Cuando el turf era mucho más popular que el fútbol en Argentina

“Solemos contar la historia del ascenso del deporte profesional centrando la atención en el futbol, sin reparar que el auge de este deporte fue tardío, y se dio sobre la huella abierta por el turf. La figura del deportista profesional, por ejemplo, nació en la pista, no en la cancha”, explica Roy Hora, autor de “Historia del turf argentino”. El historiador e investigador del Conicet, también profesor titular de la Universidad Nacional de Quilmes revolvió unos cuantos documentos e investigaciones (más bien de aficionados) para demostrar que, contrariamente a lo que se suele creer, el turf tuvo raíces aristocráticas pero un despliegue popular impresionante.

Centrado en la cría de caballos, la clase social ascendente de principios de siglo pasado y los jockeys, Hora recrea escenarios impensados: “De golpe, el que mandaba en la pista era un hombre pequeño, morocho y analfabeto, amén de hijo ilegítimo”, cuenta en referencia a Leguisamo, el más conocido de la época.

Ahora bien, ¿por qué la esgrima, el golf o el polo no tuvieron el éxito del turf? ¿Qué hizo que este deporte llamara la atención de las clases populares? ¿Cómo convivían las clases bajas con las altas en este choque de culturas? ¿Era un choque o un complemento? Aquí, Hora arroja algunas líneas sobre su investigación en diálogo con Yahoo Noticias.


– En el comienzo del libro contás que el turf arrancó siendo un deporte popular, y que luego viró hacia un público más refinado. ¿Cuáles son los inicios de este deporte en la Argentina? ¿Cómo se instaló en el país?

– Las carreras de caballos no eran exactamente un deporte tal como lo entendemos ahora, pero sí un entretenimiento y una afición popular. Y esto es comprensible. La Argentina es un país de caballos. En el período colonial, y hasta más allá de 1850, era quizás la región del mundo con más caballos por habitante. Alimento abundante, ausencia de predadores naturales y clima templado hicieron que, a partir de los pocos ejemplares que trajeron los primeros españoles, el tamaño del rodeo creciera de manera geométrica. Para la época de la Revolución de Mayo, en distritos como Buenos Aires o Entre Ríos, había 3 o 4 equinos por persona. Todos sabían montar, y casi todos poseían caballos. El caballo era un medio de transporte y trabajo, pero también de entretenimiento. Es por ello que, mucho antes de que naciera el turf, es decir, las carreras a la inglesa, los hombres del común ya tenían una relación estrecha e intensa con estos animales: cuadreras, doma, sortija, etc. De hecho, el turf fue una iniciativa surgida del mundo de las elites para “civilizar” las competencias ecuestres, para ponerle su sello a ese mundo. En rigor, los primeros en interesarse en las carreras entre caballos purasangres fueron británicos, y de hecho fueron ellos los que importaron los primeros caballos de raza, hacia 1850, y los que crearon los primeros clubs hípicos y los primeros hipódromos. Pero desde la década de 1880, cuando Carlos Pellegrini fundó el Jockey Club, la elite nativa se convirtió en el gran protagonista de las competencias ecuestres. Allí comenzó la historia del hipódromo elitista, armado para el lucimiento de los poderosos.

– ¿Cuál fue el impacto del turf en las dos puntas, esto es, las clases altas y las populares?

– El turf fue el entretenimiento más popular del país por más de medio siglo. Dos generaciones de argentinos crecieron pensando en los “burros”. A fines de la década de 1930 iba más gente al hipódromo que a la cancha de futbol. En la década de 1950, el turf todavía movía más dinero, y sus estrellas ganaban mucho más que los futbolistas. Y lo interesante del caso es que, a diferencia del futbol, el hipódromo era también una pasión elitista. En el libro muestro que nuestros ricos gastaron mucho más en caballos de carrera que en cualquier otra afición, y por supuesto mucho más que alta cultura, por ejemplo en obras de arte. Les interesaba verdaderamente. Y además de gastar mucho, también dominaban el escenario, ya que el hipódromo era regenteado por el Jockey Club, y allí imperaba la ley de los poderosos. El turf fue un terreno de encuentro entre el alto y el bajo mundo social, y parte de su atractivo en tanto objeto de análisis histórico nace de este dato. Elites y masas mirándose mutuamente. Y además los deportistas, surgidos bien de abajo. Por esta combinación peculiar, para un historiador, el turf es más interesante que el futbol. Observar cómo fueron cambiando las relaciones entre público popular, propietarios y deportistas profesionales es un ejercicio fascinante, que nos dice mucho sobre cómo funciona y como se transformó nuestra sociedad.

 

Viñeta de Caras y Caretas de 1917. Fuente: Caras y Caretas

¿Quién fue Saturnino Unzué y por qué es relevante en el desarrollo de este deporte en el país?

– Fue una de los grandes señores del Jockey Club y de la alta sociedad de los tiempos del turf elitista y, por ello, un hombre muy conocido e incluso popular. Todavía entonces, en el hipódromo, gran parte de la atención estaba centrada en los propietarios y sus caballos, y los jinetes quedaban en un segundo plano, a la sobra de los propietarios. Unzué se hizo un nombre en el mundo del turf tanto por la enorme cantidad de dinero que invirtió para adquirir ejemplares de primer nivel internacional como por los triunfos que obtuvo no sólo en Palermo sino también en París. Se lo recuerda, en particular, porque fue el dueño de Grey Fox, uno de los animadores de la “carrera del siglo”, la competencia más famosa de la historia argentina.

– ¿Qué fue esa carrera?

– Fue un evento excepcional en 1918, en el que Grey Fox corrió contra Botafogo, un caballo de Diego de Alvear. Esa carrera paralizó el país, y fue quizás el evento deportivo más importante del primer tercio del siglo XX.

– ¿Qué tipos de empleos se generaban a partir de la cría de caballos?

– El turf interesaba a casi todos los varones, y movía enormes recursos. Un dato lo revela bien: en su época de apogeo, el costo operativo del hipódromo de Palermo era más grande que el presupuesto de muchas provincias. Sólo seis administraciones provinciales tenían presupuestos más grandes. Y en esta cuenta no estamos considerando las apuestas, sino sólo lo que se gastaba para hacerlo funcionar. Palermo fue el principal estadio de América Latina al menos hasta la década de 1930. Y además había otros hipódromos, comenzando por La Plata y San Isidro, y varias decenas en el interior de la provincia y del país. Un espectáculo tan importante, que se seguía en todo el país, generaba una gran demanda de trabajo, desde los boleteros y porteros a los herreros, peones y veterinarios. Los dueños de caballos y los apostadores casi siempre perdieron, pero muchos otros vivieron del turf.

– ¿Cuál era la relación entre patricios y plebeyos que se daba en torno a este deporte?

– Pellegrini, el fundador del Jockey Club, pensaba que el hipódromo debía realzar la presencia pública de la clase alta, educando a las clases populares en la gramática de la diferencia social. El hipódromo se creó para eso, para subordinar al mundo del caballo popular. Durante las décadas de apogeo del turf elitista, más o menos entre 1880 y 1920, el hipódromo sirvió a este propósito. Fue un gran teatro al servicio del lucimiento de los poderosos: sus caballos dominaban la pista, sus mujeres exhibían su elegancia en el sector reservado para los socios del Jockey Club, los jinetes cumplían la función de choferes de los caballos de los ricos. Este cuadro cambió en la década de 1920, sobre todo como resultado del creciente protagonismo de los jinetes. La figura que simboliza este cambio es Leguisamo, el mejor jinete de la historia del turf argentino.

Leguisamo con los propietarios de Cocles. Fuente: AGN– ¿Por qué fue importante Leguisamo?

– Bueno, su ascenso coincidió con un período de erosión de las jerarquías sociales de la república oligárquica. Democratización política y expansión de las industrias culturales ayudaron a construir una cultura pública menos deferente hacia la gran riqueza. Y jinetes como Leguisamo no sólo se beneficiaron de este proceso de democratización sino que también lo empujaron. Hasta entonces, los jinetes habían sido empleados de los ricos; desde la década de 1920, se convirtieron en protagonistas de primer plano del espectáculo. Leguisamo, por ejemplo, elegía qué caballos correr, y señores como Alzaga Unzué o Anchorena debían hacer cola para que Leguisamo les corriera sus caballos. De golpe, el que mandaba en la pista era un hombre pequeño, morocho y analfabeto, amén de hijo ilegítimo. Este cambio tiene que tiene que ver con las presiones competitivas, que elevan el valor atribuido al talento deportivo de los jinetes. Pero el contexto social fue decisivo para alcanzar un resultado que en 1900 hubiera sido inconcebible. El nuevo poder de los jockeys no hubiese sido posible si la tribuna y la prensa popular no los hubiesen elevado, desplazando la atención desde los propietarios y sus caballos hacia los jinetes, las nuevas estrellas del hipódromo en la sociedad de entreguerras.

– ¿Por qué la esgrima, el golf o el polo no tuvieron el éxito del turf?

– En primer lugar, porque no entroncaban con la tradición ecuestre y el gusto popular por los caballos. Y porque los tres fueron deportes que practicaba una minoría, sin mayor visibilidad pública. No tenían tanto eco fuera de círculos relativamente reducidos, y además no servían para montar un gran espectáculo. La esgrima, por ejemplo, era importante para la elite y los militares, tal como lo muestran los estudios de Sandra Gayol. Servía para educar el cuerpo y las emociones, y entonces entroncó con demandas de refinamiento de la elite del período oligárquico. El golf es algo distinto, porque estaba más encerrado en la comunidad británica. Su condición de deporte británico le daba prestigio, lo que favoreció su ingreso en los clubes del alto mundo social. Y su difusión se vio ayudada porque le daba un lugar a la mujer. Pero fuera de los estratos altos, a nadie le interesaba. El polo, en cambio, se mantuvo muy encerrado en la comunidad anglo-argentina hasta muy tarde, pese a que en la década de 1920 el equipo argentino ya alcanzó éxitos internacionales. Pero, en verdad, esos equipos estaban formados por miembros de la comunidad británica.

– ¿De dónde salían los jinetes? ¿Por qué fueron las “primeras estrellas deportivas de condición plebeya”?

– Los jinetes solían provenir del mundo rural y, entrado el siglo XX, cada vez más del propio universo del turf. Ya vimos que el hipódromo era un ámbito laboral muy grande, que daba empleo a miles de personas. Y además estaban los haras y los studs. Los jinetes solían salir bien de abajo, socialmente hablando y, además, sus cuerpos pequeños y menudos no era un pasaporte al éxito social. Y después está el gran tema. Pues lo interesante del caso es que para crecer en relevancia los jockeys debieron librar una batalla por la primacía simbólica contra los propietarios. El hipódromo elitista, el que imaginó Pellegrini, los condenó a posiciones marginales. Tenían que subordinarse a un rígido código de comportamiento público, destinado a restarles protagonismo. Debían vestirse con la ropa de sus patrones, no podían festejar, incluso se los obligó a renunciar al bigote, que entonces era un distintivo de masculinidad. Es decir, se los feminizó. Todas estas humillaciones tenían por objetivo disminuirlos, para resaltar a sus patrones. Como dije, sólo entrado el siglo XX este cuadro se revirtió. Desde la década de 1920, gracias al auge del turf y a los cambios en la cultura pública, se convirtieron en figuras muy populares, que ganaban mucho dinero, y que tenían fama y figuración mundana. Hasta la década de 1940, fueron mucho más famosos que los futbolistas, además de mucho más ricos.

 

La presencia femenina, un hito en el hipódromo. Fuente: AGN

– ¿Por qué hasta ahora no había sido investigada la historia del turf en nuestro país? ¿Qué prejuicios han operado?

– Algunos historiadores aficionados han escrito algunas cosas, pero los académicos no lo han tomado como tema. Y el obstáculo es en parte ideológico. El turf es problemático para el sentido común progresista que impera en nuestro mundo académico porque nos enfrenta a un escenario en el que masas y elites no se enfrentan sino que parecen confluir en una pasión común. Y, a diferencia del futbol, que hoy concentra el interés de todos (pero en el que prima la cultura popular), en el turf todo sucede en un escenario dominado por los poderosos. Los historiadores profesionales hemos investigado más aquellos espacios y aquellos episodios en los que los de arriba y los de abajo aparecen enfrentados, muchas veces porque pensamos que eso es lo que debería suceder, o es deseable que suceda. Mi interés en el turf surge del hecho de que el hipódromo parece contradecir estas premisas. Y, por ello, nos obliga a repensar nuestras ideas sobre cómo son las relaciones de clase en la sociedad argentina, de qué manera se relacionan elites y masas, y cuáles son los ideales y aspiraciones que mueven a nuestras mayorías.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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