Frédéric Martel, el sociólogo que simpatiza con la cultura de masas

Publicado en Yahoo Noticias

La cultura de masas divide en dos a televidentes, amantes de la música, cinéfilos y lectores: apocalípticos e integrados. ¿Es Avatar una obra maestra, o es un simple cúmulo efectos especiales? ¿Qué lugar ocupa Justin Biever en la escena musical actual? ¿Es Cincuenta sombras de grey buena literatura, o mero éxito comercial? ¿Aporta algo a la cultura Ama de casas desesperadas o Glee, o son productos culturales que sólo apuntan al llenar de plata a los dueños de los medios que los producen?

Aquella distinción hecha por el filósofo Umberto Eco sigue en pie y marca dos posturas irreconciliables: o bien los productos culturales masivos reflejan la decadencia del arte (apocalípticos), o bien algo dicen sobre la evolución de estas industrias y también forman parte de la cultura (integrados). Frédéric Martel, sociólogo y periodista francés, le ha dedicado una buena parte de su vida a responder estas cuestiones: ¿cómo funciona la cultura de masas, llamada mainstream en la época actual?

“La pregunta se complejiza mucho más si a todo esto le sumamos Internet. ¿Qué va a pasar con servicios como Netflix? ¿Cambiará las prácticas del consumo, o más bien las confirma?”, se pregunta Martel. Por esta razón lanzó Smart, una reflexión sobre el modo en el que la revolución digital está cambiando las formas de producción y difusión de la cultura.

Aunque nacido un año después del mayo francés, e influenciado por pensadores de su época como Foucault y Deleuze, Martel desarrolló una buena parte de su carrera en los Estados Unidos bajo el manto de intelectuales como Joseph Nye, Michael Walzer, Michael Sandel y Amartya Sen. Allí pensó Cultura mainstream, una muy exitosa investigación para la cual se entrevistó con 1.250 personas, entre productores, directores ejecutivos y realizadores de empresas tan distantes (o tan similares) como DreamWorks o Rotana –una cadena saudí- a lo largo de 30 países para responder estas preguntas.

Smart, queserá editado el año que viene en Argentina por Taurus, retoma la línea de sus investigaciones para profundizar sobre la cultura de masas. Martel habló con Yahoo Noticias en su paso por Buenos Aires por su último libro, que ya da que hablar en todo el mundo por sus agudas reflexiones, y repasó algunas ideas del exitoso Cultura Mainstream.

– ¿Por qué EE.UU. logra imponer su cultura por sobre el resto del mundo?

– Bueno, esa es la pregunta que intenta responder Smart y todos mis libros en general. Y no hay una única respuesta. ¿Por qué Microsoft, Twitter, Facebook, Dropbox, Google, Yahoo, Amazon, Apple están orientados a los Estados Unidos? Es una cuestión del capitalismo, cultura y contra cultura, creatividad, libertad de expresión, riesgos. Es muy complejo, y para empezar a responder eso primero tengo que decir que estoy seguro de que la respuesta no es por el lado marxista. La Escuela de Frankfurt sostenía que los que tienen plata hacen la industria porque tienen el dinero. Pero los chinos intentaron quitarle el lugar a Estados Unidos en las películas, invirtieron millones de yuanes allí, y sin embargo, no lograron arrebatarle el lugar. ¿Por qué? Porque el contenido que crean no le gusta necesariamente a la gente de China. Quizás porque no hablan de la vida de la gente, quizás hablan del Tibet y de Confucio, pero a la gente le interesa otra cosa.

– Ya que mencionás a China, en la segunda parte de Cultura Mainstream hablás de una guerra cultural mundial, y ponés a la película Kung Fu Panda como un ejemplo de eso. ¿Por qué?

– Porque la prioridad del gobierno chino es el soft power, un concepto que explico en Cultura Mainstream. Soft power es la idea de que, para influir en los asuntos internacionales y mejorar su imagen, grandes gobiernos como Estados Unidos o China debe utilizar su cultura y no su fuerza militar, económica e industrial (el hard power). Y China quiere imitar a los americanos en ese sentido, pero la película sobre China más famosa de hoy es Kung Fu Panda, que fue hecha por DreamWorks. Creo que, en el fondo, lo que quiere China no es una cuestión sobre sus valores para imponer con su cine, sino de construir soft power. Ahí, en ese concepto, se juega la guerra cultural mundial.

– En Cultura Mainstream sostenés que ya no se puede hablar de “industrias culturales” para explicar a las grandes producciones cinematográficas de Hollywood, por ejemplo, y que hay que usar nuevos conceptos. ¿Por qué?

– Primero que nada, y sin profundizar el debate, industrias culturales es un concepto muy preciso de autores como Benjamin, Adorno, Horkheimer y otros. Ellos pensaban en bienes de la cultura producidos por el capitalismo en forma serial. El problema es que este concepto ya no aplica a la actualidad, en tres sentidos. Ellos pensaban que la industria era una gran fábrica, donde los escritores trabajaban por un lado, luego se ponía en marcha paso a paso la creación, que derivaba en un producto cultural. Hoy por hoy, ¿qué pasa? No tenemos producto, no tenemos fábricas y no tenemos “trabajadores” en el sentido clásico: no son empleados por los estudios. Todos están contratados por un determinado proyecto. Hay grandes estudios y fábricas, pero son como bancos que financian productos. Pero los productos son hechos por gente que está fuera de los estudios y fábricas. Son outsiders los que hacen los productos: imprentas en la industria del libro, sellos en la música, unidades especializadas en la industria del cine, startups en Internet.

– ¿Por esto usás “industria creativa” o “cultura mainstream”?

– Claro, porque cuando mirás Matrix, Avatar, o Spiderman, vas a ver al final de la película que hay muchísimas pequeñas empresas que fueron parte del proceso de creación. Por eso no funciona el concepto de industria cultural tal y como lo conocimos. Theodor Adorno pensaba que el que dirige la compañía, el capitalista, decidía qué contenido se produciría. Pero eso hoy cambió mucho. Francia era número uno en videojuegos, porque Activision y Blizzard eran francesas, y hoy Ubisoft lo es todavía, pero hacen juegos con un look angloamericano. Entonces: podés ser dueño de la compañía, pero no decidís el producto que hacés.

– Sin embargo Ubisoft ha hecho una saga de videojuegos con contenido cultural, Assasins Creed. Me parece que tienen una impronta más francesa que americana.

– Sí, tenés razón, y sobre eso he escrito en Smart. Pero esto es una excepción: Ubisoft hace también muchas franquicias (hasta de películas) que no son para nada francesas. Activision y Blizzard hicieron lo mismo, incluso cuando eran francesas hace un par de años.

– La crítica más común a la cultura de masas es que uniformiza a la gente. Vos estás en contra de esa visión. Explicame un poco por qué.

– Claro, en parte sí. Al analizar desde las industrias culturales, se lo ve como una forma de uniformizar a la gente. Estupidizarla, controlarla. Pero es lo contrario: si sos una mujer en Arabia Saudita, Amas de casa desesperadas te ayuda. Si sos gay en Irán, mirar Secreto en la montaña ayuda. Cuando sos negro en un país sin derechos civiles, incluso en Estados Unidos, el rap gánster te ayuda. Entonces, la idea de este producto tratando de uniformizar y estando en contra de la voluntad de la gente, está totalmente desactualizada. La visión de la uniformización es compatible con la época de la Escuela de Frankfurt, porque quienes la integraban eran judíos que escapaban de los nazis, y por eso habían abandonado Alemania. Y en parte, esa es una de las razones por las cuales temían que la cultura de masas matara a millones de personas. Y, lógicamente, la industria cultural iba hacia la uniformización.

– Hablemos de la cadena de contenidos Rotana, en Beirut. Decís en el libro: “Talk shows libaneses, qataríes y más raras veces emiratíes van mucho más allá del simple entretenimiento: están socavando, en efecto, los mismos fundamentos del mundo árabe. Son una fuente de preocupación para Riad, Teherán o Trípoli, y causan perturbación social en las familias patriarcales”. ¿Por qué?

– Es una muy buena pregunta, porque tiene que ver con los debates entre el mercado y los valores que el Estado, o la religión islámica, deben proveer. Rotana, es una compañía saudí, Al-Jazeera es qatarí, y cuando hablás con ellos, te dicen que quieren vender buen contenido, que le dé bien en los ratings. Entonces, si hablan sobre musulmanes como en Irán, nadie quiere verlos. Por eso producen una serie en la que hay cuatro mujeres discutiendo cosas actuales. Una es muy conservadora, otra es joven e innovadora, la tercera es una madre, ¿y de qué hablan? ¡De sexo! Y encima la cuarta es lesbiana. Hablan también de los inmigrantes en Arabia Saudita. Esto es porque a la gente le interesa estas cosas. Pero esas cosas que le interesa a la gente van, muchas veces, en contra de las creencias de esos países.

– ¿Algún ejemplo?

– Por ejemplo, la serie turca Nour. Trata sobre una pareja en la que la mujer quiere tener un trabajo. Y el hombre lo acepta y motiva a su mujer a conseguir un trabajo. Se convirtió en un verdadero éxito. ¿Por qué? Porque toca las cuestiones que en esos países son sensibles. En el mundo árabe esto es muy revolucionario: en todas las familias turcas se discutió esto, el hecho de que una mujer quiera tener su dinero y no depender de su marido. Creo en el poder de la cultura de la TV y del entretenimiento, que pueden hacer que las sociedades cambien.

– Siguiendo la distinción de Umberto Eco, de “apocalípticos e integrados”, ¿dónde te ubicarías vos respecto de la cultura mainstream?

– Curiosamente él escribió una reseña sobre Cultura mainstream. Es difícil responder tu pregunta, porque mis libros no apuntan a decir si es buena o mala la cultura de masas. Si entrás en eso, empezás a jerarquizar el debate: hay buena cultura, como las artes performativas, la música clásica, las bellas artes y la baja cultura por el otro lado. Y no estoy de acuerdo con eso.

– Insisto: ¿apocalíptico o integrado?

– Bueno… integrado. Porque pienso que hace más bien que mal. No significa que no hayan problemas y que sea todo color de rosa: la privacidad en Internet, el control creciente de algunos programas y aplicaciones que instalamos, el modo de producción global. Pero si uno piensa en Egipto, por ejemplo, o Marruecos o Vietnam. Antes había sólo televisión estatal, propaganda. Ahora hay televisión de otras cadenas e Internet, por la cual se puede acceder a todo. Entonces, se puede decir que para muchos países como Francia no ha cambiado tanto la ecuación, pero si pensamos en esos otros, sí. Honestamente, prefiero un país con muchísima televisión y, sí, también televisión basura, que uno que tiene sólo la televisión estatal. Al final, debería decir, hace más bien que mal, aunque realmente creo que la cultura masiva y la Internet no son malas o buenas en sí mismas: son herramientas y todo depende de lo que vayamos a hacer con ellos. De eso se hablará en los próximos años. De eso habla Smart.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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