Legislativas 2013: entre las “horas finales”, el quórum propio y 2015

Tras las elecciones que terminaron de consagrar a Sergio Massa como el principal exponente del antikirchnerismo, tres puntos sobresalen a la hora de analizar estas elecciones de medio término que, ajustes post-PASO mediante, marcan algunos grises entre los dos extremos marcados por el oficialismo y la oposición. Entre decir que “el Frente para la Victoria es la mayor fuerza del país” y que “el kirchnerismo se está terminando” hay unos centímetros de diferencia. Estas propuestas fueron el hilo conductor de las interpretaciones que, tirando para un lado o para el otro, los medios de comunicación le aplicaron a los datos del escrutinio, a pesar de que, creemos, es en aquellos centímetros donde se juega lo más interesante.

1. Los números, las PASO y la distancia con 2009

En 2009, cuando Francisco De Narváez derrotó a Néstor Kirchner en aquellas legislativas, el ex presidente había sacado un 31.9 por ciento. Ahora, Martín Insaurralde, un ignoto intendente del conurbano, se quedó con un 32.18 por ciento. Si bien las PASO habían anticipado esta tendencia, los datos que resaltan aquí son dos: por un lado, el triunfo de Massa se debe a que ganó en donde hay que ganar, la Provincia de Buenos Aires. Ahí sí hay algo del orden de lo “aplastante”. Pero por el otro, la relatividad de tal triunfo si se mira el tablero desde más arriba.

Por eso la pregunta que el Frente para la Victoria debe hacerse es si realmente hizo una mala elección. Hace poco, Horacio Verbitsky decía que en las PASO, el oficialismo había hecho una buena elección, pero no se había dado cuenta. ¿Por qué? Martín Insaurralde es un candidato de segunda línea dentro del kirchnerismo, un intento cristinista por darle una lavada de cara a su partido con una figura joven, con una historia épica y sin casos de corrupción conocidos. Entonces, el dato a tener en cuenta es este: un candidato ignoto sacó más votos que Néstor Kirchner, el mismísimo fundador del llamado kirchnerismo.

Ahora bien, los medios oficialistas tironeaban para el lado de que el kirchnerismo sigue siendo la “primera fuerza nacional”. Pero lo que no decían es que poco importa ese dato en una legislativa si se pierde en la Provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y demás distritos clave. Los medios opositores, por el contrario, resaltaban excluyentemente los resultados de la Provincia, sin mencionar cómo quedaba configurado el nuevo congreso y omitiendo un dato clave: el kirchnerismo sigue teniendo quórum propio en ambas cámaras. Ajustado, pero quórum al fin.

2. El “nuevo” Congreso

En Diputados (cámara que renovaba bancas en todo el país), el kirchnerismo consiguió 131 escaños. La línea de corte del quórum se encuentra en 129, por lo que tiene dos legisladores por encima de ella. En el Senado, tras la elección, perdió al único representante por la Ciudad de Buenos Aires (cedido a Pino Solanas), pero quedó con 40 legisladores que conforman un bloque de kirchneristas más aliados.

¿Cómo es, entonces, que aún perdiendo el kirchnerismo consigue mantener el control en ambas cámaras? La clave está en que la elección que “defendía” el oficialismo en estos comicios era la de 2009. En tanto esa fue una elección con resultados adversos en aquel año para las bancadas K, no era demasiado lo que ponía en juego ahora en 2013. Distinto será en 2015, donde el 54 por ciento que la Presidenta consiguió sí arrastró a una cantidad de legisladores mayor, y se verán en tela de juicio aquellas bancas secundadas por Aníbal Fernández en el Senado y Julián Domínguez en la cámara baja.

La pregunta es: ¿qué importa más, entonces? ¿Haber perdido la elección en el campo de la madre de todas las batallas, la complicada Provincia de Buenos Aires, o mantener el quórum propio en ambas cámaras? Si de gobernabilidad se trata, quizás esto segundo sea más relevante. Si pronosticar las horas finales del kirchnerismo es, en cambio, lo que se quiere hacer, seguramente lo primero sea más importante. Cada facción llevó, ayer, agua para su molino.

3. Dos mil quince

Las elecciones de medio término son vistas por la mayoría de los políticos de gran exposición como un trampolín a las presidenciales. En este marco, Mauricio Macri lanzó su candidatura, Massa prefirió ser más cauto, y algunos gobernadores  tiraron algunas señales.

El desafío del jefe de Gobierno porteño será, sin dudas, conformar un armado que exceda el discurso que sienta bien en terrenos capitalinos, pero no tiene cabida a nivel nacional. Difícil parece ser que su primo tenga aparato para armar que exceda la zona norte del conurbano. Y más difícil parece ser pensar en un acuerdo con Massa, porque lo (por ahora) inimaginable sería que uno de los dos no quisiera ser la cara visible.

Por el lado del kirchnerismo, mucho se habló de una modificación de la constitución nacional para permitir un tercer mandato. Pero esto fue más una expresión de deseo de algún dirigente trasnochado y con la lengua suelta (dirigent“a”, para ser más justos y precisos) que desde el funcionariado de primera línea nunca se llegó a mencionar. Las aspiraciones a una re-re fueron, más que nada una atribución que cierto sector de la oposición le asignó al kirchnerismo que, lento y perezoso, nunca se encargó de desmentir en primera persona (y le jugó muy en contra).

Enterrado este sueño, los nombres que suenan son poco conocidos para la sociedad en general, pero firmes caudillos para la interna peronista. Cierto es que el kirchnerismo se ha quedado sin nombres: Capitanich en Chaco. Urribarri en Entre Ríos (quien cuenta con el apoyo de Zanini, pero sólo lo conoce el 7% de la población). Urtubey en Salta: con apenas 44 años, suena fuerte y todavía puede ir por otro mandato en su provincia, también es muy poco conocido. No menos cierto es que en dos años un candidato se construye. Pero para eso tendrá el kirchnerismo que trabajar, y mucho (y no hacer la plancha como hizo desde 2011 par acá, dejándole el terreno a su ex jefe de Gabinete e intendente de Tigre que supo capitalizar ese margen).

Y Scioli. Fue, es y será una gran incógnita. ¿A favor? Siempre cae bien parado. Demostró que puede gobernar sin caja. Que puede hablar sin decir absolutamente nada.

Y en contra, no cuenta con el apoyo del núcleo duro del kirchnerismo, que lo resiste, lo mira con recelo y con la paciencia agotada.

 

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El malestar del periodismo

Cuando la ropa que usa un mandatario copa medios gráficos, audiovisuales y cibernéticos, y todo eso se etiqueta bajo la categoría de “política” o “el país” algo anda mal. Muy mal. La amplia cobertura mediática de las calzas que usó la Presidenta en un acto en Ezeiza da cuenta de un fenómeno que diagnosticó Juan José Sebreli el año pasado, con el título de un libro eminentemente freudiano: “El malestar de la política”. La radiografía, llamada a mostrar el nervio de la dirigencia contemporánea, puede calcarse para el periodismo, constituyendo, así, un “malestar del periodismo”.

Como todo diagnóstico, dicha afección se hace visible a través de síntomas. Síntomas de los cuales el episodio citado conforma sólo su máxima cristalización. No hace falta llegar a las calzas para divisar esta cuestión, aunque ello constituya el paradigma de lo que estamos tratando de explicitar.

Las secciones de política de los medios, en la actualidad, se mueven en un declaracionismo preocupante, un juego de trascendidos, un uso más que imprudente del off the record, y un conjunto de excepciones que se transforman en regla sin ningún tipo de pudor. Las columnas radiales se mueven en torno a qué dijo A, qué respondió B y qué interpretó C. Los semanarios de noticias parecen haber abandonado las investigaciones, para cruzar acusaciones cuasi infantiles de un grupo económico a otro.

Ahora bien, el problema no es el juego dialéctico (propio del ejercicio político deudor de la retórica grecorromana) que allí se fomenta, sino el modo en el que se enfatizan y se subrayan estas discusiones. Que un senador le dijo “atorrante” a un empresario opositor, que una diputada fue escotada a asumir su banca, que un ministro está en primera fila y con bonete, que un Presidente se aloje en una habitación ostentosa en una gira mundial…

¿Es todo eso lo que realmente constituye una sección de “política”? ¿O la política pasa por dar cuenta que el director de una empresa estatal no pueda explicar por qué no presenta balances (por poner solo un ejemplo?) ¿No son esas las cuestiones que hacen a la política económica y a la columna vertebral de un país?

Todo indicaría que no. Estamos ante el Zeitgeist del detalle (y de títulos con interjecciones revolucionarias)

Si a todo esto le sumamos que a los periodistas les encanta hablar sobre si un intendente del conurbano “juega o no juega”, y más aún, se regodean en deslizar que cuentan con información que otros no (cuando el único mérito que aquello tiene es tener un contacto –en el más inocente de los casos-), el diagnóstico parece ser bastante más preocupante que un “malestar” (con algunas excepciones: hay trabajos periodísticos actuales que intentan escapar a esta lógica del detalle).

Como sea, este fenómeno parece responder a un clima de época periodístico en el cual el “detalle”, como decíamos, es más importante que el fondo de la cuestión. Esta concepción no constituye sino los efectos de una cobertura mediática que se dedica a la “política” de un modo bastante particular. Un modo que reproduce la (ya burda) sociedad del espectáculo que conformamos día a día. Con los medios que consumimos, fomentamos y, de cierto lado del mostrador, construimos (mea culpa, nobleza obliga).

Se hace necesario, a esta altura de la argumentación, tener en cuenta la otra cara de este diagnóstico: quizás sea la actividad política misma, la casta dirigencial, la que esté estimulando este tipo de construcciones sociopolíticas (tesis, a grandes rasgos, de Sebreli en su libro). Quizás desde arriba no haya una forma de construir que estimule a que el periodismo se mueva en torno a discusiones más maduras, aunque resulte difícil creer que los medios de comunicación se interesaran en otro tipo de mercancías.

Y es aquí donde podemos pensar que esta concepción que utiliza Sebreli de “El malestar de la política” (deudora sin dudas de Habermas y su “Transformación estructural de la esfera pública”) es una herramienta que tiene un valor muy grande para pensar esta afección social, sin importar para qué ni para quién sea la publicación citada (siendo conscientes, sobre todo, “contra” quién escribe Sebreli, -el kirchnerismo, en particular, y los movimientos populistas, en general-).

Este malestar expresa, como se puede inferir de la lectura de Sebreli, el nivel de inmadurez que la dirigencia política argentina manifiesta (tesis plausible de ser discutida, que no estamos tratando en profundidad aquí –y que su mención no implica inmediata adhesión, sino el disparador de una herramienta analítica-).

Quizás el periodismo argentino debería empezar a entender que cuando le demanda a la dirigencia política un grado más elevado de madurez, antes tenga que mirar para adentro y ver qué tipo de noticias está estimulando en sus redacciones, estudios radiales y televisivos.

Mientras el Zeitgeist del detalle prevalezca, las calzas seguirán siendo cuestión de Estado. En cuyo caso, deberíamos dejar de llamar a esas secciones de las primeras páginas de los diarios “política”.

Porque todo eso no es la política.

 

El kirchnerismo también es moral

Hace una semana, Sofía Mercader (FFyL-UBA) publicó un interesante artículo intitulado “Cultura popular y elitismo en tiempos kirchneristas” en el sitio Bastión Digital. La nota deja una serie de conceptos interesantes, y maneja un argumento que, quizás, por el exceso del consumo lanático-carriótico al que (queriendo o no) nos sometemos, no parece tenerse tanto en cuenta en la esfera pública mediática: el kirchnerismo también es moral. No exclusivamente, pero lo es.

No es objeto de este post discutir cuáles son las implicancias de confundir a la política con la moral (este ejemplo de Bruno Bimbi “bastaría” para una pequeña aproximación a este problema). Sí lo es marcar ciertos contrapuntos que surgieron a partir de un intercambio con Sofía, cuyo artículo me parece más que relevante para entender por qué el kirchnerismo se sirve de un discurso moralizante que pregna política, cultura y  economía, constituyendo dos caras de una misma moneda moral.

Civilización, barbarie

El primer punto que señala es nodal para entender que la política argentina (nunca fuera de la lógica occidental) se forja dentro de un molde maniqueo. El binomio “civilización-barbarie” ha regido las disputas culturales desde que el diagnóstico sarmientino partió a la historia argentina en dos.

Es cierto que su semántica reconfigura las disputas actuales que circulan en la esfera pública, bajo otros ropajes. La barbarie que Sarmiento veía en su principal contrincante político, Juan Manuel de Rosas, abraza perfectamente el modelo de lo nacional en contra de lo extranjerizante.  El problema del artículo es que pega muy de cerca a la barbarie a “lo popular”, y me atrevería a discutir esa tesis que, quizás inintencionalmente, a la autora se le pueda haber escapado. De lo que no hay dudas es de que, en última instancia, entre Sarmiento y Rosas, el Gobierno opta por el ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Habría que separar esto de la barbarie, ya que el mismo Sarmiento veía en Rosas una capacidad sintética de la barbarie diseminada por todo el Virreinato del Río de la Plata.

Pueblo

La polisemia del concepto también tiene una tradición en el pensamiento argentino (bastaría pensar en “Las multitudes argentinas” de Ramos Mejía), que carga con una complejidad semántica densa por donde se la mire.

Pero yendo al artículo, no parece ser relevante, a la hora de pensar en “lo popular”, si quien gobierna proviene de ese campo o no, a la hora de pensar en medidas populares de gobernabilidad. Sabido es que casi todos llegaron con los bolsillos llenos al sillón de Rivadavia, quizás por aquel viejo axioma que sostiene que para estar en política hay que tener dinero. Sí importaría, si nos vamos a poner el traje de la moral que tan bien encaja en el sintagma “nacional y popular”, que las medidas que se tomen respondan a intereses populares, en detrimento de las ambiciones elitistas.

Clases medias

La clave de todo el artículo está acá: “El kirchnerismo es la clase media que adopta la simbología de lo popular, o más bien, adopta cierta moral de lo popular. Para la clase media kirchnerista lo popular está bien, se trata de una cuestión ideológica, pero también moral”.

Es, sin dudas, la razón por la cual el kirchnerismo pega tanto como discurso en la clase media. Por adhesión o rechazo, lo hace: interpela.

El kirchnerismo maneja bastante bien la base de la teoría de conjuntos: hay un conjunto A, ecarnado por el Gobierno, que defiende los intereses populares y eso, per se, es “bueno”. Y ya sabemos quiénes son los malos.

La particularidad que agregaría es que tales conjuntos no están del todo diferenciados. Y un ejemplo aclara esto: a la hora de declarar por algún caso de corrupción, Aníbal Fernández no duda en decir que confía en que la Justicia resolverá acabadamente tales planteos (en cuyo caso, ella estaría en el conjunto A). Pero si de reformas judiciales se trata, ya no podemos hablar de “Justicia”: tenemos una corporación que encubre los oscuros intereses de los poderosos, y que ha de ser democratizada, porque así como está es “mala”, y tiene que ser popular, y por lo tanto “buena”.

Década

Aquí es donde más nos permitiremos disentir: la simbología de Cristina Kirchner, atravesada por sus vestimentas, marcas y zapatos caros, no constituyen el centro de la cuestión. Sí, es cierto, un primer mandatario usa primeras marcas pero, ¿qué esperaban?

Si de expresar los aspectos antipopulares que este Gobierno, digamos que “muy a su pesar”, presenta, el foco debe estar puesto en otro lugar. Los sucesivos ataques a los Qom, las desapariciones como la de Luciano Arruga, la ley antiterrorista, el Proyecto X de Nilda Garré, las limitaciones a las cautelares (recurso que proteje al más débil) de la frustrada reforma judicial… son sólo alguno de los casos.

Ese es el cogollo de la cuestión. El resto (carteras, zapatos y sombreros), son hojas y tallos. 

Conclusión

Insisto en que el logro de Sofía pasa por ver el núcleo de la cuestión: a la clase media el krichnerismo le sienta bien. A los adherentes, porque encuentran una tranquilidad. La de defender lo popular, sin que haga falta entender del todo bien qué significantes se engloban bajo este término. Simplemente, lo popular es lo que está bien.

Y a los anti kirchneristas de la clase media, porque tienen con qué indignarse.

En ambos casos, está presente la moral.

Podemos interpretar que lejos está todo esto de querer decir que kirchnerismo y lanatismo son lo mismo. Hay diferencias en sus manifestaciones político-culturales. Pero en cuanto al uso político de la moral, parecen ser, más bien, no tan distintos.

Decía Nietzsche: “¿Se alza propiamente aquí un ideal, o se lo abate?”, se me preguntará acaso… Pero ¿os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto ‘dios’ tuvo que ser sacrificado cada vez? Para poder levantar un santuario hay que derruir un santuario: ésta es la ley” (Genealogía de la Moral, Tratado Segundo, apartado 24)

Eso. Santuarios.

No se trata de cambiarle el collar al perro. La lógica binaria sólo reproduce un lugarcomunismo que se torna insoportable, y al que invita a destrabar, aparentemente, la conclusión del artículo citado.

¿Se podrán derrumbar esos santuarios?

PASO 2013: Descomposición, reconstitución, crisis

Se fueron las PASO legislativas, correspondientes a 2013, y hay muchos análisis políticos dando vueltas. Estos manejan como principales hipótesis un binomio que va pendulando: o bien el kirchnerismo está en vías de una inclaudicable descomposición cuya fecha de vencimiento es 2015, o bien las Primarias fueron un termómetro para el trabajo conjunto de las fuerzas oficiales de cara a octubre.

Los datos están ahí, a la vista de todos. Lo que hacen los medios, periodistas, operadores -constructores de prismas interpretativos, digamos y, siendo menos nietzscheanos que Nietzsche, “realidades”- y “especialistas” es brindar los elementos que nos permitan ver qué pasó, pero más aún, qué va a pasar en el país.

A grandes rasgos, como mencionábamos que esto circula bajo una estructura pendular, las posiciones se pueden resumir bajo estos dos grandes argumentos. Hay una matriz de pensamiento que sostiene un “duro revés”, que le quita las chances re-reeleccionistas a la Presidenta en 2015. Esta postura encarna, se podría decir, el slogan que utilizó Francisco de Narváez: el límite (más allá de la pobre elección denarvaísta). “Lo ponés vos”, en las urnas. Y eso es lo que pasó. La victoria del intendente de Tigre -al cual le aplica plenamente la ley del ex- fue un límite al Gobierno. Esta estructura discursiva pegó mucho en el último tiempo, y los resultados se tradujeron en una paliza, no por los números de Massa, sino porque en los distritos clave el kirchnerismo perdió como en 2009.

La otra matriz que circula en la esfera pública es aquella que apunta a una elección no tan mala, si se piensa que un candidato totalmente desconocido para el país sacó casi un 30 por ciento del padrón. Quienes se apoyan en esta premisa, la refuerzan el concepto de que el FPV es la primera fuerza nacional, dejando de lado el dato de los distritos de mayor peso electoral. Pero inmediatamente enfatizan el repliegue de la estrategia de cara a octubre para revertir la situación, y no dejan de advertir la adversidad de un escenario que parece bastante complicado.

Lejos de querer hacer una síntesis que supere ambas posturas, nadie sabe bien qué va a pasar. Sobran contraejemplos para tirar por tierra la primera posición: la aplastante derrota del oficialismo en 2009 ante Francisco de Narváez posicionaba al kirchnerismo cayendo de un precipicio más abisal que el desfiladero de Springfield. Sin embargo, nadie esperaba que aterrizara con un 54% del padrón, dos años después, en las presidenciales. Y a la segunda postura se le podría contestar que es muy complicado que algo cambie entre agosto y octubre.

Aclarar quién sostiene qué posición sería una obviedad que, además, haría perder el foco de la cuestión. Lo nodal parecería ser tratar de entender por qué, el peronismo, sigue siendo todavía un fenómeno tan incomprensible, contradictorio, sorprendente y absolutamente impredecible.

Dos conclusiones pueden sacarse, a mi modestísimo entender, respecto de este panorama.

Sí puede divisarse que, de darse unas nacionales como las PASO, más allá de las bancas en juego que tiene el kirchnerismo, queda conformada la idea de una alternativa al Gobierno nacional que, en el plano legislativo, puede traducirse en alianzas que compliquen las leyes impusladas por el oficialismo. Si a esto le sumamos que los medios no son neutrales y ejercen presiones, puede empezar a ponerse tensa la cuestión (y si no, vean esta genial investigación de @queruzo).

Y allí sí, puede ser que aplique la definición gramsciana de “crisis”: lo viejo no terminó de morir, lo nuevo está comenzando a nacer.

Pero lo que sí es imposible de saber, hoy, año 2013, es si esa crisis será terminal y desembocará en una descomposición del kirchnerismo en 2015, o en una reconstitución como la de 2009.

Crisis.

Peronismo, que le dicen.

Eso también es la “República”

Una cuestión muy presente el debate que se presenta a través de los medios de comunicación, es la disputa por la “República”.

Esta se encuentra en el discuro opositor al Gobierno, principalmente, siendo objeto ella de de las más cruentas torturas y vejaciones por parte del poder de turno (aunque también está presente en el discurso oficial, bajo otros ropajes).

Es difícil ver a qué se está refiriendo cada actor social cuando habla de República. La palabra está hoy vacía de sentido: ¿Hablan de la división de poderes? ¿Hablan de un conjunto de instituciones hilvanadas por -el siempre sujeto a interpretación- finísimo hilo de la ley? ¿Hablan de la Constitución? ¿O hablan de algo más fundantemente originario -como sinónimo de  “Patria-?

El ejercicio para ensayar una respuesta no es simple. Y esta complejidad no viene dada por la cantidad de constructos teóricos en juego en los discursos que circulan en la esfera pública: tiene que ver con una aparente falta de conocimiento propia de los actores en juego de lo que la república, más o menos, es.

Sin embargo, podemos arriesgar una respuesta. Hay un sentido bastante más lato que cualquier otra teoría del Estado, que tiene que ver con el significado mismo de la palabra “República”. Un poco de marianogrondonismo nunca viene mal: es “la cosa pública” (res = cosa / publica = lo común), el cuidado, interés o administración de las cosas públicas. Así como la política era para los griegos la discusión de la vida en comunidad, de la vida en la pólis, la República entraña cierto cuidado y/o discusión por las cosas que a todos lo competen. No es muy distinto, en este sentido.

Esta característica de la República recubre (o debería recubrir) de cierta sacralidad a lo público: cualquier violación a la República implica una violación a la comunidad toda y, como tal, a cada uno de los ciudadanos.

Si trasladamos esto a la coyuntura, podemos ver que es esta la idea que subyace a los actos de corrupción: se utilizan los intereses de todos en favor de intereses privados. Sin embargo, y si bien es cierto que en la República el grado de responsabilidad más alto probablemente lo tengan los funcionarios públicos, hay un detalle no menor que se pasa por alto: todos son parte de ella.

Desde el ámbito privado, es claro que también se puede privilegiar el interés propio por sobre el colectivo, afectando seriamente al conjunto. Pero sea porque lo privado ha tenido mejor prensa que lo público, o por la verosímil concepción de que en el fuero propio todo queda sujeto a uno mismo, este tipo de acciones nunca se ponen en cuestión.

Un ejemplo suele aclararlo todo, decía Perón que decía Napoleón: si un periodista tiene información para presentar ante la Justicia por un caso de corrupción que afecta a la comunidad, debería presentarla toda de una vez y no guardar parte de ella “para su próximo programa”. Allí se estaría privilegiando un interés privado (rating), por sobre uno público (el acceso a “la verdad”). Es cierto que la investigación del periodista se hizo con fondos privados, no públicos. Y que allí hay un argumento que traba la analogía. Pero esta se mantiene si, pensando un poco en el “bienestar general”, examinamos cuáles son los efectos que sobre la sociedad se genera esta retención de información.

Y así podrían pensarse varios ejemplos más, atravesados por esta lógica público/privado. No hay dudas de que lo deseable sería que los funcionarios públicos no antepusieran sus intereses privados por delante de los de sus representados. Pero también hay que tener en cuenta que a la comunidad la hacen todos los sectores de la sociedad, y que si cada facción va a arrogarse aires republicanos para construir su discurso, debería tener en cuenta que muchas veces cae en lo que su propia voz critica.

No sólo la casta de funcionarios públicos tiene el deber de cuidar “lo común”. La tentación de priorizar lo privado por sobre lo colectivo está al alcance de otros sectores sociales que no sólo incumplen el mandato que pregonan, sino que además se erigen como “guardianes de La República”.

Eso, todo eso, también es la República.

Suspender el juicio

El escepticismo antiguo tenía una particular forma de ver las cosas: cuando tenía que opinar, se abstenía. Es decir, no opinaba. No negaba ni afirmaba. Dicho de un modo más prolijo, “suspendía el juicio” (entendiendo por juicio una oración que afirma o niega algo).

Esta posición tuvo vaivenes históricos, idas y vueltas que la hicieron muy popular, o muy rechazada. Y una de sus principales críticas podría pensarse en términos de lo que hoy se llama un “tibio”, un pecho frío. Esto es, alguien que “no se la juega” a la hora de dar una opinión, emitir una sentencia respecto de algo que es discutido públicamente. En el ágora.

Lejos estamos de querer entrar en una exhaustiva discusión filosófica. ¿Por qué toda esta introducción, que además de ser escueta peca de reduccionista? Porque hay una pregunta bastante simple que se impone en estos días, raramente formulada en los medios de comunicación: ¿cómo puede ser que todos tengan un juicio formado sobre todo? Dicho más llanamente, guiñando la interpelación: ¿por qué hay que tener una opinión sobre todo?

Por supuesto, al hablar de “todos” y “todo” estamos siendo injustos, en tanto ambos conjuntos son un tanto amplios como para reducirlos y tenerlos en la palma de la mano. De hecho, si nos estamos refiriendo al microclima de Internet, deberíamos explicitarlo. Quizás a esa porción de la realidad nos estemos refiriendo, solamente. Hecha esta aclaración, basta navegar un poco las páginas web de los diarios o pasarse un rato por las redes sociales, para ver que efectivamente esto sucede.

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