“El Agua Mala”: las historias de Epecuén que el lago se tragó

Publicado en Yahoo Noticias

Epecuén es lo más similar a un escenario de posguerra. Todo está destrozado, abandonado, seco, sin vida y, todavía, inundado. De vez en cuando, el árido paisaje tiene algunos cuerpos extraños que alteran la calma del ecosistema que aún permanece intacto: son curiosos visitantes que quieren ir a vivir la nostalgia en primera persona. A poco más de 550 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires sucedió, el 10 de noviembre de 1985, lo que sólo unos pocos pobladores divisaron: la ciudad se inundó, y el desborde del lago homónimo llevó todo a su paso. No sólo casas, escuelas, plazas o el famoso matadero. Epecuén también se tragó historias que, hasta hoy, casi no habían sido contadas.

Detrás de esas impresionantes fotos, que hoy quedan más como un retrato poético que como un problema social, había allí unas 800 personas que, junto con el agua, vieron desaparecer para siempre la tranquila vida que Epecuén tenía. Josefina Licitra acaba de editar El agua mala, una serie de crónicas que recopila lo que sucedió a tantas familias e historias personales que se vieron trastocadas por aquella inundación.

Llamada a ser un centro turístico de la talla de Mar del Plata, debido a la alta salinidad de las aguas usadas con fines terapéuticos y recreativos, Epecuén se gestó con todo para ser una perla bonaerense, en plena pampa. Tenía una capacidad hotelera de 5000 camas, alrededor de 220 alojamientos distribuidos en pensiones, residencias y hoteles. Y tenía algunos detalles insólitos, como una construcción medieval en la que vivía una princesa francesa.

Aquí, Licitra repasa algunas de las historias y cuenta qué quedó de aquella ciudad. Ruinas, escombros, árboles petrificados, e historias. Sobre todo historias.

– La historia de Epecuén es muy particular y, sin embargo, mucha gente no la conoce. De hecho, no había un libro así hasta el momento. ¿Por qué creés que quedó tan postergada una investigación o una reconstrucción a partir de testimonios como “El agua mala”?

– Creo que el poder de la imagen que arroja hoy el pueblo es muy fuerte, y se come todo el resto. Hay muchos registros fotográficos y audiovisuales, porque el escenario es sobrecogedor. Y la fascinación que generan esas imágenes termina obturando cualquier posibilidad de hacer algo en torno a los relatos y a la reconstrucción oral de la historia. A mi entender, en este caso se cayó con mucha facilidad en la idea de que “una imagen vale más que mil palabras”, porque es cierto que las imágenes cuentan mucho, y así fue como el poder visual de las ruinas terminó tragándose cualquier otra forma de relato.

– Al desastre natural se le suma la negligencia política, de la que hablás en más de una ocasión en el libro. ¿Por qué hubo negligencia en lo que terminó sucediendo?

– No hubo sólo negligencia, sino acciones deliberadas por parte del poder político que terminaron perjudicando todo el sistema de Encadenadas al que pertenece el Lago Epecuén. A principios de los 70 se construyó un canal, el Ameghino, para drenar las aguas de unos campos que, ya secos, podían usarse con fines agrícolas. Hubo funcionarios del poder militar que compraron esos campos inundados a muy bajo precio y, después de la construcción del Ameghino, asistieron a su revalorización y se llenaron de dinero.

– ¿Y qué pasó a partir de esto?

– La consecuencia de esta maniobra es que todas las aguas drenadas de esos campos, canal mediante, entraron al sistema de lagunas Encadenadas y lo empezaron a sobrecargar. Hasta que en 1985, sin obras hidráulicas que controlaran ese flujo de agua, toda la cuenca colapsó y se terminó inundando el pueblo que estaba “abajo” de todo, que fue Epecuén.

– Para entender qué sucedió en el pueblo es fundamental entender el sistema de lagunas. ¿Podrías resumírmelo brevemente?

– Las lagunas forman parte de una cuenca endorreica, que no tiene salida al mar, y están distribuidas de modo escalonado. La que está en el “escalón” más bajo, por decirlo de alguna forma, es Epecuén. Por lo tanto, el agua que entra a esa cuenca, cuando desborda, va pasando a la laguna que está más abajo. La que está en la base de ese sistema -Epecuén- es la que termina absorbiendo los excesos de agua.

– Contás la rivalidad entre Carhué, la ciudad vecina, y Epecuén. ¿Es cierto que algunos festejaron con lo que pasó aquel 10 de noviembre de 1985?

– Aparentemente, sí. Epecuén fue un polo turístico que creció a expensas de Carhué. Antes del nacimiento de Epecuén como pueblo balneario, Carhué era el centro balneario más importante de la zona. Tenía decenas de hoteles y vivía del turismo. Cuando surgió Epecuén, que se hizo fuerte con la llegada del turismo sindical, en los ’40-’50, la gente empezó a elegir ese pueblo, que estaba dispuesto en buena medida en los bordes de la laguna. Y fue abandonando Carhué. En las últimas décadas, Carhué ya no tenía hoteles, porque estaban todos en Epecuén. Y vivía subsidiariamente del derrame económico que llegaba del pueblo de al lado. Eso generó resentimientos. Por eso, dicen, hubo gente en Carhué que habría festejado cuando Epecuén desapareció.

– ¿Por qué había construcciones medievales como El Castillo de la Princesa?

– Esa fue la única construcción. No había otras. En la primera mitad de siglo llegó a la zona una princesa francesa que había quedado viuda (su marido había muerto en la Primera Guerra Mundial) y que fue a Epecuén seducida por las aguas curativas del lago. Tenía un pariente, dueño del Hotel Plage, que le había hablado de esas aguas. Cuando llegó, la francesa se hizo un castillo de tipo europeo. Con torres, un inmenso portón de madera… Ese fue el “elemento Disney” que tuvo la zona. Décadas después, con la llegada del turismo sindical, la francesa vendió el castillo horrorizada porque habían llegado “negros de mierda” (hay testimonios que aseguran que lo planteó en esos términos). Lo compró una húngara que vivió allí hasta pocos años antes de la inundación. Hoy no hay rastros de ese castillo.

– ¿Cuál fue la historia que más te sorprendió?

– Todas tienen factores extravagantes, por momentos hasta surrealistas. Y tristes. Prefiero no armar escalafones en ese sentido.

– ¿Qué tienen que ver los “sea monkeys” con Epecuén?

– En el lago Epecuén está la artemia salina, una especie de crustáceo, con la que se fabricaban los sea monkeys. Si bien ese producto se fabricaba en Estados Unidos y recorrió el mundo, aparentemente, y por lo que cuentan en la zona, sacaba su materia prima del lago Epecuén. 

– ¿Qué dirías que queda, hoy, de Epecuén, más allá de ese paisaje de posguerra?

– Quedan cientos de personas que conviven con una sensación de desamparo muy grande. Perdieron todo. La casa y el pasado, ya que muchos habían pasado buena parte de su vida ahí. Sin el pasado, es muy difícil poder armarse un presente o un futuro. Las ochocientas personas que vivían en Epecuén de forma permanente quedaron en un limbo no sólo material, ya que no tuvieron gran apoyo del Estado para rearmar sus casas, sino también simbólico. Es gente a la que la vida se le fue con el agua.

Artículo original, en Yahoo Noticias

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