Mitologías: La JP se formó desde abajo, La Cámpora desde arriba

Publicado en Bastión Digital

Cada vez que se pretende definir al peronismo, empiezan a gotear tramas interpretativas que quedan por fuera, escapan y se diseminan en sentidos que, aunque contradictorios, dan cuenta de (quizás) lo único que pueda decirse de modo unánime de este fenómeno sociopolítico: que es una identidad política crucial en la Argentina contemporánea. Tal vez esta obviedad sea el único punto de acuerdo de los distintos actores sociales que piensan al movimiento fundado por Perón, y que ha sido interpretado una y otra vez por las décadas que van desde 1940 hasta la actualidad.

Dentro de las aristas del peronismo hay una que tiene una particular importancia histórica: la del rol de la juventud dentro del movimiento peronista. Cristalizado por la Juventud Peronista en sus inicios y traducido en la actualidad en las “juventudes kirchneristas” con epicentro institucional en La Cámpora, este fenómeno ha sido reducido por los medios de comunicación a un pivote que funciona o bien como un encomio desmesurado, o bien como crítica dilapidante.

De allí que esta agrupación política haya estado, en gran medida, sobredimensionada por una oposición que encontró en ella un frontón discursivo, fundado en lo más básico del clientelismo burocrático. Y también, elogiada por el discutible presupuesto de que la juventud, por el mero hecho de ser juventud, eleve su status virtuoso a niveles inusitados.

Ahora bien: si repasamos los orígenes de la Juventud Peronista y establecemos un paralelo histórico con La Cámpora, sale a la luz una serie de diferencias que, lejos de inflar el indignómetro fundamentado en el oportunismo mediático, permite comprender históricamente por qué una y otra juventud portan una diferencia radical: una viene “de abajo”, la otra, “de arriba”. Como hipótesis de trabajo, hay allí un terreno fértil para pensar cómo, más allá de la existencia efectiva de una “juventud”, esta ha sido resignificada mitológicamente por las distintas coagulaciones históricas del peronismo.

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El malestar del periodismo

Cuando la ropa que usa un mandatario copa medios gráficos, audiovisuales y cibernéticos, y todo eso se etiqueta bajo la categoría de “política” o “el país” algo anda mal. Muy mal. La amplia cobertura mediática de las calzas que usó la Presidenta en un acto en Ezeiza da cuenta de un fenómeno que diagnosticó Juan José Sebreli el año pasado, con el título de un libro eminentemente freudiano: “El malestar de la política”. La radiografía, llamada a mostrar el nervio de la dirigencia contemporánea, puede calcarse para el periodismo, constituyendo, así, un “malestar del periodismo”.

Como todo diagnóstico, dicha afección se hace visible a través de síntomas. Síntomas de los cuales el episodio citado conforma sólo su máxima cristalización. No hace falta llegar a las calzas para divisar esta cuestión, aunque ello constituya el paradigma de lo que estamos tratando de explicitar.

Las secciones de política de los medios, en la actualidad, se mueven en un declaracionismo preocupante, un juego de trascendidos, un uso más que imprudente del off the record, y un conjunto de excepciones que se transforman en regla sin ningún tipo de pudor. Las columnas radiales se mueven en torno a qué dijo A, qué respondió B y qué interpretó C. Los semanarios de noticias parecen haber abandonado las investigaciones, para cruzar acusaciones cuasi infantiles de un grupo económico a otro.

Ahora bien, el problema no es el juego dialéctico (propio del ejercicio político deudor de la retórica grecorromana) que allí se fomenta, sino el modo en el que se enfatizan y se subrayan estas discusiones. Que un senador le dijo “atorrante” a un empresario opositor, que una diputada fue escotada a asumir su banca, que un ministro está en primera fila y con bonete, que un Presidente se aloje en una habitación ostentosa en una gira mundial…

¿Es todo eso lo que realmente constituye una sección de “política”? ¿O la política pasa por dar cuenta que el director de una empresa estatal no pueda explicar por qué no presenta balances (por poner solo un ejemplo?) ¿No son esas las cuestiones que hacen a la política económica y a la columna vertebral de un país?

Todo indicaría que no. Estamos ante el Zeitgeist del detalle (y de títulos con interjecciones revolucionarias)

Si a todo esto le sumamos que a los periodistas les encanta hablar sobre si un intendente del conurbano “juega o no juega”, y más aún, se regodean en deslizar que cuentan con información que otros no (cuando el único mérito que aquello tiene es tener un contacto –en el más inocente de los casos-), el diagnóstico parece ser bastante más preocupante que un “malestar” (con algunas excepciones: hay trabajos periodísticos actuales que intentan escapar a esta lógica del detalle).

Como sea, este fenómeno parece responder a un clima de época periodístico en el cual el “detalle”, como decíamos, es más importante que el fondo de la cuestión. Esta concepción no constituye sino los efectos de una cobertura mediática que se dedica a la “política” de un modo bastante particular. Un modo que reproduce la (ya burda) sociedad del espectáculo que conformamos día a día. Con los medios que consumimos, fomentamos y, de cierto lado del mostrador, construimos (mea culpa, nobleza obliga).

Se hace necesario, a esta altura de la argumentación, tener en cuenta la otra cara de este diagnóstico: quizás sea la actividad política misma, la casta dirigencial, la que esté estimulando este tipo de construcciones sociopolíticas (tesis, a grandes rasgos, de Sebreli en su libro). Quizás desde arriba no haya una forma de construir que estimule a que el periodismo se mueva en torno a discusiones más maduras, aunque resulte difícil creer que los medios de comunicación se interesaran en otro tipo de mercancías.

Y es aquí donde podemos pensar que esta concepción que utiliza Sebreli de “El malestar de la política” (deudora sin dudas de Habermas y su “Transformación estructural de la esfera pública”) es una herramienta que tiene un valor muy grande para pensar esta afección social, sin importar para qué ni para quién sea la publicación citada (siendo conscientes, sobre todo, “contra” quién escribe Sebreli, -el kirchnerismo, en particular, y los movimientos populistas, en general-).

Este malestar expresa, como se puede inferir de la lectura de Sebreli, el nivel de inmadurez que la dirigencia política argentina manifiesta (tesis plausible de ser discutida, que no estamos tratando en profundidad aquí –y que su mención no implica inmediata adhesión, sino el disparador de una herramienta analítica-).

Quizás el periodismo argentino debería empezar a entender que cuando le demanda a la dirigencia política un grado más elevado de madurez, antes tenga que mirar para adentro y ver qué tipo de noticias está estimulando en sus redacciones, estudios radiales y televisivos.

Mientras el Zeitgeist del detalle prevalezca, las calzas seguirán siendo cuestión de Estado. En cuyo caso, deberíamos dejar de llamar a esas secciones de las primeras páginas de los diarios “política”.

Porque todo eso no es la política.

 

El kirchnerismo también es moral

Hace una semana, Sofía Mercader (FFyL-UBA) publicó un interesante artículo intitulado “Cultura popular y elitismo en tiempos kirchneristas” en el sitio Bastión Digital. La nota deja una serie de conceptos interesantes, y maneja un argumento que, quizás, por el exceso del consumo lanático-carriótico al que (queriendo o no) nos sometemos, no parece tenerse tanto en cuenta en la esfera pública mediática: el kirchnerismo también es moral. No exclusivamente, pero lo es.

No es objeto de este post discutir cuáles son las implicancias de confundir a la política con la moral (este ejemplo de Bruno Bimbi “bastaría” para una pequeña aproximación a este problema). Sí lo es marcar ciertos contrapuntos que surgieron a partir de un intercambio con Sofía, cuyo artículo me parece más que relevante para entender por qué el kirchnerismo se sirve de un discurso moralizante que pregna política, cultura y  economía, constituyendo dos caras de una misma moneda moral.

Civilización, barbarie

El primer punto que señala es nodal para entender que la política argentina (nunca fuera de la lógica occidental) se forja dentro de un molde maniqueo. El binomio “civilización-barbarie” ha regido las disputas culturales desde que el diagnóstico sarmientino partió a la historia argentina en dos.

Es cierto que su semántica reconfigura las disputas actuales que circulan en la esfera pública, bajo otros ropajes. La barbarie que Sarmiento veía en su principal contrincante político, Juan Manuel de Rosas, abraza perfectamente el modelo de lo nacional en contra de lo extranjerizante.  El problema del artículo es que pega muy de cerca a la barbarie a “lo popular”, y me atrevería a discutir esa tesis que, quizás inintencionalmente, a la autora se le pueda haber escapado. De lo que no hay dudas es de que, en última instancia, entre Sarmiento y Rosas, el Gobierno opta por el ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Habría que separar esto de la barbarie, ya que el mismo Sarmiento veía en Rosas una capacidad sintética de la barbarie diseminada por todo el Virreinato del Río de la Plata.

Pueblo

La polisemia del concepto también tiene una tradición en el pensamiento argentino (bastaría pensar en “Las multitudes argentinas” de Ramos Mejía), que carga con una complejidad semántica densa por donde se la mire.

Pero yendo al artículo, no parece ser relevante, a la hora de pensar en “lo popular”, si quien gobierna proviene de ese campo o no, a la hora de pensar en medidas populares de gobernabilidad. Sabido es que casi todos llegaron con los bolsillos llenos al sillón de Rivadavia, quizás por aquel viejo axioma que sostiene que para estar en política hay que tener dinero. Sí importaría, si nos vamos a poner el traje de la moral que tan bien encaja en el sintagma “nacional y popular”, que las medidas que se tomen respondan a intereses populares, en detrimento de las ambiciones elitistas.

Clases medias

La clave de todo el artículo está acá: “El kirchnerismo es la clase media que adopta la simbología de lo popular, o más bien, adopta cierta moral de lo popular. Para la clase media kirchnerista lo popular está bien, se trata de una cuestión ideológica, pero también moral”.

Es, sin dudas, la razón por la cual el kirchnerismo pega tanto como discurso en la clase media. Por adhesión o rechazo, lo hace: interpela.

El kirchnerismo maneja bastante bien la base de la teoría de conjuntos: hay un conjunto A, ecarnado por el Gobierno, que defiende los intereses populares y eso, per se, es “bueno”. Y ya sabemos quiénes son los malos.

La particularidad que agregaría es que tales conjuntos no están del todo diferenciados. Y un ejemplo aclara esto: a la hora de declarar por algún caso de corrupción, Aníbal Fernández no duda en decir que confía en que la Justicia resolverá acabadamente tales planteos (en cuyo caso, ella estaría en el conjunto A). Pero si de reformas judiciales se trata, ya no podemos hablar de “Justicia”: tenemos una corporación que encubre los oscuros intereses de los poderosos, y que ha de ser democratizada, porque así como está es “mala”, y tiene que ser popular, y por lo tanto “buena”.

Década

Aquí es donde más nos permitiremos disentir: la simbología de Cristina Kirchner, atravesada por sus vestimentas, marcas y zapatos caros, no constituyen el centro de la cuestión. Sí, es cierto, un primer mandatario usa primeras marcas pero, ¿qué esperaban?

Si de expresar los aspectos antipopulares que este Gobierno, digamos que “muy a su pesar”, presenta, el foco debe estar puesto en otro lugar. Los sucesivos ataques a los Qom, las desapariciones como la de Luciano Arruga, la ley antiterrorista, el Proyecto X de Nilda Garré, las limitaciones a las cautelares (recurso que proteje al más débil) de la frustrada reforma judicial… son sólo alguno de los casos.

Ese es el cogollo de la cuestión. El resto (carteras, zapatos y sombreros), son hojas y tallos. 

Conclusión

Insisto en que el logro de Sofía pasa por ver el núcleo de la cuestión: a la clase media el krichnerismo le sienta bien. A los adherentes, porque encuentran una tranquilidad. La de defender lo popular, sin que haga falta entender del todo bien qué significantes se engloban bajo este término. Simplemente, lo popular es lo que está bien.

Y a los anti kirchneristas de la clase media, porque tienen con qué indignarse.

En ambos casos, está presente la moral.

Podemos interpretar que lejos está todo esto de querer decir que kirchnerismo y lanatismo son lo mismo. Hay diferencias en sus manifestaciones político-culturales. Pero en cuanto al uso político de la moral, parecen ser, más bien, no tan distintos.

Decía Nietzsche: “¿Se alza propiamente aquí un ideal, o se lo abate?”, se me preguntará acaso… Pero ¿os habéis preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia conturbada, cuánto ‘dios’ tuvo que ser sacrificado cada vez? Para poder levantar un santuario hay que derruir un santuario: ésta es la ley” (Genealogía de la Moral, Tratado Segundo, apartado 24)

Eso. Santuarios.

No se trata de cambiarle el collar al perro. La lógica binaria sólo reproduce un lugarcomunismo que se torna insoportable, y al que invita a destrabar, aparentemente, la conclusión del artículo citado.

¿Se podrán derrumbar esos santuarios?

No tienen prisa las palabras”, un deleite de aforismos y reflexiones

Ensayo | Editorial Candaya | 160 páginas

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Carlos Skliar es educador. O filósofo. O poeta. Y se encarga de borrar los límites entre una cosa y la otra. En su último libro, el autor despliega reflexiones, apreciaciones y pensamientos sobre algo que a muchos les debe haber pasado: la percepción de lo extraño que ocurre en otras ciudades distintas a las de uno.

¿Cómo escribió esta obra? Paseando por Barcelona. “Tomo notas, como otros toman aire o toman té o toman lo que no les corresponde. Cada uno se agarra al mundo, y se desgarra, con los gestos que puede pero de hacerlo no tanto al estilo del periodista o del cientista social, sino más bien como un modo de inscripción en el cuerpo”, explica. Y decía el filósofo francés Gilles Deleuze que la filosofía se trataba de crear conceptos. Será por esto, quizás, que Skliar hable de “sensamientos”, porque no le alcance ni el sentimiento ni el pensamiento escindidos para pensar su modo de escritura.

“No tienen prisa las palabras” reflexiona sobre lo más cotidiano, pero de un modo “extrañado”: “El anciano que pide más memoria en una tienda de equipos de fotografía; la niña que juega al escondite con una mujer extraviada; los niños que ríen sin saber de qué; la muchacha que corre por la calle y da tema de conversación a todos los jubilados del barrio”, cuenta Skliar.

Lo más interesante puede ser, además de deleitarse con sus aforismos, que es un libro “sobre cualquiera”: “Creo que es la ‘cualquieridad’ lo que posibilita un pensamiento de lo singular: somos cualquiera y es la relación entre cualesquiera la que dio vida a esta escritura y a este libro”.

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“Lo más interesante de Foucault no son sólo sus conclusiones, sino sus herramientas de análisis”

Filosofía | Siglo XXI Editores | 288 páginas | 106 pesos

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El poder, una bestia magnífica. Así se titula la última publicación en español de Michel Foucault, el filósofo francés que se ocupó durante el siglo pasado de tematizar sobre una problemática que hasta hoy sigue siendo central: el poder. Y cuando hablamos de poder, decimos algo más que represión: en Foucault, se trata de una intervención sobre la población que controla todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas. Inquietante.

Pero, ¿cómo funciona este poder? ¿Cuál es su relación con el modelo carcelario y con nuestra vida? ¿Cuál es la relevancia actual de estos temas? Edgardo Castro, doctor en filosofía por la universidad de Friburgo e investigador del CONICET, ha contribuido al estudio de este pensador en la Argentina. Esta vez, cuidando la edición lanzada por Siglo XXI, con el criterio de selección de los textos, aclaraciones y notas pertinentes. Aquí, este profesor de la UNSAM nos cuenta de qué se trata esta nueva publicación y repasa algunos conceptos clave del pensador francés, que todavía hoy sigue dándole trabajo a las editoriales.

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Un lúcido contra-relato al constructo kirchnerista

Publicado por Sudamericana (89 pesos)

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Tomás Abraham presentó su nuevo libro, La Lechuza y el caracol. “En 2002 dije que no iba a escribir más sobre la Argentina y me despedí. Estaba podrido de hablar sobre la Argentina. Pero después volví a hacerlo para pensar sobre el primer período de Kirchner. Y acá estoy, de nuevo, no sé muy bien por qué”, sentenció. Lo cierto es que su nueva obra se centra en Cristina Kirchner, en su período 2008-2011.

En la librería Crack-up, rodeado de libros y fieles escuchas, el filósofo que se formó con Foucault y que estudió en la Sorbona abrió explicando la motivación de su nuevo libro: “A pesar de que el intento es que no sea un libro de coyuntura, yo estoy hablando acá de la Argentina. Y lo que hablo de Argentina no es lo del miércoles o el martes, es algo que veo en el país ahí, y que lo veo hace tiempo”.

Y eso que Tomás Abraham ve hace tiempo es la construcción de un relato que pide a gritos un cepillo a contrapelo. Un análisis que socave los fundamentos de dicho relato, construido por el kirchnerismo a partir de 2004. Aquí, algunos conceptos fundamentales del contrarrelato.

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