“Mirados de cerca, todos somos un poco raros”

Publicado en Yahoo Noticias

San Isidro, esa hermosa ciudad del norte del conurbano bonaerense con tradicionales casas, inmensas arboledas, bulevares y salida al río, guarda un turbio recuerdo. Un caso que mancilla la memoria colectiva de los vecinos: para algunos todavía duele, para otros, molesta. Lo que era un secreto hace 40 años fue tomando forma de catarsis, lenta y a cuentagotas, pero catarsis al fin. Hasta que se supo toda la verdad, contada en “El secreto de San Isidro”.

El nuevo libro de Nicolás Cassese devela la trama oculta detrás del caso de “Peter” Malenchini, un profesor de plástica que abusó de al menos nueve niños en los años 70 en un colegio de San Isidro. La noticia tuvo trascendencia nacional cuando, a través de un programa de investigación de Rolando Graña, le hicieron una cámara oculta al acusado. El crimen ya había prescrito y los abusados, impedidos de una condena judicial, optaron por la condena social.

La situación conmocionó a uno de los círculos más conservadores de una ciudad que siempre se antepuso la “buena” reputación por delante de la dolorosa verdad. ¿Por qué volver a contar esta historia? ¿Por qué abrir una herida del pasado? “Yo estaba escribiendo un libro sobre la familia Di Tella. Y de repente me topé con este caso, que sucedió en mi colegio, San Juan el Precursor. Me di cuenta que no podía mirar para otro lado, que tenía que contar esa historia”, explica Cassese, director de la revista Brando. La historia no estaba sistematizada, más allá de lo conocido públicamente hace diez años. “No sé si antes hubiese podido escribir este libro, hay cosas que requieren cierta maduración”, agrega.

El libro se lee casi como una novela, y retrata a la perfección la red de hipocresía y silencio tejida dentro del círculo del San Juan. Un caso de pedofilia que afectó a muchos chicos que, treinta años después, decidieron desgarrar ese tejido. Y que Cassese, a través de su investigación y una finísima pluma, cuenta con cuidado y rigor periodístico.

– ¿Cómo calificarías a la sociedad de San Isidro?

– Bueno, la sociedad de San Isidro es amplia, supongo que te referís al núcleo que yo investigo, que es el del colegio San Juan el Precursor. Es una sociedad conservadora, pacata en términos religiosos, pero con una cosa de familia, de amigos. Con un amigo siempre lo comparamos con provincias como Salta, o esas en donde se ven las pequeñas oligarquías con pequeños códigos. Está medio escindido de la Argentina, no participan de las discusiones sociales. El Newman, por ejemplo, tiene más incidencia en la cosa pública, lo pone a Macri. Esto que yo investigo es más ensimismado.

– ¿Una burbuja?

– Sí, está el Náutico de San Isidro, el SIC, y hay toda una vida en torno al río, las familias numerosas relacionadas entre sí, y eso tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Yo la verdad que fui muy feliz ahí y sigo yendo muy a menudo. Pero es más bien como una capital provincial, en términos de su funcionamiento interno. Están con su pequeño mundo, sus historias, y bastante alejados de las grandes cuestiones nacionales. Hay cosas que se mantienen, como el colegio que sigue siendo de varones, pero ahora algunas cosas están cambiando, de a poco, algunos salen de la norma “estudiar, trabajar y casarse”. En mis años era más rígido, pero ahora está cambiando un poco ese paradigma.

– En un momento contás que a Tupa, uno de los chicos abusados, el papá le manda una carta mientras viaja por el sur para que se “cuide de las tentaciones de las mujeres”. ¿Qué otro tipo de represiones encontraste mientras estudiaste el caso?

– Hay un denominador común, y es lo no dicho, el tema del silencio y el secreto. Yo no soy ni sociólogo ni psicólogo, pero lo sexual, que es la represión más evidente, se traduce en otros lugares ocultos y guardados. Y sí, claro, yo también lo viví, y puntualmente en lo sexual, en la línea que nos bajaban, especialmente el cura. Se veía al sexo restringido pura y exclusivamente a una cuestión reproductiva y dentro de lo matrimonial. La represión estaba por todos lados, en función del control, y eso no escapó a esta camada de chicos que fueron abusados. Había mucha represión, mucho control sobre el cuerpo, las emociones y demás. A mí me parece que son cosas que está mejor hablar, liberar. Intuyo, de todos modos, que para otras sociedades, también es complejo el tema del sexo. Yo pongo la lupa muy cerca y la realidad es que todos, mirados muy de cerca, somos un poco raros.

– Todos querían encubrir el caso. Hasta los amigos de Charly, otro de los abusados. ¿Cuál es tu lectura de esto?

– Bueno, pensá que eran tipos grandes ya, de 50 años. En el caso de Charly, habían organizado una escapada de un fin de semana en Colonia con los amigos para despejarse. Y cae él con todo este rollo de que había sido abusado de chico por Malenchini. Les removía cosas, los complicaba emocionalmente. Y Charly venía a mostrarles que en su pasado común había cosas muy oscuras. Y además no era tan amigo de ellos, se había retirado del grupo, por eso a algunos les costó creerle.

–  ¿Qué fue de la vida de Malenchini? ¿No supiste más nada de él?

– Con Malenchini no pudieron avanzar porque los crímenes habían prescrito cuando se denunciaron. Después cambió la ley, y los delitos que involucran pedofilia prescriben recién después de diez años a partir de que la víctima cumplió 18. Pero en ese caso, tampoco lo hubiese agarrado. Y respecto de dónde está, a ver… Mi vieja me dice cosas, como que está enfermo, me tira información a cuentagotas.

– ¿Tu mamá sabe dónde está?

– No sé cuánto sabe mi mamá. Yo le hice llegar una carta a Malenchini, por medio de mi vieja, que se la dio a una amiga que se la hizo llegar. Era difícil, porque yo podría haber hablado con la exmujer de Malenchini, y yo decidí no hacerlo. Sabía que eran víctimas de esto, y que los podía lastimar. Ese fue el límite que marqué, no involucrarlos a ellos. Con lo cual, mis caminos de acceso al tipo eran limitados. Pero me autolimité, también, marqué topes. Elegí no hacerlo y a veces me lo pongo en duda, pero a la vez era muy complejo meterme en eso. Ya de por sí, meterme en eso no era fácil. No pude usar toda mi tenacidad periodística con el tipo, porque estaba autolimitado. Le hice llegar una carta porque era un modo de enfrentarlo cuidando a sus hijos, a su exmujer, y a la gente que aprecio. Yo no quería meter como intermediarios a los hijos o a la exmujer. Yo pensé en caerle directamente en Entre Ríos, donde se comenta que está viviendo, pero de ahí desapareció y me quedó trunca esa posibilidad.

– ¿Y el que era el abogado en su momento no era una fuente directa? ¿Creés que está muerto?

– No, es que es un muerto en vida. Hablé con la hermana, con el hermano, y me sacaban cagando. Y en un punto los entendía. Si hubiese muerto me hubiese enterado creo. Pero él buscó desaparecer del mapa, y lo logró. En su momento fue muy efectivo el escrache: impedidos de una condena judicial, le armaron una condena social. Resultó efectiva.

– ¿Cuáles son los límites de una investigación periodística como esta?

– Yo no tengo una fórmula preestablecida. Hay que aplicar los mismos criterios de honestidad intelectual y buena leche que uno aplica en la vida misma. Pero ese es mi manual, yo no soy de un estilo muy confrontativo y demás. Yo lo que aplico es, en ese sentido, pensar que el periodismo no es muy diferente de las interacciones de la vida cotidiana. En este caso el criterio que usé no lo aprendí en una escuela de periodismo: podés joder a la gente, pero tratá de no joderla demasiado. Igual ya estoy seguro de que hay mucha gente que considera que lo que hice pasó los límites. Como periodista siempre hay un elemento de traición. Vos te reunís con gente que te cuenta algo, y vos después lo armás como te parece, sin repreguntar.

– Si tuvieses que hacer un saldo de lo que fue la publicación del libro, ¿es positivo o negativo?

– La gente que me conoce, familia, amigos, mi vieja tuvo una buena reacción. La gente que me quiere, me conoce, y lo leyó, quedó enganchada en conversaciones, y hasta fue sanador. Después, hay otros que me han criticado mucho, y cada tanto me entero. Es un círculo muy chico y mi familia es de ahí, entonces para algunos soy una especie de traidor. Hubo una carta que circuló en la comunidad del San Juan de una persona reconocida en el ambiente, que ponía cosas en mi boca que yo nunca dije. El libro pegó mucho en San Isidro, fue una bomba, tuve una incursión profunda y me hastió también. Es un ambiente muy denso, hubo una misa que convocó el colegio, de dos horas y media. Ya ahora está bueno pasar a otros temas, dar vuelta la página. Hay otras historias por ser contadas.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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