticia, las redes sociales apenas sintieron el sonido de la vaina que mató a Kevin, y Clarín dio la noticia sólo en contraste con lo que sería un craso error de la Presidenta.

La pregunta que se impone genera su propia respuesta casi de modo recursivo, en la cátedra que han dado los medios de comunicación en los últimos decenios: un policial en un barrio carenciado no tiene relevancia, un asesinato de clase media para arriba sí lo tiene. Este fenómeno suele responder a que los sectores con menos visibilidad no importan, no tienen impacto, porque suelen ser silenciados e invisibilizados, cubriéndolos por los medios con ropajes siempre criminales. Mientras que los policiales de gente “como uno”, tienen más visibilidad porque la población es más propicia a la identificación y, con ella, a la indignación, el morbo y la perversión.

Con una vuelta de tuerca: las muertes de los sectores no poderosos sólo se publican colateralmente, siempre que esto tenga algún tipo de uso que resulte favorable para un sector del poder. Esto no queda exento de excepciones -la puesta en agenda del crimen de Mariano Ferreyra por parte del PO es una; la enumeración excedería el propósito de este post-, pero la regla general que se puede inferir de las coberturas policiales es y sigue siendo esta (es difícil creer que a  TN le importan los Qom y no el rédito político que de ellos sustrae).

Siguiendo esta línea argumentativa, no se trata aquí de analizar este fenómeno en el plano formal de las coberturas periodísticas, sino de traducir lo que está contenido analíticamente en la propia definición de “medios de comunicación”: la idea de que ellos son un medium entre la realidad y la gente, que están allí para informar lo que sucede y, yendo un poco más a fondo, que buscan “la verdad”.

Es necesario, en estos tiempos, traducir todo esto bajo un lenguaje que le haga un poco más de justicia a lo que realmente son, a saber, vendedores de mercancías. Y es allí, donde podemos entender por qué Ángeles cubrió miles de horas en la televisión y Kevin, ninguna.

Porque cuando un medio machaca día y noche con un tema policial, lo último que le interesa es la verdad del hecho: cuando el diario Muy publicó las brutales imágenes del cuerpo de Ángeles, lejos estaba de contrapesar la libre expresión por sobre el derecho a la privacidad. Estaba vendiendo una mercancía disfrazada de “libre expresión” (operación perfectamente explicada por la periodista Florencia Alcaraz en este artículo).

En épocas donde la objetividad periodística -por fin- está puesta sobre la mesa como tema de discusión, se hace más que necesario resaltar que cuando un medio de comunicación masivo dice defender la libertad de expresión, está defendiendo su tasa de ganancia.

Bajo esta concepción, Ángeles no descansa en paz. Porque su muerte produjo una mercancía que ella nunca hubiese imaginado: horas de TV, por cable, abierta, programas especiales en horarios prime time, peritos impresentables, mediáticos, psicólogos salvajes que analizan a los protagonsitas sin contexto ni historia clínica psiquiátrica, morbo, principio de culpabilidad -antes que el de inocencia- y más.

Y eso explica por qué la muerte de Kevin fue apenas difundida: porque las villas son una mercancía si y sólo si se las criminaliza. 
Si la pobreza vende, sólo lo hace cuando está criminalizada. Eso sí es una mercancía: produce un programa como GPS o Policías en acción.

En cambio, las villas no son una mercancía cuando editan -con enorme esfuerzo- una publicación como “La Garganta Poderosa”, porque la cultura villera del trabajo que allí se representa, simplemente, no vende.

Se puede seguir hablando de “libertad de expresión”, “búsqueda de la verdad” y demás, pero sin esta vuelta de tuerca, la sociedad se hunde en la inmadurez de discutir si fue el portero o no.

Mientras, Kevin sigue ahí. Invisible.

Invisible, en el mundo de las mercancías.

[Para más información]

Pompeya: dolor y bronca por el asesinato de Kevin Molina
Los papás de Kevin se reunieron con Gils Carbó en busca de esclarecer la responsabilidad de la Prefectura en la muerte
La emotiva carta que escribió la hermana de Kevin, el niño asesinado
En “Vuelta Cangrejo”: “Las balas no se pierden – Asesinato a Kevin en Zavaleta

Ceferino Reato: “Los desaparecidos no son 30 mil y el Gobierno lo sabe”

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Ceferino Reato sigue sacando libros polémicos: después de “Operación Traviata”, “Operación primicia”, y su entrevista al represor Jorge Rafael Videla en prisión (“Disposición final”), ahora acaba de lanzar un trabajo cuya tesis principal es que las desapariciones forzadas no comenzaron el 24 de marzo de 1976, con el Proceso, sino con el gobierno de Isabel Perón. Y Su planteo respecto del brazo armado del peronismo es más fuerte aún: “Montoneros nació en las sacristías de la Iglesia Católica”.

Reato investigó la muerte de José Ignacio Rucci en 2008 y reabrió la causa judicial. Dos años después, estudió al Ejército Montonero en “Operación Primicia”. Ahora, con “Viva la sangre”, retrata el violento ecosistema social que vivió la ciudad de Córdoba antes del golpe militar: un escenario atravesado por el accionar de Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo.

Se lee, por momentos, como una novela: alianzas, traiciones y persecuciones cinematográficas. Mientras Perón desarrollaba su tercer mandato, la “patria socialista” amenazaba los ideales del general, que lanzó una ofensiva contra esa Córdoba Rebelde. Allí comenzó una lucha salvaje, con Perón ya muerto, entre agosto y octubre de 1975: la provincia central anticipaba cómo sería la represión ilegal más salvaje de la historia argentina, la de la dictadura de 1976.

Reato cuenta aquí de qué se trata “Viva la sangre”, una pieza más para pensar la conflictiva década de 1970, y vuelve a tocar un tema muy polémico: el del número de los desaparecidos.

– El libro se ubica en el período que va desde agosto hasta octubre de 1975. ¿Qué pasó en ese lapso y por qué fue tan violento?

– En esos meses se agudiza la violencia política en Córdoba, que era considerada desde hace ya seis años la capital simbólica de la revolución socialista a nivel nacional. Por un lado, la guerrilla -el Ejército Revolucionario del Pueblo para ser más precisos- ataca con más de 200 integrantes la Jefatura de Policía con un saldo de cinco policías y un guerrillero muertos y varios heridos; por el otro, primero la policía y luego el Ejército van a incrementar su ofensiva contra las guerrillas. Córdoba es el lugar con mayor número de secuestros del país y un infierno de violencia. Todo esto en el marco del gobierno constitucional de la presidenta Isabel Perón. Paulatinamente, el Ejército, ya con el general Luciano Benjamín Menéndez a la cabeza, irá tomando todos los resortes del poder político; hacia octubre de 1975, seis meses antes del golpe, Menéndez es el nuevo hombre fuerte de la provincia. Tanto es así que en octubre de aquel año se crea el Comando Libertadores de América, un grupo paraestatal vinculado orgánicamente al Ejército y comienzan las desapariciones de personas.

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