Diego Golombek: la búsqueda de Dios en el cerebro humano

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La disputa entre ciencia y religión tiene larga data en la historia de la humanidad. Aunque hoy ya casi no se tiene en cuenta que durante muchos siglos fueron de la mano -como sucedió durante el Medio Evo e incluso la época antigua-, hoy las aguas se dividen claramente en dos: están quienes creen en Dios, diversas religiones mediante, y quienes rechazan su existencia de plano para reconocer sólo a la ciencia como portadora de la verdad. Ahora bien, ¿qué dirían estos últimos ante la idea de que Dios está implantado o “cableado” en el cerebro humano?

Eso es lo que investigó Diego Golombek en Las neuronas de Dios: una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel. El planteo del Doctor en Biología, investigador del Conicet y también conductor del ciclo televisivo Proyecto G –entre otros-, es que la idea de una entidad superior es innata. Esto es, que está depositada en la estructura del cerebro mismo y que, por más que la neguemos, tiene un fundamento interno.

Y esto podría tener, por supuesto, consecuencias muy fuertes: quizás los que están del otro lado de la línea que separa a la ciencia de la fe nunca puedan sacarse a la idea de Dios de encima.

Golombek realizó un interesante y divertido recorrido sobre las distintas creencias y sus fundamentos. Siempre con sentido del humor, llegó hasta a contar experimentos donde se explica cómo actúan las neuronas de las monjas, los budistas meditadores y también quienes consumen LSD; peyote o ayahuasca.

La hipótesis de Golombek no parece ser la más común dentro de la divulgación. El biólogo pone a las ciencias naturales a trabajar para la religión, o más bien, para desentrañarla a través desde una perspectiva científica. ¿Viene “de fábrica” en el ser humano esta entidad superior de la que hablan todas las religiones? ¿De dónde sale la necesidad de creer? ¿Cuánto incide la cultura y cuánto la biología en esta cuestión? Aquí, algunas ideas desarrolladas en su libro.

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“Francisco sacó a la Iglesia de su propio encierro”

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En enero de 2013, Jorge Mario Bergoglio preparaba su retiro a un hogar de sacerdotes. Apenas dos meses después, terminaría sentado en el trono de Pedro, recibiendo el cargo más alto al que un purpurado pueda aspirar. Lejos de la tranquilidad que pudiese haber tenido en mente, el ahora papa Francisco se embarcaría en una empresa casi imposible: salvar a la Iglesia de su pronunciada crisis. Recen por él.

Así se llama el libro que cuenta todo el lobby vaticano que llevó a la elección de Francisco, antes Cardenal Bergoglio. Pero no sólo narra la trastienda del anuncio que sorprendió al mundo entero en 13 de marzo de 2013: Marcelo Larraquy se mete de lleno en los desafíos que tendrá que enfrentar este sacerdote que, desde que se convirtió en el representante de Dios en la Tierra, ya no será lo mismo que antes.

Imbuida en una tremenda crisis, la Iglesia Católica encontró en Francisco una nueva esperanza. Los casos de curas pedófilos, los escándalos destapados por los “Vatileaks”, las relaciones entre purpurados y la mafia estallaron en manos de un Papa que no supo ya más qué hacer: Benedicto XVI no aguantó más. Allí apareció Francisco: eligió por primera vez el nombre del santo de Asís, quien practicaba votos de pobreza y predicaba una vida austera. Con su mensaje de una Iglesia “pobre y para los pobres” incomodó a más de uno dentro del Vaticano, y llenó de expectativas a muchos creyentes que se encontraban alejados.

Pero Francisco fue Bergoglio. Fue ese cardenal cuestionado por algunos manejos durante la dictadura de 1976. Fue quien estuvo condenado al ostracismo en 1992, pero terminó siendo obispo de Buenos Aires. Y luego Papa.

Larraquy investigó aquellos acontecimientos que llevaron a la renuncia de Ratzinger y la corrupción entronizada en la Santa Sede por un lado, y el pasado político de Bergoglio por el otro. ¿Qué cambios reales puede producir en la Iglesia Católica? ¿Cómo piensa Francisco? ¿Cuál es su posición respecto de temas sensibles como el aborto o el matrimonio igualitario? Aquí, el autor cuenta de que se trata su investigación que, de a momentos, se lee como un thriller político magistralmente guionado.

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“Si filmáramos un exorcismo tal cual es, al segundo día el cine estaría vacío”

Sudamericana | 160 páginas | 65 pesosPublicado en Yahoo Noticias

El Padre Carlos Mancuso se levanta todas las mañanas para dar misa en el Colegio Eucarístico de Jesús en La Plata, donde es capellán. Dos veces por mes va al monasterio de Carmelitas para hacer de confesor. Y dos veces por semana concurre al seminario San José de La Plata a atender a los seminaristas.

Pero Mancuso tiene en su cotidianeidad otra tarea durísima: realiza exorcismos. Una vez por semana atiende alrededor de 20 y 30 personas que sacan número para contarle sus casos. El Padre los escucha, y luego analiza el proceso espiritual de cada uno de ellos. Si el diagnóstico es positivo, el cura se prepara, Biblia en mano, para ponerse en acción: practicarles un exorcismo.

“Mano a mano con el diablo” (Editorial Sudameriacana) recopila las historias más llamativas y los casos más complicados que debió afrontar. Aquí nos cuenta un poco sobre esta práctica antiquísima, enigmática y cuestionada, que el Padre lleva realizando por más de 30 años.

—Para empezar, ¿qué es un exorcismo?

—Para entender qué es un exorcismo hay que entender qué es un espíritu maligno: el diablo posee a una persona determinada y la quiere manejar a su criterio. Supone que hay dos personas en un mismo cuerpo, una persona humana y otra demoníaca que se ha infiltrado para vengarse contra Dios. Como al creador no le puede hacer nada, se desquita con su criatura. Esto es el ABC de la teología demoníaca. El demonio aparece en la vida de un hombre por una razón puntual, no es que elige meterse en cualquier lado. En general es gente que practica magia, asiste a sesiones de ocultismo y esas cosas.

—¿Cuáles son las manifestaciones del Demonio?

—En general aparece en forma humana, pero puede aparecer como animal porque el demonio, en las sesiones de magia negra y esoterismo, busca recibir el culto del hombre. Él lo que hace es compararse con Dios, pero como no puede hacerlo porque Dios es un ser supremo, trata de remedar a alguna de sus criaturas y siempre queda mal parado: con forma de serpiente, gato negro, murciélago… animales que por lo general son repulsivos.

—¿Para qué se practica una misa negra?

—La practican los satanistas para ofender a Dios. Es una misa donde un sacerdote católico que se ha convertido al satanismo realiza una misa sacrílega sobre el cuerpo desnudo de una mujer, en medio de actos orgiásticos. Pero nosotros de eso mucho no podemos conocer porque un sacerdote, un católico, nunca va a pertenecer a ese grupo.

—¿Cuáles son los orígenes de los exorcismos? ¿Es propio del cristianismo o de otras religiones?

—En todas las religiones de la tierra siempre se ha tratado de neutralizar el espíritu del mal. Es decir que no pertenece propiamente al cristianismo como tal.  Ya los judíos en tiempos de Jesús también exorcizaban para expulsar a los demonios, en un acto por apartar el mal de sus vidas.

—¿Cómo es un exorcismo?

—Si nosotros filmáramos un exorcismo tal cual es, al segundo día el cine estaría vacío. El exorcismo es una ceremonia muchísimo más simple y tranquila que lo que se ve en las películas, porque un film es una obra de arte y tiene que tener un enganche para que la gente la vaya a ver. En primer lugar tenemos que estar seguros de que estamos ante un endemoniado, y no un esquizofrénico o una mujer histérica -son las dos vertientes psiquiátricas que a veces nos proporcionan enfermos que en realidad no necesitan exorcismos sino tratamiento-. Una vez que eso está confirmado, el exorcismo se inscribe en un ritual que incluye una lectura del evangelio, vinculada con la expulsión del demonio; oraciones a Dios padre, y conminaciones al Demonio a que se vaya de ese cuerpo humano, porque no tiene nada que hacer ahí dentro.

—¿En qué idioma le habla al poseído?

—Nosotros la usamos en latín, aunque Juan Pablo II la tradujo para cada idioma regional.

—¿Cómo autoriza la Iglesia a un cura para que realice exorcismos?

—Cuando la Iglesia ve que hay un sacerdote que tiene un mínimo de conocimiento y que tiene una conducta que el demonio no tiene nada que reprocharle, la Iglesia ve un buen candidato. El otro día hablaba con un sacerdote que estaba pensando en ser exorcista, pero no sé si uno decide serlo y listo, depende de lo que el obispo quiera y necesite. No es porque a mí me gusta que lo soy.

—¿Cómo hace usted para saber si esa persona está influenciada por un espíritu diabólico, o si necesita atención psiquiátrica?

—Un test que se hace es poner dos vasos de agua: uno con agua común y otro con agua bendita. Apenas prueban el agua bendita dicen: “Qué feo gusto, ¿qué es esta porquería?”, y la devuelven. Es la misma agua, sólo que ha recibido la bendición del sacerdote.

—¿Cuáles son los signos de una persona endemoniada?

—Tienen una profunda repulsión a todo lo que sea sagrado: no resisten el agua bendita, no pueden llevar una cadenita con una cruz, menos un rosario. Tienen ataques de furor: golpean, se autoagreden. Hay que tener cuidado de que permanezca en esa condición porque se puede hacer mucho mal. También intentan sacarme la Biblia y romperla.

—¿Cómo le afecta a usted hacer un exorcismo?

—Generalmente ni el sacerdote ni el ayudante sufren consecuencias. Lo que puede pasar es que uno queda cansado porque hay que repetir el ritual dos o tres veces. El último que tuvimos nos llevó varios encuentros porque el demonio no se quería ir. Pero más que cansancio no me ocasiona… hace 30 años que llevo adelante esta práctica y siempre digo que el diablo me recuerda a la electricidad: su voluntad es invisible, pero es tangible y tiene la capacidad de mover al mundo.

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