El cristal de Cristina

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Pocas veces el Gobierno de Cristina Kirchner dio tantas señales de debilidad al mismo tiempo. Siempre inteligente, cauto y cuidadoso, el kirchnerismo supo demostrar a lo largo de esta década tener un excelente pulso para hacer eso que todos los gobiernos tienen que hacer en algún momento (aunque la oposición y el periodismo se rasguen las vestiduras): elegir oponentes, dar batallas y tejer estrategias para pulverizar al oponente.

Ahora, en cambio, el Gobierno se encuentra en un laberinto cuyas paredes, paradójicamente, fueron construidas por sí mismo. Entre los diagnósticos de finales prematuros que enuncian la oposición y el periodismo –fuertes expresiones de deseo- y la militancia ciega que antepone a la persona por sobre el proyecto político como dogma, hay ciertos grises. Grises que dejan ver una estrategia de gobernabilidad nueva dentro del kirchnerismo, eminentemente perjudicial para sus propios planes de gobernabilidad.

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Mitologías: La JP se formó desde abajo, La Cámpora desde arriba

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Cada vez que se pretende definir al peronismo, empiezan a gotear tramas interpretativas que quedan por fuera, escapan y se diseminan en sentidos que, aunque contradictorios, dan cuenta de (quizás) lo único que pueda decirse de modo unánime de este fenómeno sociopolítico: que es una identidad política crucial en la Argentina contemporánea. Tal vez esta obviedad sea el único punto de acuerdo de los distintos actores sociales que piensan al movimiento fundado por Perón, y que ha sido interpretado una y otra vez por las décadas que van desde 1940 hasta la actualidad.

Dentro de las aristas del peronismo hay una que tiene una particular importancia histórica: la del rol de la juventud dentro del movimiento peronista. Cristalizado por la Juventud Peronista en sus inicios y traducido en la actualidad en las “juventudes kirchneristas” con epicentro institucional en La Cámpora, este fenómeno ha sido reducido por los medios de comunicación a un pivote que funciona o bien como un encomio desmesurado, o bien como crítica dilapidante.

De allí que esta agrupación política haya estado, en gran medida, sobredimensionada por una oposición que encontró en ella un frontón discursivo, fundado en lo más básico del clientelismo burocrático. Y también, elogiada por el discutible presupuesto de que la juventud, por el mero hecho de ser juventud, eleve su status virtuoso a niveles inusitados.

Ahora bien: si repasamos los orígenes de la Juventud Peronista y establecemos un paralelo histórico con La Cámpora, sale a la luz una serie de diferencias que, lejos de inflar el indignómetro fundamentado en el oportunismo mediático, permite comprender históricamente por qué una y otra juventud portan una diferencia radical: una viene “de abajo”, la otra, “de arriba”. Como hipótesis de trabajo, hay allí un terreno fértil para pensar cómo, más allá de la existencia efectiva de una “juventud”, esta ha sido resignificada mitológicamente por las distintas coagulaciones históricas del peronismo.

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Ellos viven de Ángeles, no de Kevin

Esta semana se dio a conocer una noticia durísima por La Garganta Poderosa: Kevin Molina, un chico de 9 años, fue asesinado de un balazo en la cabeza al quedar en medio de un enfrentamiento (presuntamente narco) en el barrio Zavaleta (villa porteña 21-24).

Decir que la muerte de un pibe del barrio Zavaleta vale muchísimo menos que una muerte causada en un barrio como Palermo para los medios es casi una obviedad, por dura que resulte. El comunicado de La Garganta evidencia esto con suficiencia: sólo un puñado de medios periodísticos dieron la noticia, las redes sociales apenas sintieron el sonido de la vaina que mató a Kevin, y Clarín dio la noticia sólo en contraste con lo que sería un craso error de la Presidenta.

La pregunta que se impone genera su propia respuesta casi de modo recursivo, en la cátedra que han dado los medios de comunicación en los últimos decenios: un policial en un barrio carenciado no tiene relevancia, un asesinato de clase media para arriba sí lo tiene. Este fenómeno suele responder a que los sectores con menos visibilidad no importan, no tienen impacto, porque suelen ser silenciados e invisibilizados, cubriéndolos por los medios con ropajes siempre criminales. Mientras que los policiales de gente “como uno”, tienen más visibilidad porque la población es más propicia a la identificación y, con ella, a la indignación, el morbo y la perversión.

Con una vuelta de tuerca: las muertes de los sectores no poderosos sólo se publican colateralmente, siempre que esto tenga algún tipo de uso que resulte favorable para un sector del poder. Esto no queda exento de excepciones -la puesta en agenda del crimen de Mariano Ferreyra por parte del PO es una; la enumeración excedería el propósito de este post-, pero la regla general que se puede inferir de las coberturas policiales es y sigue siendo esta (es difícil creer que a  TN le importan los Qom y no el rédito político que de ellos sustrae).

Siguiendo esta línea argumentativa, no se trata aquí de analizar este fenómeno en el plano formal de las coberturas periodísticas, sino de traducir lo que está contenido analíticamente en la propia definición de “medios de comunicación”: la idea de que ellos son un medium entre la realidad y la gente, que están allí para informar lo que sucede y, yendo un poco más a fondo, que buscan “la verdad”.

Es necesario, en estos tiempos, traducir todo esto bajo un lenguaje que le haga un poco más de justicia a lo que realmente son, a saber, vendedores de mercancías. Y es allí, donde podemos entender por qué Ángeles cubrió miles de horas en la televisión y Kevin, ninguna.

Porque cuando un medio machaca día y noche con un tema policial, lo último que le interesa es la verdad del hecho: cuando el diario Muy publicó las brutales imágenes del cuerpo de Ángeles, lejos estaba de contrapesar la libre expresión por sobre el derecho a la privacidad. Estaba vendiendo una mercancía disfrazada de “libre expresión” (operación perfectamente explicada por la periodista Florencia Alcaraz en este artículo).

En épocas donde la objetividad periodística -por fin- está puesta sobre la mesa como tema de discusión, se hace más que necesario resaltar que cuando un medio de comunicación masivo dice defender la libertad de expresión, está defendiendo su tasa de ganancia.

Bajo esta concepción, Ángeles no descansa en paz. Porque su muerte produjo una mercancía que ella nunca hubiese imaginado: horas de TV, por cable, abierta, programas especiales en horarios prime time, peritos impresentables, mediáticos, psicólogos salvajes que analizan a los protagonsitas sin contexto ni historia clínica psiquiátrica, morbo, principio de culpabilidad -antes que el de inocencia- y más.

Y eso explica por qué la muerte de Kevin fue apenas difundida: porque las villas son una mercancía si y sólo si se las criminaliza. 
Si la pobreza vende, sólo lo hace cuando está criminalizada. Eso sí es una mercancía: produce un programa como GPS o Policías en acción.

En cambio, las villas no son una mercancía cuando editan -con enorme esfuerzo- una publicación como “La Garganta Poderosa”, porque la cultura villera del trabajo que allí se representa, simplemente, no vende.

Se puede seguir hablando de “libertad de expresión”, “búsqueda de la verdad” y demás, pero sin esta vuelta de tuerca, la sociedad se hunde en la inmadurez de discutir si fue el portero o no.

Mientras, Kevin sigue ahí. Invisible.

Invisible, en el mundo de las mercancías.

[Para más información]

Pompeya: dolor y bronca por el asesinato de Kevin Molina
Los papás de Kevin se reunieron con Gils Carbó en busca de esclarecer la responsabilidad de la Prefectura en la muerte
La emotiva carta que escribió la hermana de Kevin, el niño asesinado
En “Vuelta Cangrejo”: “Las balas no se pierden – Asesinato a Kevin en Zavaleta

PASO 2013: Descomposición, reconstitución, crisis

Se fueron las PASO legislativas, correspondientes a 2013, y hay muchos análisis políticos dando vueltas. Estos manejan como principales hipótesis un binomio que va pendulando: o bien el kirchnerismo está en vías de una inclaudicable descomposición cuya fecha de vencimiento es 2015, o bien las Primarias fueron un termómetro para el trabajo conjunto de las fuerzas oficiales de cara a octubre.

Los datos están ahí, a la vista de todos. Lo que hacen los medios, periodistas, operadores -constructores de prismas interpretativos, digamos y, siendo menos nietzscheanos que Nietzsche, “realidades”- y “especialistas” es brindar los elementos que nos permitan ver qué pasó, pero más aún, qué va a pasar en el país.

A grandes rasgos, como mencionábamos que esto circula bajo una estructura pendular, las posiciones se pueden resumir bajo estos dos grandes argumentos. Hay una matriz de pensamiento que sostiene un “duro revés”, que le quita las chances re-reeleccionistas a la Presidenta en 2015. Esta postura encarna, se podría decir, el slogan que utilizó Francisco de Narváez: el límite (más allá de la pobre elección denarvaísta). “Lo ponés vos”, en las urnas. Y eso es lo que pasó. La victoria del intendente de Tigre -al cual le aplica plenamente la ley del ex- fue un límite al Gobierno. Esta estructura discursiva pegó mucho en el último tiempo, y los resultados se tradujeron en una paliza, no por los números de Massa, sino porque en los distritos clave el kirchnerismo perdió como en 2009.

La otra matriz que circula en la esfera pública es aquella que apunta a una elección no tan mala, si se piensa que un candidato totalmente desconocido para el país sacó casi un 30 por ciento del padrón. Quienes se apoyan en esta premisa, la refuerzan el concepto de que el FPV es la primera fuerza nacional, dejando de lado el dato de los distritos de mayor peso electoral. Pero inmediatamente enfatizan el repliegue de la estrategia de cara a octubre para revertir la situación, y no dejan de advertir la adversidad de un escenario que parece bastante complicado.

Lejos de querer hacer una síntesis que supere ambas posturas, nadie sabe bien qué va a pasar. Sobran contraejemplos para tirar por tierra la primera posición: la aplastante derrota del oficialismo en 2009 ante Francisco de Narváez posicionaba al kirchnerismo cayendo de un precipicio más abisal que el desfiladero de Springfield. Sin embargo, nadie esperaba que aterrizara con un 54% del padrón, dos años después, en las presidenciales. Y a la segunda postura se le podría contestar que es muy complicado que algo cambie entre agosto y octubre.

Aclarar quién sostiene qué posición sería una obviedad que, además, haría perder el foco de la cuestión. Lo nodal parecería ser tratar de entender por qué, el peronismo, sigue siendo todavía un fenómeno tan incomprensible, contradictorio, sorprendente y absolutamente impredecible.

Dos conclusiones pueden sacarse, a mi modestísimo entender, respecto de este panorama.

Sí puede divisarse que, de darse unas nacionales como las PASO, más allá de las bancas en juego que tiene el kirchnerismo, queda conformada la idea de una alternativa al Gobierno nacional que, en el plano legislativo, puede traducirse en alianzas que compliquen las leyes impusladas por el oficialismo. Si a esto le sumamos que los medios no son neutrales y ejercen presiones, puede empezar a ponerse tensa la cuestión (y si no, vean esta genial investigación de @queruzo).

Y allí sí, puede ser que aplique la definición gramsciana de “crisis”: lo viejo no terminó de morir, lo nuevo está comenzando a nacer.

Pero lo que sí es imposible de saber, hoy, año 2013, es si esa crisis será terminal y desembocará en una descomposición del kirchnerismo en 2015, o en una reconstitución como la de 2009.

Crisis.

Peronismo, que le dicen.

Eso también es la “República”

Una cuestión muy presente el debate que se presenta a través de los medios de comunicación, es la disputa por la “República”.

Esta se encuentra en el discuro opositor al Gobierno, principalmente, siendo objeto ella de de las más cruentas torturas y vejaciones por parte del poder de turno (aunque también está presente en el discurso oficial, bajo otros ropajes).

Es difícil ver a qué se está refiriendo cada actor social cuando habla de República. La palabra está hoy vacía de sentido: ¿Hablan de la división de poderes? ¿Hablan de un conjunto de instituciones hilvanadas por -el siempre sujeto a interpretación- finísimo hilo de la ley? ¿Hablan de la Constitución? ¿O hablan de algo más fundantemente originario -como sinónimo de  “Patria-?

El ejercicio para ensayar una respuesta no es simple. Y esta complejidad no viene dada por la cantidad de constructos teóricos en juego en los discursos que circulan en la esfera pública: tiene que ver con una aparente falta de conocimiento propia de los actores en juego de lo que la república, más o menos, es.

Sin embargo, podemos arriesgar una respuesta. Hay un sentido bastante más lato que cualquier otra teoría del Estado, que tiene que ver con el significado mismo de la palabra “República”. Un poco de marianogrondonismo nunca viene mal: es “la cosa pública” (res = cosa / publica = lo común), el cuidado, interés o administración de las cosas públicas. Así como la política era para los griegos la discusión de la vida en comunidad, de la vida en la pólis, la República entraña cierto cuidado y/o discusión por las cosas que a todos lo competen. No es muy distinto, en este sentido.

Esta característica de la República recubre (o debería recubrir) de cierta sacralidad a lo público: cualquier violación a la República implica una violación a la comunidad toda y, como tal, a cada uno de los ciudadanos.

Si trasladamos esto a la coyuntura, podemos ver que es esta la idea que subyace a los actos de corrupción: se utilizan los intereses de todos en favor de intereses privados. Sin embargo, y si bien es cierto que en la República el grado de responsabilidad más alto probablemente lo tengan los funcionarios públicos, hay un detalle no menor que se pasa por alto: todos son parte de ella.

Desde el ámbito privado, es claro que también se puede privilegiar el interés propio por sobre el colectivo, afectando seriamente al conjunto. Pero sea porque lo privado ha tenido mejor prensa que lo público, o por la verosímil concepción de que en el fuero propio todo queda sujeto a uno mismo, este tipo de acciones nunca se ponen en cuestión.

Un ejemplo suele aclararlo todo, decía Perón que decía Napoleón: si un periodista tiene información para presentar ante la Justicia por un caso de corrupción que afecta a la comunidad, debería presentarla toda de una vez y no guardar parte de ella “para su próximo programa”. Allí se estaría privilegiando un interés privado (rating), por sobre uno público (el acceso a “la verdad”). Es cierto que la investigación del periodista se hizo con fondos privados, no públicos. Y que allí hay un argumento que traba la analogía. Pero esta se mantiene si, pensando un poco en el “bienestar general”, examinamos cuáles son los efectos que sobre la sociedad se genera esta retención de información.

Y así podrían pensarse varios ejemplos más, atravesados por esta lógica público/privado. No hay dudas de que lo deseable sería que los funcionarios públicos no antepusieran sus intereses privados por delante de los de sus representados. Pero también hay que tener en cuenta que a la comunidad la hacen todos los sectores de la sociedad, y que si cada facción va a arrogarse aires republicanos para construir su discurso, debería tener en cuenta que muchas veces cae en lo que su propia voz critica.

No sólo la casta de funcionarios públicos tiene el deber de cuidar “lo común”. La tentación de priorizar lo privado por sobre lo colectivo está al alcance de otros sectores sociales que no sólo incumplen el mandato que pregonan, sino que además se erigen como “guardianes de La República”.

Eso, todo eso, también es la República.

Suspender el juicio

El escepticismo antiguo tenía una particular forma de ver las cosas: cuando tenía que opinar, se abstenía. Es decir, no opinaba. No negaba ni afirmaba. Dicho de un modo más prolijo, “suspendía el juicio” (entendiendo por juicio una oración que afirma o niega algo).

Esta posición tuvo vaivenes históricos, idas y vueltas que la hicieron muy popular, o muy rechazada. Y una de sus principales críticas podría pensarse en términos de lo que hoy se llama un “tibio”, un pecho frío. Esto es, alguien que “no se la juega” a la hora de dar una opinión, emitir una sentencia respecto de algo que es discutido públicamente. En el ágora.

Lejos estamos de querer entrar en una exhaustiva discusión filosófica. ¿Por qué toda esta introducción, que además de ser escueta peca de reduccionista? Porque hay una pregunta bastante simple que se impone en estos días, raramente formulada en los medios de comunicación: ¿cómo puede ser que todos tengan un juicio formado sobre todo? Dicho más llanamente, guiñando la interpelación: ¿por qué hay que tener una opinión sobre todo?

Por supuesto, al hablar de “todos” y “todo” estamos siendo injustos, en tanto ambos conjuntos son un tanto amplios como para reducirlos y tenerlos en la palma de la mano. De hecho, si nos estamos refiriendo al microclima de Internet, deberíamos explicitarlo. Quizás a esa porción de la realidad nos estemos refiriendo, solamente. Hecha esta aclaración, basta navegar un poco las páginas web de los diarios o pasarse un rato por las redes sociales, para ver que efectivamente esto sucede.

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