Nadia Murad fue esclava sexual de ISIS y se escapó: “Aún hay cientos de mujeres y chicos cautivos”

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─¿Te vas a convertir al islam? Si lo hacés, podés quedarte.

Ella negó con la cabeza.

─OK. Entonces subí al colectivo con todas las demás.

Nadia Murad Basee Taha terminaba de sellar su destino: pasaría a ser otra sabaya, una esclava sexual de ISIS, el grupo terrorista autodenominado “Estado Islámico”.

Sólo le faltaba conocer a su “dueño”. Había tenido la última oportunidad antes de subir a ese micro, pero sus principios eran más fuertes: nunca renunciaría a ser yazidí.

Los yazidíes son una de las minorías no musulmanas que peor la han pasado en la zona de Irak y Siria donde opera ISIS.

Han sido perseguidos históricamente y, durante los últimos años, masacrados. ISIS no les perdona que crean en la reencarnación, que tengan tradición oral (sin un libro sagrado) o que adoren a Melek Taus, el “Ángel Pavo Real”, la deidad central de su fe.

Melek Taus, o

Melek Taus. (Wikimedia Commons)

 

El 3 agosto de 2014, durante las primeras horas de la mañana, los sueños de Nadia se empezaron a resquebrajar. ISIS había llegado para asesinar a toda su familia en Kocho, su aldea natal. Y a los 19 años ella pasaría de mano en mano de terroristas, como una mercancía.

Desde que se negó a abandonar su identidad yazidí, el cuerpo de Nadia tuvo precio. Y nunca más de 20 dólares.

La primera vez que vio a un soldado del “Estado Islámico” fue a 6 días de la ocupación. Se había quedado sin agua y sin harina, y salió a escondidas. Tenía miedo hasta de su propia sombra.Entró en lo de un vecino, tomó lo que necesitaba y se fue.

Mientras volvía escuchó a 2 militantes de ISIS que hablaban de destrucción total, fusilamiento de todos los hombres y esclavización sexual de todas las mujeres, esas “sucias infieles”.

Detrás y desde la izquierda: su cuñada Jilan, su cuñada Mona, su madre, su sobrina Baso y su hermana Adkee. Delante, Nadia con sus sobrinas Maisa, Kathrine y Nazo, en su casa de Kocho, en 2014. (Gentileza Mondadori)

2014: Nadia y las mujeres de su familia, en Kocho. (Gentileza Penguin Random House)

 

Querían borrar a los yazidíes del mapa con conversiones forzadas, violaciones y asesinatos.

Tenían una serie de fetuas propias (decretos religiosos que en este caso, según especialistas musulmanes, no tenían nada de islámicos) y se permitía violar sistemáticamente a las yazidíesHasta tenían un manual para someterlas.

​En 2014 Naciones Unidas registró 5.000 asesinatos de hombres yazidíes en el norte de Irak.

Nadia, la menor de 11 hermanos, fue capturada, traficada, humillada, quemada con cigarrillos y torturada durante 2 años.

Logró escapar cuando su captor se olvidó una puerta abierta. Y hoy cuenta su historia en Yo seré la última (Mondadori, 368 páginas, 439 pesos), un libro recientemente editado en la Argentina.

Nadia, en Naciones Unidas. (Reuters)

Nadia, en Naciones Unidas. (Reuters)

 

Ahora vive como refugiada en Alemania, desde donde lleva adelante un reclamo por justicia junto a Amal Ramzi Clooney, la abogada especialista en derechos humanos que defendió a Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y además está casada con el actor George Clooney.

Amal logró, luego de muchas frustraciones, una resolución histórica del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que crea un equipo de investigación para recabar pruebas de los crímenes cometidos por ISIS.

Y Nadia continúa su lucha para que los hombres que la secuestraron y mataron a su familia enfrenten un juicio. Este es el diálogo que mantuvo con Clarín vía correo electrónico.

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La historia del diario perdido de Alfred Rosenberg, uno de los hombres que forjó el odio racial del nazismo

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El jerarca nazi Alfred Rosenberg tenía un objetivo claro durante el Tercer Reich. Lideraba una fuerza de choque que robaba todas las obras de arte de los judíos que eran enviados a campos de concentración. Su plan era juntar objetos para un museo que construiría más adelante sobre lo que él catalogaba como una “futura raza extinta”. El botín que recolectó fue equivalente a 1.418.000 vagones de tren.

A partir de la primavera de 1941, luego de la entrada de la Unión Soviética en Europa, este autodenominado “ideólogo del nazismo” comenzaría a centrarse en otro tipo de aniquilación. No ya sólo de libros, esculturas y música.

El exterminio sería de personas.

Rosenberg, quien también fue Ministro del Reich para los Territorios ocupados del Este, fue sentenciado a muerte en los tribunales de Núremberg. En octubre de 1946 fue colgado en la horca.

Pero no se llevó sus secretos a la tumba: además de haber publicado en 1930 El mito del siglo XX, donde desplegaba todo su odio racial contra los judíos, dejó atrás un diario personal de 500 páginas. Una serie de anotaciones que tenían una particularidad: nunca debían ser publicadas, a diferencia de otros libros escritos por jerarcas nazis como Mi Lucha de Adolf Hitler.

Por esto, la crudeza del texto en contra de los judíos es perturbadora en su diario.

Como varios manuscritos y objetos del nazismo, su diario permaneció escondido. El texto fue ocultado por los nazis en un castillo en Banz, Baviera, y sería una importante prueba documental del odio hacia el bolchevismo, los comunistas y los judíos.

Rosenberg (a la izquierda) y Hitler en Múnich durante el intento de golpe de Estado del Bürgerbräukeller en noviembre de 1923 (Keystone/Getty Images).

Rosenberg (a la izquierda) y Hitler en Múnich durante el intento de golpe de Estado del Bürgerbräukeller en noviembre de 1923 (Keystone/Getty Images).

El diario personal de Rosenberg, evidencia clave de los Juicios de Núremberg para revelar los planes sistemáticos del exterminio nazi, fue robado por un abogado alemán judío, Robert W. Kempner, quien, luego de ser un fiscal clave en Núremberg, creyó que podía apropiarse del documento para publicarlo en un libro posterior.

Kempner murió en 1993. Años más tarde, el Museo del Holocausto de Estados Unidos lo buscó por toda su casa, pero nunca lo encontró.

A partir de entonces se presume que el texto pasó en manos de coleccionistas clandestinos de objetos nazis. Hasta que en 2015 el investigador (y fundador) de la rama de robos de obras de arte del FBI Robert Wittman dio con el documento y lo publicó en El diario del diablo (Editorial Aguilar, 664 páginas, 569 pesos), en coautoría con el periodista David Kinney (New York Times y Washington Post). El libro se había publicado en ebook a mediados del año pasado, pero recién este mes salió en papel en Argentina.

En diálogo con Clarín, Wittman cuenta los detalles de la búsqueda del documento, e intenta así desentrañar a una de las mentalidades clave del Tercer Reich.

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Frédéric Martel: “En la guerra mundial cultural, Argentina puede influir con su ‘poder blando'”

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Frédéric Martel:

Cuando estaba hablando con un productor de una película india en Mumbai, hace unos años, el sociólogo francés Frédéric Martel tuvo que parar porque un chimpancé los interrumpió y casi apaga el grabador. Acostumbrado a pasar tiempo fuera de su país para investigar, siguió adelante: sabía que para entender la “guerra mundial cultural” tenía que hablar con Hollywood, pero también con la industria del cine india, Bollywood.

De visita en la Argentina, Martel sigue buscando respuestas a las preguntas que ya se hace desde tiempo: por qué los fenómenos masivos se convierten en masivos y cómo internet fue cambiando la forma de consumir los productos culturales.

Sucede que además de teorizar, Martel tiene una particularidad: es un apasionado entrevistador. Para Cultura Mainstream(2010), uno de sus principales libros, entrevistó a más de 1.200 personas, entre productores, directores ejecutivos y realizadores de empresas que hacen grandes películas comerciales (blockbusters) como DreamWorksUniversal Disney. Pero también como las cadenas saudíes Rotana y Al Jazeera o la industria cinematográfica india.

Frédéric Martel:
EscribiMartel, en un hotel de Palermo Viejo (Diego Waldmann)r una leyenda

Por esta razón viaja mucho. “Mi conclusión principal es que estamos ‘geolocalizados’, lo que significa que aunque seamos globales, estamos anclados a lugares territoriales y que a nivel cultural esa mezcla produce ‘industrias creativas’”, explica Martel, discípulo de Pierre Rosanvallon, uno de los historiadores franceses más influyentes de la actualidad.

Para él, la definición de “industrias culturales”, de la Escuela de Frankfurt (principios del siglo XX), ha quedado petrificada y por eso habla de “industrias creativas”. “Ya no se trata simplemente de productos culturales, se trata también de servicios. No sólo de cultura, sino también de contenidos y de formatos. No sólo de industrias, sino también de gobiernos”, explica en Cultura Mainstream.

Su relación con nuestro país es cercana: en Global Gay (2012) estudia la ampliación de los derechos homosexuales alrededor de 45 países, y Argentina es un jugador clave en ese escenario.

Este año, considera que otra vez Argentina es central para su próxima investigación. Y que puede tener más influencia a nivel mundial de lo que el propio país cree: el hecho de que el matrimonio igualitario se haya aprobado aquí antes que en su país, es un indicador de la influencia a través del “poder blando”, o soft power, un concepto central en sus trabajos.

Aquí, en diálogo con Clarín, un repaso por sus ideas, su optimismo crítico sobre internet, la relación de Europa con la cultura separatista y apenas algo sobre su próximo libro, del cual no le gusta adelantar mucho.

─¿Qué estás investigando actualmente?

─Ahora me estoy concentrando en cómo funcionan las recomendaciones online. Así como los soportes de streaming nos recomiendan música, películas y libros, ¿qué sucederá en un tiempo cuando queramos comprar un auto o una casa? El modo tradicional de las recomendaciones ya no funciona, esto ya lo sabemos.

─¿Cómo llamás a este fenómeno?

─Con un equipo de investigación hablamos de “curación inteligente” (smart curation). Publicamos un artículo y para explicarlo podemos tomar el “discovery weekly” de Spotify. Maneja tres filtros: el primero es lo que escuchaste la semana pasada. Sos vos, es personal, tu propia curación. El segundo es mainstream, es lo que todos en el mundo están escuchando. Y el tercero remite a los influencers: artistas, periodistas, bloggers, instagramers, dj’s. Y todo eso se combina con mucha ingeniería detrás, y es lo que ayuda a las recomendaciones.

Netflix dice que tiene 600 ingenieros trabajando en su algoritmo y trabaja con 78 mil géneros que funcionan conjuntamente en ese algoritmo.

Frédéric Martel

─¿Y por qué es relevante estudiar esto?

─Es relevante no sólo porque mejora la calidad de la recomendación, sino que sobre todo, cambia la forma de vínculo con la cultura: obliga al usuario a salir de su burbuja-filtro, y da más apertura y a la vez restricción. Todo esto es un proceso que no comprendemos del todo aún y puede seguir intensificándose a otras áreas, como estamos estudiando.

Frédéric Martel:
EscribiPara Martel, la cultura ya no se puede entender como mera “ideología”. (Diego Waldmann)r una leyenda

─¿Qué te trajo a Argentina?

─Una segunda parte de mi investigación, que tiene que ver con artistas jóvenes. Y Argentina es un lugar interesante para eso porque hay muchos. Sucede que la gente creativa tiene más lugar que antes a partir de un modelo económico que está cambiando mucho. Si tomás entre 2000 y 2015, tenemos más músicos y que hacen más dinero, aún con la desaparición de los medios físicos como el CD. Por supuesto, muchos perecen en el camino. Pero a la larga, internet no era malo para los músicos, porque tenemos un sistema de difusión mucho más simple de los contenidos.

─ ¿Cómo resumirías lo que planteaste en tus tres libros anteriores?

─Primero, traté de ver cómo la globalización, esto es, la internacionalización de los cambios, los productos y los servicios, se producen a más velocidad y cómo esto afecta a la cultura -eso fue Cultura Mainstream-. Segundo, cómo internet juega un rol importante en eso -eso fue Smart– y también cómo todo esto impactó en cambios de identidades y valores -cosa que traté en Global Gay con la cuestión gay como símbolo de debate de una identidad-.

Lo que me interesa no es internet, sino cómo internet revoluciona, indirectamente, el sector de las industrias creativas

Frédéric Martel

─Los conceptos de esos libros, ¿siguen funcionando?

─ Bueno, un investigador o un periodista trata de encontrar patrones, modelos o reglas, que existirán aunque el contexto vaya cambiando. Puede ser que Amazon sea más grande que hace unos años, que Alibaba haya crecido también más. Pero la pelea cultural entre China Estados Unidos o la dominación, o necesidad de regulación de los gigantes de internet, todavía se mantienen.

Frédéric Martel:
“Soft Power”, una de las ideas que Martel más usa. (Diego Waldmann)

─Uno de los más que más usás es el de “soft power” (poder blando). ¿Podrías explicarlo?

─ La idea principal, que está en Cultura Mainstream, es que el soft power se manifiesta no a través de lo principalmente económico, sino lo cultural: puede ser una película taquillera o un libro best seller. O una canción pegadiza. se usa para influir en los asuntos internacionales y “lavar” la imagen de los gobiernos. Pensando en grandes potencias como Estados Unidos, muchas veces es la influencia cultural y no su fuerza militar o industrial (el hard power) para expandir su dominancia: las películas, la música, los libros. Hay una guerra mundial cultural y es interesante porque el soft power es algo que opera y se puede explicar a través de Argentina y Francia.

─¿Por qué?

─Porque no somos jugadores clave en el juego de la globalización, ninguno de los dos países. No somos Estados Unidos, China o Rusia. Somos más chicos, tenemos una población más pequeña y es un desafío ser parte de la discusión global. Entonces el soft power es nuestra mejor herramienta para ser influyentes a nivel global, incluso sin tener el peso que tienen los grandes en la diplomacia o la economía mundial. Argentina puede influir en la guerra mundial cultural a través del soft power.

─Suena llamativo que Francia, la nación que “inventó” la libertad moderna, haya perdido ese rol mundial predominante.

─Sí, pero fijate que el matrimonio igualitario, que es una expansión de derechos, apareció en Argentina antes que Francia. Esto tiene que ver con que el centro y la periferia no están tan claros ahora. El país de los derechos humanos, el de la Revolución francesa, no ha sido el primero en adoptar algo que está fuertemente arraigado en la tradición de los derechos humanos, como el matrimonio igualitario. Por eso Argentina es un país interesante en cuanto al poder blando.

El ‘soft power’ es la atracción, y no la coerción, me explicó Joseph Nye, politólogo norteamericano, en su despacho.

Frédéric Martel

─La idea de un “poder blando”, ¿puede explicar los conflictos separatistas que atraviesa Europa con el ejemplo de Cataluña a la cabeza?

─Es difícil contestar porque soy francés y los franceses somos muy centralizados. Creemos en la lengua francesa, no en las locales. Es una tradición desde la Revolución francesa: los maestros de la Tercera República en adelante, entre 1875 y la Segunda Guerra, impartían un tipo de educación unificada conocido como el modelo francés.

─¿Cómo se puede pensar, entonces?

─Creo que sí se puede hablar de una “inseguridad cultural”. Tomemos el caso de Quebec, que es una comunidad francoparlante de Canadá. ¡Ellos son extremadamente franceses! De hecho, no entienden cómo los propios franceses no somos como ellos. Eso es porque la cultura francesa no está bajo amenaza en Francia. Podés hablar inglés, pero el francés se sigue hablando sin problemas.

Frédéric Martel:
“Hay una guerra mundial cultural”, dice Martel. (Diego Waldmann)

─Smart se publicó antes de la llegada de Trump al poder, en 2014. ¿Qué pensás del fenómeno?

─No quiero ser muy categórico sobre las noticias falsas. Pero sí diré que no es un fenómeno nuevo. Existió desde siempre. Para tomar un ejemplo local, durante la dictadura, aquí, cuando alguien era asesinado como el Monseñor Angelelli, era presentado en la prensa como un accidente automovilístico. Fue una noticia falsa del Gobierno. El tema es que en ese momento era mucho más difícil que aparecieran artículos diciendo la verdad. Creo que en el mundo de hoy tenemos noticias falsas, pero también tenemos herramientas para combatirlas.

─Vos tenés una visión optimista de la web. Sin embargo, el ideal de que internet es una herramienta democratizadora está puesto en cuestión por ciertos tipos de usos gubernamentales.

─Tengo un optimismo crítico. No ignoro que hay colegas muy preocupados por la privacidad, la NSA, los datos personales, la soberanía de los datos. De hecho fui uno de los primeros en hacer una petición para darle asilo político en Francia a Edward Snowden e hicimos una campaña. Y desearía que existiera un Snowden en medio oriente, en Venezuela y en tantos otros países para saber qué ocultan los gobiernos. Pero no creo que internet sea malo o bueno por sí mismo. Creo que es un fenómeno muy rico que aún no comprendemos del todo.

─Si tuvieses que periodizar la cultura digital, ¿dónde dirías que estamos?

─Recién ahora estamos entrando en el siglo digital, no estamos en el final ni en el medio, sino apenas en el comienzo. La revolución que estamos viviendo probablemente sea más importante que la Revolución Industrial: modifica todas las relaciones existentes.

Artículo original, en Clarín.com

Svetlana Allilúieva, la hija de Stalin que nunca pudo huir de la tragedia y del terror de su padre

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─Bueno, quizá no crea esto, pero soy la hija de Stalin.

Svetlana Iósifovna Allilúieva se presentó a las 7 de la tarde del 6 de marzo de 1967 en la embajada estadounidense en Nueva Delhi, India. Había ido a esparcir las cenizas de su marido indio y se la notaba calma: tenía muy en claro que no quería volver a la Unión Soviétca.

Quería desertar.

Una parte de su nombre indicaba “hija de Iósif”, que era como se llamaba Stalin, uno de los dictadores más grandes del siglo pasado. Así que Robert Rayle, el diplomático que recibía a los detractores, pensó que tal vez esa mujer no mentía. Pero también pensó que podía estar loca.

Si de verdad era la hija de Stalin, Rayle estaba frente a la realeza soviética. Y si encima era cierto que no quería regresar a su tierra, tenía enfrente un golpe durísimo para el orgullo enemigo. Y para Estados Unidos representaba una jugada letal en el tablero de la Guerra Fría.

Svetlana dejó atrás a sus 2 hijos y el 21 de abril de 1967 pisó suelo estadounidense. Se convirtió en la desertora más famosa del mundo.

Svetlana Allilúieva, la hija de Stalin que nunca pudo huir de la tragedia y del terror de su padre

Svetlana llega al aeropuerto JFK de Nueva York el 21 de abril de 1967. (Gentileza PRH)

 

Su vida fue un constante escape de la sombra de su padre. Criada en un Kremlin que la blindó de las hambrunas, las purgas y los gulags (campos de trabajo forzado rusos) rompió el silencio como escritora en los Estados Unidos con el texto Rusia, mi padre y yo.

Una sensación de abandono la acompañó toda la vida, desde cuando tenía 6 años y su madre se suicidó. Y de hecho perdió a todas las personas que amaba: 2 hermanos, tías y tíos y un novio al que Stalin mandó a Siberia. A pesar de que, hasta los 6 años, había tenido una tierna relación con su padre.

Svetlana Allilúieva, la hija de Stalin que nunca pudo huir de la tragedia y del terror de su padre

Svetlana y Stalin se mandaban cartas cuando ella era pequeña. (Gentileza PRH)

 

En Norteamérica siguió cosechando frustraciones, entre mudanzas constantes, malos matrimonios, nuevos exilios y una muerte en la pobreza.

La biógrafa canadiense Rosemary Sullivan tomó la historia trágica de Svetlana como símbolo: para demostrar el terror que Stalin desplegó sobre el pueblo soviético, incluyendo a su propia hija.

¿Cómo fue llevar semejante apellido? La autora, profesora emérita de la Universidad de Toronto, accedió a archivos de inteligencia tanto de la KGB como de la CIA, entre otros, para escribir La hija de Stalin (Debate, 544 páginas, 349 pesos). Y habló con Clarín sobre un libro que se publicó en 2015 y recién ahora se tradujo al español.

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100 años de la Revolución rusa: cómo impactó en la Argentina, de Borges a la clase obrera

Publicado en Clarín

100 años de la Revolución rusa: cómo impactó en la Argentina, de Borges a la clase obrera

“Yo deseo esta revolución con toda mi alma.”

Con esas palabras, desde Ginebra (Suiza) Jorge Luis Borges se expresó sobre uno de los hechos más significativos del siglo XX: la Revolución rusa.

El escritor argentino, para sorpresa de muchos, firmó 3 poemas sobre el proceso bolchevique: “Rusia”, “Gesta maximalista” y “Guardia roja”.

No es el único caso. Acá la revolución despertó “más adhesiones que rechazos en el ambiente cultural”, según explica la ensayista Beatriz Sarlo.

La toma del Palacio de Invierno fue, junto a la de la Bastilla en Francia en 1789, una de las revoluciones más influyentes del mundo. Tuvo gran impacto no sólo por lo novedoso sino también por sus ambiciones internacionalistas. Y Argentina, un faro de ideas en Sudamérica, recibió sus esquirlas.

Es cierto que la experiencia trabajadora nacional era previa a esa revolución. Ya desde 1860 había movimientos organizados. Aunque algo fragmentados, los obreros del campo, ferroviarios, panaderos, ebanistas y del calzado intuían lo que era la “conciencia de clase”: sabían que sus intereses iban por un lugar muy distinto al de sus patrones.

Se organizaron a través de distintas experiencias: primero las fraternidades, luego el anarquismo importado de Italia (con la Federación Obrera Regional Argentina -FORA- como máximo exponente), el socialismo encarnado a la argentina en Juan B. Justo, Alfredo Palacios, Mario Bravo y Nicolás Repetto, y más tarde llegó el “sindicalismo revolucionario”. Todas le debieron algo a la Revolución rusa.

Tiempos rojos (editorial Sudamericana, 336 páginas, 349 pesos), del historiador Hernán Camarero (UBA-Conicet), explora mediante libros y documentos el modo en que lo iniciado en Petrogrado gravitó en el gobierno de Hipólito Yrigoyen, la Iglesia, la política, los medios y, sobre todo, la cultura argentina.
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Democracia saludable: se quebró el récord de estabilidad institucional en la Argentina

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Democracia saludable: se quebró el récord de estabilidad institucional en la Argentina

Desde que la Argentina adoptó el voto universal obligatorio hace más de un siglo, sólo tuvo algo más de 13 años ininterrumpidos de democracia. Hasta ahora.

Todo arrancó con la llamada ley Sáenz Peña de 1912, que estableció el sufragio secreto y obligatorio masculino. Desde entonces, únicamente las 2 presidencias de Hipólito Yrigoyen más la de Marcelo Torcuato de Alvear, entre 1916 y 1930, llegaron a los 5.077 días sin cortes.

Esa cifra acaba de superarse: fue el 18 de abril de este año, cuando el país logró romper un récord y dejó atrás, por fin, un siglo de salidas anticipadas del poder.

El siglo XX estuvo lleno de intermitencias institucionales.

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Yrigoyen en su segunda presidencia, Ramón Castillo, Juan Domingo Perón en su reelección, Arturo Frondizi, Arturo Illia y María Estela Martínez de Perón fueron derrocados por golpes militares.

Roberto Marcelino Ortiz, José María Guido, Héctor Cámpora y Raúl Alfonsín no terminaron sus mandatos por diversas razones. Fernando de la Rúa enfrentó una de las crisis más importantes del país y en 2001 también dejó el sillón de Rivadavia de manera anticipada.

Democracia saludable: se quebró el récord de estabilidad institucional en la Argentina

Hipólito Yrigoyen, 2 veces presidente. Lo derrocó Uriburu. | Archivo General de la Nación

Néstor Kirchner inauguró en 2003 el período que rompió el récord de continuidad democrática en la Historia argentina: ya van 14 años de presidencias sin quiebres institucionales.

En total, hasta hoy, son 5.143 días seguidos. Y le tocó a Mauricio Macri estar al frente del país.

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Historia de la marihuana: de los pies del Himalaya a las manos de Manuel Belgrano

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Historia de la marihuana: de los pies del Himalaya a las manos de Manuel BelgranoLos tabúes que despierta la marihuana mantuvieron al “Señor X” en el anonimato durante 28 años. Había confesado, en un libro de historias cannábicas del psiquiatra Lester Grinspoon, su amor por la planta que “despierta la sensibilidad adormecida”. Recién en 1999, cuando ya habían pasado 3 años del cáncer terminal que lo fulminó, Grinspoon confesó la identidad de “X”: se trataba del astrofísico Carl Sagan, inmortalizado en la serie “Cosmos”.

La anécdota está contada en Marihuana (Editorial Planeta, 432 páginas, 439 pesos), del periodista Fernando Soriano, que repasa la relación entre el hombre y el cannabis en una historia social. Una reconstrucción que va desde aquellos primeros brotes a los pies del Himalaya a su uso como planta sagrada, pasando por los tempranos cultivos en la pampa húmeda que Manuel Belgranoquiso impulsar -y a los que les dedicó dos escritos-, hasta llegar a ser una sustancia prohibida que se consume por “criminales”.

Historia de la marihuana: de los pies del Himalaya a las manos de Manuel Belgrano

Carl Sagan, en 1990: ícono de la astronomía y la divulgación científica | AP

“Después de muchos años de trabajo maduré la idea de que existe un agujero negro sobre este tema: que gran parte de la sociedad (y eso incluye funcionarios del Estado, legisladores, policías y medios de comunicación) piensa desde una base de prejuicio y desinformación y también hipocresía”, cuenta Soriano a Clarín. Usuario de marihuana desde joven, apunta a los argumentos en contra: “No tienen demasiado sustento si los comparamos con el negocio del alcohol, el tabaco y los psicofármacos, las drogas permitidas y más consumidas”.

Lo que empezó como una inquietud, va en el libro mucho más allá. Hay un camino trazado que arranca con el registro de los primeros usos de la planta cannabis sativa durante el Neolítico (3500 a.C.), sigue con la semilla plantada durante la Revolución de Mayo con Belgrano, las discusiones por su legalización en la revista de los 80 El Porteño, la guerra en su contra de López Regaen 1973 copiada del expresidente de Estados Unidos Richard Nixon y la ley de cannabis medicinal aprobada a fines del último marzo. Y también está, claro, el porro que se fumaron Bob Dylan y los Beatles, que “cambió la cultura pop para siempre”.

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