Legislativas 2013: entre las “horas finales”, el quórum propio y 2015

Tras las elecciones que terminaron de consagrar a Sergio Massa como el principal exponente del antikirchnerismo, tres puntos sobresalen a la hora de analizar estas elecciones de medio término que, ajustes post-PASO mediante, marcan algunos grises entre los dos extremos marcados por el oficialismo y la oposición. Entre decir que “el Frente para la Victoria es la mayor fuerza del país” y que “el kirchnerismo se está terminando” hay unos centímetros de diferencia. Estas propuestas fueron el hilo conductor de las interpretaciones que, tirando para un lado o para el otro, los medios de comunicación le aplicaron a los datos del escrutinio, a pesar de que, creemos, es en aquellos centímetros donde se juega lo más interesante.

1. Los números, las PASO y la distancia con 2009

En 2009, cuando Francisco De Narváez derrotó a Néstor Kirchner en aquellas legislativas, el ex presidente había sacado un 31.9 por ciento. Ahora, Martín Insaurralde, un ignoto intendente del conurbano, se quedó con un 32.18 por ciento. Si bien las PASO habían anticipado esta tendencia, los datos que resaltan aquí son dos: por un lado, el triunfo de Massa se debe a que ganó en donde hay que ganar, la Provincia de Buenos Aires. Ahí sí hay algo del orden de lo “aplastante”. Pero por el otro, la relatividad de tal triunfo si se mira el tablero desde más arriba.

Por eso la pregunta que el Frente para la Victoria debe hacerse es si realmente hizo una mala elección. Hace poco, Horacio Verbitsky decía que en las PASO, el oficialismo había hecho una buena elección, pero no se había dado cuenta. ¿Por qué? Martín Insaurralde es un candidato de segunda línea dentro del kirchnerismo, un intento cristinista por darle una lavada de cara a su partido con una figura joven, con una historia épica y sin casos de corrupción conocidos. Entonces, el dato a tener en cuenta es este: un candidato ignoto sacó más votos que Néstor Kirchner, el mismísimo fundador del llamado kirchnerismo.

Ahora bien, los medios oficialistas tironeaban para el lado de que el kirchnerismo sigue siendo la “primera fuerza nacional”. Pero lo que no decían es que poco importa ese dato en una legislativa si se pierde en la Provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y demás distritos clave. Los medios opositores, por el contrario, resaltaban excluyentemente los resultados de la Provincia, sin mencionar cómo quedaba configurado el nuevo congreso y omitiendo un dato clave: el kirchnerismo sigue teniendo quórum propio en ambas cámaras. Ajustado, pero quórum al fin.

2. El “nuevo” Congreso

En Diputados (cámara que renovaba bancas en todo el país), el kirchnerismo consiguió 131 escaños. La línea de corte del quórum se encuentra en 129, por lo que tiene dos legisladores por encima de ella. En el Senado, tras la elección, perdió al único representante por la Ciudad de Buenos Aires (cedido a Pino Solanas), pero quedó con 40 legisladores que conforman un bloque de kirchneristas más aliados.

¿Cómo es, entonces, que aún perdiendo el kirchnerismo consigue mantener el control en ambas cámaras? La clave está en que la elección que “defendía” el oficialismo en estos comicios era la de 2009. En tanto esa fue una elección con resultados adversos en aquel año para las bancadas K, no era demasiado lo que ponía en juego ahora en 2013. Distinto será en 2015, donde el 54 por ciento que la Presidenta consiguió sí arrastró a una cantidad de legisladores mayor, y se verán en tela de juicio aquellas bancas secundadas por Aníbal Fernández en el Senado y Julián Domínguez en la cámara baja.

La pregunta es: ¿qué importa más, entonces? ¿Haber perdido la elección en el campo de la madre de todas las batallas, la complicada Provincia de Buenos Aires, o mantener el quórum propio en ambas cámaras? Si de gobernabilidad se trata, quizás esto segundo sea más relevante. Si pronosticar las horas finales del kirchnerismo es, en cambio, lo que se quiere hacer, seguramente lo primero sea más importante. Cada facción llevó, ayer, agua para su molino.

3. Dos mil quince

Las elecciones de medio término son vistas por la mayoría de los políticos de gran exposición como un trampolín a las presidenciales. En este marco, Mauricio Macri lanzó su candidatura, Massa prefirió ser más cauto, y algunos gobernadores  tiraron algunas señales.

El desafío del jefe de Gobierno porteño será, sin dudas, conformar un armado que exceda el discurso que sienta bien en terrenos capitalinos, pero no tiene cabida a nivel nacional. Difícil parece ser que su primo tenga aparato para armar que exceda la zona norte del conurbano. Y más difícil parece ser pensar en un acuerdo con Massa, porque lo (por ahora) inimaginable sería que uno de los dos no quisiera ser la cara visible.

Por el lado del kirchnerismo, mucho se habló de una modificación de la constitución nacional para permitir un tercer mandato. Pero esto fue más una expresión de deseo de algún dirigente trasnochado y con la lengua suelta (dirigent“a”, para ser más justos y precisos) que desde el funcionariado de primera línea nunca se llegó a mencionar. Las aspiraciones a una re-re fueron, más que nada una atribución que cierto sector de la oposición le asignó al kirchnerismo que, lento y perezoso, nunca se encargó de desmentir en primera persona (y le jugó muy en contra).

Enterrado este sueño, los nombres que suenan son poco conocidos para la sociedad en general, pero firmes caudillos para la interna peronista. Cierto es que el kirchnerismo se ha quedado sin nombres: Capitanich en Chaco. Urribarri en Entre Ríos (quien cuenta con el apoyo de Zanini, pero sólo lo conoce el 7% de la población). Urtubey en Salta: con apenas 44 años, suena fuerte y todavía puede ir por otro mandato en su provincia, también es muy poco conocido. No menos cierto es que en dos años un candidato se construye. Pero para eso tendrá el kirchnerismo que trabajar, y mucho (y no hacer la plancha como hizo desde 2011 par acá, dejándole el terreno a su ex jefe de Gabinete e intendente de Tigre que supo capitalizar ese margen).

Y Scioli. Fue, es y será una gran incógnita. ¿A favor? Siempre cae bien parado. Demostró que puede gobernar sin caja. Que puede hablar sin decir absolutamente nada.

Y en contra, no cuenta con el apoyo del núcleo duro del kirchnerismo, que lo resiste, lo mira con recelo y con la paciencia agotada.

 

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