La “resiliencia”, un concepto para entender la Tragedia de los Andes

Publicado en Yahoo Noticias

El vuelo 571 del año 1972 de la Fuerza Aérea Uruguaya todavía sigue dando que hablar. La llamada “Tragedia de los andes”, donde 16 personas vivieron la experiencia más traumática de sus vidas, fue recreada y rememorada una y otra vez. Y sin embargo, sus protagonistas todavía se siguen sacando esquirlas. Marcas que le quedaron de por vida a un grupo de gente que, como un “cuerpo colectivo”, se llevó consigo cada uno un pedazo de esa montaña para siempre.

El avión transportaba a un equipo de rugby. Eran 40 pasajeros y 5 tripulantes. De todos ellos, sólo 16 lograron conservar su vida, y ese margen de 29 personas que quedaron en el camino todavía acecha a más de uno con la pregunta: “¿Por qué yo sobreviví y ellos no?”. O por lo menos a Pedro Algorta, quien es uno de esos que carga con la cordillera a cuestas.

“Las montañas siguen allí” cuenta en primera persona lo que fue una experiencia de supervivencia como pocas en la historia, que más allá de emocionar a todo el mundo, dejó una serie de experiencias para la reflexión sobre el accionar colectivo del ser humano.

Algorta tenía una novia chilena que lo esperaba, razón por la cual se encontraba en ese avión. Nacido en Montevideo en 1951 por primera vez, volvió a la vida luego de su paso por la cordillera. Luego del accidente se radicó en Buenos Aires y se graduó en Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires y continuó sus estudios en Stanford, Estados Unidos.

Aunque lo más recordado por muchos sea el hecho de que los sobrevivientes tuvieron que recurrir al consumo de carne humana, cuarenta años de distancia demuestran que aún hoy quienes estuvieron presentes en esa experiencia pueden enseñarnos mucho más sobre la montaña que lo que los medios suelen recordar.

Casado, con hijos y nietos, Algorta había mantenido en silencio su experiencia, por ser un asunto muy privado en su experiencia de vida. Aquí, cuenta algunos detalles del nuevo libro que pone sobre la mesa ese gran miedo que, aún hoy, le recuerda que está presente: la imponente Cordillera de los Andes con sus inclemencias y dificultades, pero también con ese conjunto de seres humanos que hicieron todo para salir adelante.

– Cuando estabas trabajando en este proyecto, tu hermano te dijo: “¡No vas a escribir otro libro sobre el tema de Los Andes!”, y le dijiste que aún no está todo contado. ¿Por qué?

– Porque nadie escribió cómo viví yo, ni mis 70 días en los Andes. Cada uno lo vivió de distinta manera. Yo lo experimenté como un proceso de sobrevivencia, de adaptación permanente al medio que me rodeaba, a intentar ser parte de un grupo de trabajo, con las dificultades que eso implicaba.

– La escena del avión estrellándose ha sido recreada en muchas películas. ¿Cómo lo viviste desde adentro?

– Nuestros recuerdos están contaminados con las películas que se han hecho y por todo lo que se ha escrito y hablado del tema. Recuerdo oscuridad y silencio, pero no sé si se produjo realmente, o soy yo que perdí el conocimiento. Con más de 40 años de distancia, nos quedan imágenes que ya no sabemos si son nuestras. Sin embargo, tengo algunas que no están en ninguna película. Esas son mías, las tengo claritas: tengo la cara de mis amigos muertos, esos no están en ninguna película. Esas caras son mías…

– A toda la situación adversa se sumó una experiencia como la del alud. ¿En ningún momento se te pasó por la cabeza “abandonar” esa tremenda lucha? ¿Qué te mantuvo tan perseverante?

– Siempre quisimos sobrevivir. La fuerza para sobrevivir es instintiva, viene de adentro, es lo que te hace mantenerte vivo aún en las situaciones más límites.

– Hablás de un “cuerpo colectivo” en la montaña, de una “máquina de sobrevivencia. ¿Me contás un poco sobre eso?

– Cada uno, luchando por su sobrevivencia individual, trabajó en equipo. Porque nos dábamos cuenta de que solos no podríamos haber salido de la montaña. Con errores, disputas y mucho trabajo, entre todos fuimos sacando adelante al grupo. Hubo muchos que tuvieron una actividad destacada, pero todos fueron necesarios para que el grupo y cada uno saliera.

– Si cada uno tenía una función allí… ¿cuál dirías que fue la tuya?

– Al principio, fui un soldado obediente. Estaba con un interesante shock emocional y no tenía iniciativa. A medida que pasó el tiempo me fui recuperando y al final era de los que estaba mejor. Era uno de los intelectuales del grupo, de los que decía cosas interesantes aunque a veces alejadas de la realidad que estábamos viviendo. Hacia el final trabajé mucho. Me daba cuenta que me hacía bien trabajar. Y que eso contagiaba entusiasmo.

– Decís que el mayor misterio es por qué te salvaste vos, y muchos de tus compañeros no. ¿Te seguís preguntando eso? ¿Qué respuesta aproximada encontraste?

– Eso no tiene respuesta. Queda flotando en el aire. Lo único que podés hacer es agradecer en silencio que ellos hayan muerto permitiéndome a mí haber sobrevivido.

– Le dedicás una parte del libro al concepto de “resiliencia”. ¿Qué es y por qué fue fundamental en la supervivencia?

– La resiliencia es la capacidad de no romperse en situaciones extremas y poder vivir una vida normal. Los 16 que salimos de los andes, estamos vivos y viviendo vidas normales. Eso habla de la capacidad de los seres humanos de sobrellevar las situaciones más desesperantes que nos puede tocar.

– “Estoy convencido de que si nos hubiesen dicho que en 70 días los iban a buscar, nos hubiésemos muerto”, decís. ¿Por qué?

– Porque era imposible sobrevivir. La incertidumbre de no saber cuántos días más íbamos a estar allí nos salvó. Trabajamos para estar vivos las próximas 24 horas, no para sobrevivir 70.

– También señalás que has tenido otras cicatrices en la vida, y que “ya es difícil distinguirlas”. ¿Se puede sufrir más de lo que sufriste en la montaña, en la llamada “civilización”, o no ocurre que ya “viviste” todo, después de eso?

– Creo que tenemos una increíble capacidad de sufrir, adaptándonos. En realidad lo que ocurre es que tenemos una especie de restricción al sufrimiento. Yo no me acuerdo de lo que es estar a 40 grados bajo cero, o de sentir hambre o incluso el miedo. Me acuerdo de haberlos sentido, pero no me acuerdo cómo eran ellos. Por eso, siempre se puede estar peor. Y después tuvimos otras montañas, y por haber superado la de los Andes, no quiere decir que no tengamos otras más que superar, porque así es la vida: andar superando montañas. Por eso creo que todos somos sobrevivientes, a todos nos suceden cosas, y sentimos que los eventos de supervivencia que enfrentamos de alguna manera son relativos. Yo no puedo decir que he sufrido más que otra persona que también pasa por sus propias situaciones límites. Y todos las pasamos.

– ¿Qué lugar ocupa hoy la montaña en tu vida?

– Está tranquila, sé que está, y que la tengo que tratar bien. Pero ya no me molesta.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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