La masacre pilagá, una de las historias más tristes y menos conocidas de la Argentina

Salqoe, un sobreviviente de la masacre y su nieto (Valeria Mapelman)

“Esta sangre fue derramada en Argentina”
Un sobreviviente de La Bomba

Publicado en Clarín

Tarde o temprano, la verdad iba a iluminar esta oscura historia. En algún momento ellos iban a hablar, aunque fuese más de medio siglo después. La historia oficial los había narrado como un grupo de indígenas que habían atacado con armas a “los blancos”. Y los diarios de la época difundieron esa versión, dando total colaboración al ocultamiento del hecho. Sin embargo, las víctimas decidieron hablar en 2005 y dispararon una investigación que dio con la triste verdad: los pilagá habían sido brutalmente reprimidos por Gendarmería y muchos de ellos asesinados.

Valeria Mapelman, investigadora y documentalista, editó Octubre Pilagá, memorias y archivos de la masacre de La Bomba (Tren en movimiento, 250 pesos). Se trata de una recopilación de documentos, testimonios orales e imágenes que cuentan lo que de verdad sucedió en aquel paraje formoseño en 1947. “Los ancianos que sobrevivieron a La Bomba transmitieron la historia de la masacre a hijos y nietos, y los detalles de lo que sucedió permanecieron en la memoria durante muchos años, hasta que decidieron contarla a los ‘blancos'”, relata a Clarín.

A través del libro se ve que la matanza terminó por ser, en el fondo, la punta del iceberg de un sistema de explotación que tuvo sus raíces en tiempos coloniales. Y cuyos frutos se vieron en la incipiente sociedad del siglo XX, con el trabajo esclavo, al que fueron sometidos los pobladores originarios, devenidos en el motor de un sistema de producción cuasi feudal. Algodón, azúcar y obrajes no se dieron bajo el apacible consentimiento de los trabajadores, sino de una feroz explotación.

A través del relato de los abuelos pilagá, Mapelman reconstruyó una historia que no sólo fue silenciada por la prensa durante la primer presidencia de Perón, sino que aún hoy es poco conocida y no figura en los manuales escolares de historia.

– ¿Qué pasó en octubre de 1947?

– A fines de septiembre cientos de personas pertenecientes al pueblo pilagá se reunieron en un paraje llamado La Bomba, a pocos kilómetros de Las Lomitas en el entonces Territorio Nacional de Formosa, para conocer a un sanador llamado Tonkiet, que “curaba sin cobrar”. Pero esta multitud estaba muy cerca de la sede del escuadrón 18 de Gendarmería Nacional, que pronto comenzó a moverse para despejar el lugar e intentar movilizar a las familias hacia las reducciones Indígenas de Bartolomé de las Casas y Francisco Muñiz. El 10 de octubre, por la tarde, luego de varias advertencias y amenazas y ante la negativa de los ancianos y los caciques a trasladarse, la Gendarmería inició la represión y persiguió a los sobrevivientes por el monte durante por lo menos veinte días, fusilándolos, impidiendoles el acceso a los ríos y violando a las mujeres.

Niñas en la huerta de la Misión Laishi bajo la supervisión de una monja (AGN)

– ¿Qué era “La Bomba”?

– Tonkiet era un líder religioso y político que fusionó la religión tradicional pilagá y el cristianismo evangélico y convirtió a La Bomba en un espacio de debate y conflicto. El paraje estaba muy cerca de un curso de agua, y también cerca de la estación de tren de Las Lomitas desde donde muchos viajaban a trabajar a los ingenios azucareros de Salta y Jujuy. Pero La Bomba, además, estaba dentro la llamada Zona Militar, un espacio vigilado permanentemente por la Gendarmería.

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– ¿Cómo se supo lo que verdaderamente pasó allí? ¿Cuál era la “historia oficial hasta el momento”?

– Los ancianos que sobrevivieron a la masacre de La Bomba transmitieron la historia a hijos y nietos, y los detalles de lo que sucedió permanecieron en la memoria durante muchos años, hasta que decidieron contarla a los “blancos”. Sin embargo las cosas habían sucedido de otra manera y había una trama muy compleja que tenía que ver con un proceso genocida aún muy poco debatido. En Pozo del Tigre un chico encontró restos humanos algunos años después de la masacre, y esos restos fueron expuestos como piezas de museo en una escuela, naturalizando el genocidio. Es una de las escenas con las comienza el documental Octubre Pilagá, relatos sobre el silencio que estrenamos en el 2010.

– ¿Por qué los hechos fueron conocidos recién en 2005?

– El miedo de las víctimas y la discriminación que aún hoy sufren jugaron a favor del silencio. No sólo los sobrevivientes no se animaban a hablar, tampoco se animaban los “criollos” que habían presenciado la masacre. En el libro menciono unas cartas de octubre del 47, escritas por los franciscanos, que hablan de estos sucesos que sin embargo no denunciaron.

– ¿Por qué habla en el libro de “las víctimas como delincuentes”? ¿Qué sucedió con los culpables?

– Me refiero a los diarios de la época, que se hicieron eco de la información que hizo circular el Ministerio del Interior y la Gendarmería y hablaron de “ataques a la población blanca”, “asesinatos”, “saqueos”, “indígenas armados”, y así colaboraron con el encubrimiento del crimen. Tanto los periódicos como la documentación oficial justificaron la masacre del 47 recurriendo a la vieja historia del “malón indio”, estigmatizando a las víctimas y colaborando con el silencio que cubrió este hecho durante tantos años. La masacre no se investigó y los responsables, que van desde los comandantes del escuadrón hasta los Ministros de Guerra y Marina, y del Interior jamás dieron explicaciones y , lógicamente, nunca fueron juzgados.

Portico de entrada al Ingenio San Martin del Tabacal (Anónimo, gentileza de anticuario Ruben García)

– ¿En qué condiciones trabajaban los indígenas del Gran Chaco?

– Desde la presidencia de Julio A. Roca y aún antes, uno de los objetivos fundamentales de las campañas militares era el control de la mano de obra que se consideraba disponible en el Gran Chaco. Con este objetivo, a principios del siglo XX se crearon las reducciones estatales de Napalpí, Bartolomé de las Casas, Francisco Muñiz y también las religiosas como Laishí y Nueva Pompeya donde llegaron a trabajar, simultáneamente, hachando quebracho y cosechando algodón cerca de 10.000 personas cada año. Al mismo tiempo el Estado a través del Ministerio del Interior firmaba convenios con empresas azucareras como Ledesma, Tabacal o Las Palmas y les enviaba miles de trabajadores bajo vigilancia policial. El trabajo se pagaba en vales o fichas sólo canjeables en las proveedurías de los mismos establecimientos. Las mujeres y los chicos también trabajaban y la mortandad era muy alta debido a la explotación la mala alimentación y las enfermedades. En 1947 el Gran Chaco ya era una gran fábrica donde decenas de miles de personas eran explotadas de forma inhumana en beneficio del Estado y de las empresas privadas.

– ¿Cómo se gestó la masacre?

– Los documentos Reservados y Secretos, que pueden verse impresos en el libro, hablan de la intransigencia de los pilagá y utilizan el término “irreductibles” para referirse a su negativa a ser trasladados hacia las reducciones. Para mí ese es un elemento clave, es el momento en que la represión se gesta, como respuesta a la resistencia de los ancianos y los caciques a abandonar La Bomba y a trasladarse hasta el lugar destinado para el encierro.

– ¿Cuántos muertos hubo?

– En esa época la gente de las comunidades no estaba documentada, y no había censos, pero las fuentes de Gendarmería hablan de 7000 personas reunidas en La Bomba aquel 10 de octubre. Si había ametralladoras Colt, que disparaban 500 balas por minuto, es posible imaginar el desastre. Sin embargo es muy difícil saber cuántas personas murieron. Yo no me atrevo a dar cifras. Hay muchos desaparecidos, porque cuando los grupos escapaban, iban muriendo los heridos en el monte y no tenían como enterrarlos. También morían de sed y de hambre, hubo quema de cadáveres, y grupos que fueron exterminados por completo Fueron cientos pero es difícil determinar una cantidad con certeza.

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– ¿Cuál fue el accionar del gobierno de Perón ante la masacre?

– En esa época el Poder Ejecutivo, por ley, tenía la facultad de mover a la Gendarmería desde el Ministerio del Interior hacia el Ministerio de Guerra en circunstancias determinadas. Eso fue lo que sucedió en 1947. Tanto los escuadrones de Formosa, como un avión de la Fuerza Aérea actuaron bajo las órdenes de Humberto Sosa Molina, Ministro de Guerra y Marina, que informó sobre estos movimientos, mediante documentación reservada a Angel Borlenghi, Ministro del Interior.

Aarón Anchorena cazando yaguaretés en territorio pilagá, 1918 (AGN)

– ¿Cómo fue la experiencia con los pueblos originarios en la investigación?

– Los sobrevivientes que conocí estaban ansiosos por contar lo que les había pasado. Me decían que nadie se había interesado por escucharlos antes, y me recibieron muy cálidamente. Las filmaciones se hicieron en Pilagá y sin traducción simultánea, porque yo no quería interrumpirlos mientras hablaban. Así que no comprendí los detalles de lo que había pasado hasta que dos traductores vinieron de Formosa a trabajar a Buenos Aires. Ese fue un momento extraordinario, revelador pero también muy doloroso. La relación con algunos de ellos, sus hijos y nietos perdura hasta hoy, y nos vemos a menudo. Lamentablemente muchos fallecieron en estos últimos diez años. Uno de los momentos más lindos que pasamos juntos fue durante una de las proyecciones de la película cuando se colocó una gran pantalla sobre un camión en la ruta, en la entrada de Las Lomitas, y se acercaron más de 400 personas, entre familias pilagá, wichí y criollas de la zona. El momento más emotivo fue el hallazgo de una de los fosas comunes descubiertas durante la investigación que llevó al juicio por la masacre.

Artículo original, en Clarín.com

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